miércoles, 12 de junio de 2013

El holandés errante






Un holandés de unos cuarenta años en crisis. Un hombre que no ha tenido una noche libre para divertirse en los últimos cinco años y que no ha conseguido dormir del tirón en todo este tiempo. Un padre que “huye” de casa en busca del Carnaval como última válvula de escape existencial antes de que sea demasiado tarde. Así podríamos definir a Ralf, el protagonista de esta curiosa y atípica novela de Jan van Mersbergen (Gorinchem, Países Bajos, 1971) -en ciertos momentos, su alter ego- que se embarca junto a su tío Lau en el desbordante Vastelaovend de la ciudad de Venlo, en el sureste de los Países Bajos.

La novela es la narración en primera persona de esa noche de Carnaval, desde su desembarco en la ciudad hasta la mañana siguiente. A las pocas páginas, desaparece en la vorágine festiva el tío Lau (una metáfora perfecta de la soledad de nuestro protagonista) y Ralf vaga con su disfraz de Barquero en busca de compañía, de amistad, de un alegre grupo que lo acoja y que le haga sentir parte de algo.


“Después de ofrecer cerveza a los Rojiamarillos y repartir botellines de Flügel, el Mexicano acerca el resto de la bebida a la carpa, donde sus compañeros bailan abrazados a dos chicas rubias con sombreros de copa llenos de flores y una mujer disfrazada de Bruja con gorro de Harry Potter.
     Espero un poco en la barra. Mi estómago emite una señal, pero aun así bebo. Cuarenta y ocho. Quién es mi estómago para decirme cuándo tengo que dejar de beber. Por esa regla de tres debería haber intervenido también cuando mi estado de enamoramiento por Sara lo asaltaba y me impedía comer, durante dos días y medio. […] Mi estómago, un globo, y yo flotando sobre él.”


Durante este largo y etílico deambular, Ralf, en un proceso de autoanálisis, nos irá revelando toda su historia: la infancia en una gabarra con sus padres, su etapa de adolescente, los primeros escarceos amorosos o su definitivo asentamiento en tierra firme. Van Mersbergen nos va dosificando la información poco a poco, haciéndola encajar en el puzzle de forma natural y despertando así la curiosidad de un lector que irá devorando páginas para averiguar todos los detalles que han llevado a Ralf a esta crisis. Por supuesto, no revelaré el núcleo de sus pensamientos ni la raíz de toda esta zozobra familiar cuyos nombres propios son Sara, Maybelle, Alvin y las singulares gemelas Helen y Nettie, una raíz que se plantó veinticinco años atrás. Merece la pena bucear entre las páginas para ir atando cabos.

Sin embargo, que nadie se llame a engaño. Junto a este monólogo trascendental discurre la historia paralela de la narración del carnaval holandés, una historia extremadamente divertida, con camaradas pintorescos, líos fugaces, bailes, amistades para toda la vida (o no), algunas peleas, melancolías pasajeras, episodios memorables y un trasiego sin fin de brebajes estimulantes, licores de hierbas y muchas, muchísimas cervezas.


El flamante premio BNG de Literatura 2011 (foto de Roeland Fossen)
 

Este viaje al espíritu del Carnaval (“Por Carnaval no vas disfrazado de otra persona; por Carnaval al fin eres tú mismo”), es una travesía franca, cercana, sin crónicas sentimentaloides, en la que nuestro borracho Barquero -a pesar de conseguir divertirse y entrar en el juego- no puede dejar de pensar en la familia que ha dejado atrás. Es el retrato sincero de un hombre en busca de afirmación, cuya meta es llegar a ser un buen padre.


“[…] Me balanceo como un tentetieso, de babor a estribor. No estoy solo, porque los demás siguen la danza de esta Grulla. No estoy solo. Vuelvo a sentir el calor de Sara y los niños que me envolvió de los pies a la cabeza al cambiar la casa de mi tío bebedor por la suya. Aquellas primeras semanas, primeros meses. El ajetreo físico de cinco personas. El calor del contacto. La mano de Sara en mi espalda cuando ayudaba a Helen o a Nettie con la comida, de pie junto a la mesa. Subir a las pequeñas en brazos por la escalera. Alvin sentado en el transportín de la bicicleta, con las manos en mi cintura. Camino a la escuela. La rodilla de Maybelle. Este chico humilde les daba lo que necesitaban, y recibía a cambio lo que había estado buscando durante tanto tiempo.”


No había leído nada de Van Mersbergen hasta ahora, pero confío en que Rayo Verde siga traduciendo su obra, ya que esta novela me ha parecido estupenda, tanto por salirse de los tópicos como por el lenguaje y el tono, cercanos y nada grandilocuentes. Nada parece forzado y la información es rica en matices y no se da en su totalidad, para que el lector vaya sacando sus propias conclusiones y se desconcierte a cada paso. Además, el emotivo final no era el que yo esperaba, y ya solo por esa sorpresa valió la pena viajar al otro lado de la noche.

Al otro lado de la noche, Jan van Mersbergen
Traducción de Goedele de Sterck
Rayo Verde, 2013, 192 páginas, 19

lunes, 20 de mayo de 2013

Extrañas compañías: Salinas / Texas



Hoy inauguro una nueva sección, Extrañas compañías, que se dedicará a recoger retales de literatura breve -en cualquiera de sus expresiones- y emparejarlos con letras de canciones, pero de épocas muy diferentes. Porque los temas de los que se nutre la literatura son el amor, la muerte, la pasión, la vida misma, y eso no cambia a lo largo de los siglos, únicamente su expresión final.

Para comenzar, hoy traigo uno de mis poemas favoritos de Salinas, que descubrí de niño y que me sigue pareciendo un canto al amor precioso. Y como contrapunto (y siguiendo la tónica de preciosidades) os dejo con la voz más que sugerente de la escocesa Sharleen Spiteri, que parece haberse leído el poema y le contesta a su amor que las idealizaciones no suelen ser buenas: es mejor regresar al mundo real y poner todo el esfuerzo en amarse, simplemente, contra viento y marea.
Espero que os guste.


“Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.

Y que a mi amor entonces, le conteste
la nueva criatura que tú eras.”


Perdóname por ir así buscándote. Pedro Salinas (La voz a ti debida, 1933)



 
Saint. Texas (The hush, 1999)

miércoles, 15 de mayo de 2013

París era una fiesta... o casi.






París es un escenario literario inagotable. Retratada hasta la saciedad también en el cine, no hay quien se resista a la atracción de su historia, a la contemplación de los diversos paisajes urbanos y humanos -ya sea de día o a la luz de la luna- o a un simple vagabundeo por cualquiera de sus distritos.

Cuando el joven Hemingway llegó al París de entreguerras en 1922, experimentó esa misma fascinación. El flamante corresponsal para Europa del canadiense Toronto Star había elegido esta ciudad como base de operaciones, y desde ella hizo llegar puntualmente al periódico sus reportajes. En este volumen que la editorial Elba publicó el año pasado se recoge una excelente selección de casi treinta artículos que abarca desde febrero de 1922 hasta diciembre de 1923.


Foto del pasaporte de Hemingway en 1923

Con títulos tan explícitos como Vivir con 1.000 dólares al año en París, La meca de los impostores o El gobierno paga por las noticias, los textos son todo un prodigio de descaro, frescura e ironía. Hemingway expone al lector los datos que va recabando en sus sondeos diarios por el ambiente parisino. En la mayoría de los casos no hace falta que tome partido explícitamente, puesto que despunta ya su estilo directo y mordaz, con una economía de palabras bien escogidas, pero que son como dardos que se clavan en el centro de la diana. Esa precisión sirve igual para describir lo peor del ambiente nocturno de la ciudad, las guerras políticas o la multitud de pícaros ávidos de turistas americanos, como las bondades de la vida cotidiana en Francia tras la Gran Guerra o la escasez de viviendas a precios asequibles.

“La escoria de Greenwich Village, Nueva York, ha sido espumada y depositada en grandes cantidades en la zona contigua al Café de la Rotonde, en París. Por supuesto que ha surgido una nueva escoria para remplazar la anterior, pero la escoria más antigua, la más espesa y asquerosa de todas las escorias, se las ha arreglado para cruzar el océano y, con sus desembarcos de tarde y de noche, ha convertido la Rotonde en la principal atracción del Barrio Latino para turistas en busca de ambiente.”

Su estancia en la capital francesa, acompañado por su primera esposa, Hadley Richardson, fue una época de especial felicidad para él como reflejaría más tarde en París era una fiesta (1964). Pronto entabló amistad con personajes de la talla de James Joyce, Gertrude Stein o Picasso. Y poco a poco, el joven y pobre Hemingway tomó conciencia de que su verdadera pasión era ser escritor y no periodista, y de que París era el centro de operaciones perfecto para lograrlo; de hecho, no abandonó la ciudad definitivamente hasta 1928, dos años después de la publicación y el éxito de Fiesta.

Se puede decir que los artículos de este volumen nos muestran de forma clara los rasgos de un estilo incipiente: apasionado, riguroso e irónico. Una sobriedad calculada que logra dar un efecto mayor a lo que nos relata, así como una visión de la guerra -que tanto le marcó- y la naturaleza humana bastante desmitificadoras.

“El primer escándalo se produjo cuando la policía descubrió que la absenta, prohibida hacía seis años, se vendía en grandes cantidades con el nombre de Anis Delloso. En lugar de elaborarlo con el maravilloso color verde celebrado por los poetas menores hasta en los lugares más recónditos y abstemios de la tierra, los fabricantes de absenta producían cantidades industriales en forma de jarabe amarillo pálido. Seguía teniendo ese sabor a regaliz, y se volvía lechoso cuando se le añadía agua; y tenía esa pegada lenta y culminante que al tercer Delloso hacía que al boulevardier le entraran ganas de levantarse y dar saltos de alegría sobre su sombrero de paja nuevo.”

En suma, Sobre París es un libro bastante entretenido, que proporciona un testimonio directo, riguroso, carente por completo de exaltaciones y sumamente crítico. Cabe destacar, así mismo, el prólogo y la traducción de Clara Pastor, alma mater de Elba. Y finalmente, para los que quieran disfrutar de alguno de los artículos periodísticos de Hemingway en su lengua original, recomiendo la web monográfica del Toronto Star: http://ehto.thestar.com, que incluye el primero de los textos de este libro.

Sobre París, Ernest Hemingway
Traducción y prólogo de Clara Pastor
Elba, 2012, 166 páginas, 14

lunes, 29 de abril de 2013

Mordiscos literarios / 3



Cinco nombres para el recuerdo (1912)



“Cuando Scott regresó a Inglaterra no entendió la ausencia de vítores. ¿Es que sus compatriotas habían olvidado cómo se recibe a los héroes? Nadie había ido a esperarle. Así que tomó un coche y, de camino a casa, empezó a preocuparse.
            El inmenso silencio de su hogar hizo madurar esa semilla inicial de preocupación. Vagó por la salita y, súbitamente, dio con la portada del periódico vespertino. En ella aparecía una fotografía que ilustraba la hazaña que él mismo había consumado. Se acercó, contempló la imagen y parpadeó repetidas veces. El titular estaba equivocado. Todo aquello era un terrible error… Leyó: «El noruego Amundsen regresa a casa sano y salvo. La Historia le reserva ya el inmenso honor de ser el primer hombre en llegar al Polo Sur».
            Scott cerró los ojos y se dejó caer en una silla.

            Segundos más tarde volvía a abrirlos. El frío extremo no había disminuido. Y tampoco su agotamiento. Nevaba. Scott recordó que Evans y Oates habían muerto, y ahora sabía que tampoco él regresaría jamás a Inglaterra. Buscó su diario y, en el interior de su tienda, escribió: «Si hubiéramos sobrevivido, habría podido narrar la historia de la audacia, la resistencia y el valor de mis compañeros; una historia que habría conmovido el corazón de cualquier inglés…».”

Los seres efímeros. Pilar Adón (2010)

miércoles, 6 de marzo de 2013

Cosecha de voluptuosidades



Es de sobras conocida la importancia de una buena portada a la hora de vender un libro. Dada la enorme cantidad de títulos que se publican cada mes y lo efímero de su paso por los anaqueles de las librerías, una cubierta impactante puede tener el poder de asegurar unas buenas ventas del título en cuestión (otra cosa bien distinta es la calidad literaria del interior) o, por lo menos, el de conseguir que muchos lectores potenciales cojan ese libro aunque sólo sea para contemplarla de cerca y echar un rápido vistazo al interior.

Este es el primer pensamiento (o el segundo) que me ha venido a la cabeza tras recibir hoy el boletín de novedades de la editorial Reino de Cordelia en el que se anuncia la salida al mercado de la obra de Anatole France, Tais:




Sobran las palabras, así que me he puesto a rebuscar en mis “archivos” otros ejemplos de cubiertas de libros donde la sensualidad femenina es la protagonista indiscutible. Aquí va un brevísimo resumen:



¡Viva el reino de la metáfora! 



 
El estilo pin-up es un clásico que no pasa de moda; un valor seguro, vamos.



 
Esta preciosa portada es un magnífico ejemplo de sinopsis gráfica de una obra literaria… (y sí, es el mismo Edmondo de Amicis que escribió Corazón; ahí es nada).

Aunque para realmente impactante, esta ilustración de uno de los libros de Sergio del Molino (ya sé que repito con Tropo Editores, pero hay que hacer patria):



 
Y como colofón, una elegante portada -como siempre- de Impedimenta, pero que también tiene su aquel:




Y vosotros, ¿qué otros ejemplos incluiríais y qué opináis de este peculiar marketing visual?

jueves, 28 de febrero de 2013

Un icono del siglo XIX





Es una pena que en pleno siglo XXI no contemos con figuras tan carismáticas como lo fue en su época Lev Tolstói. Sin duda, cualquier debate televisivo -tan de moda hoy día- luciría el doble si contara con la presencia del escritor ruso. Tolstói, a costa de madurarlas durante largos años, tenía las ideas muy claras en todo tipo de campos. Ya fuese en literatura, música, pintura, asuntos políticos, religiosos, científicos o filosóficos, el maduro autor de Guerra y paz, esgrimía sus opiniones con una claridad y una argumentación que para sí quisieran muchos de los “gurús” actuales.

Una gran cantidad de rusos sentían una enorme fascinación por este venerable anciano que en los últimos veinte años de su vida decidió volver a sus orígenes e instalarse apaciblemente en su finca rural de Yásnaia Poliana (“Claro del bosque” en ruso). Hasta allí se desplazaron entre 1890 y 1910 (año de su muerte) innumerables periodistas rusos y extranjeros en busca de una crónica, una breve entrevista o unos pocos minutos de charla con el escritor. Tan valiosa resultaba la opinión de Tólstoi que era rara la semana que no recibiera varias visitas de seguidores, admiradores en busca de consejo o simples curiosos. Y, por supuesto, las transcripciones de estos encuentros eran devoradas con avidez por los lectores de las publicaciones de la época.

Hace pocos meses, la siempre interesante editorial Fórcola editó un volumen que recoge estas conversaciones, publicadas originalmente en diversas revistas y periódicos rusos, y que hasta ahora habían permanecido inéditas en español u otro idioma distinto al ruso, bien enterradas en los archivos de la antigua Unión Soviética. En esta cuidada edición del colombiano Jorge Bustamante, los textos salen a la luz acompañados por numerosas fotografías tanto del protagonista como de su familia y sus variopintos visitantes.


El conde Tólstoi leyendo su correspondencia (hacia 1910)
 

A lo largo de sus páginas nos damos cuenta de la inagotable curiosidad de Tólstoi por las novedades, tanto culturales como científicas, de sus respuestas amables a veces o vehementes y apasionadas en otras ocasiones, pero siempre reflejando una firmeza a prueba de modas y esa claridad de ideas suya tan característica.

“Yo reivindico tres exigencias en todo gran artista: la perfección técnica, el alcance del tema y la pasión por la trama. De ellas, es a la última a la que atribuyo mayor significado. Es posible ser un gran escritor, incluso si faltan la perfección técnica y el dominio del tema. En Dostoievski, por ejemplo, no había ni lo uno ni lo otro. Pero no es posible convertirse en un gran escritor si no se escribe con sangre del corazón… Yo mismo fui educado muy débilmente o demasiado mal y no siempre logro sostener este criterio. […] A menudo me río, pero a menudo también me irrito, cuando me reprochan que mis teorías son anticientíficas. Afirmo, por el contrario, que anticientíficos son el positivismo y el materialismo. Si busco una doctrina por la cual pueda vivir, entonces sólo es lógico, consecuente y científico que desde la primera premisa hasta las últimas conclusiones no existan en ella contradicciones. El escepticismo lleva a la absoluta negación del sentido de la vida. Pero el escéptico también quiere vivir, de otro modo tendría que matarse.”

También se puede observar en estas conversaciones la importancia que tuvo la familia para Tólstoi. La influencia de su esposa, Sofia Andréievna -una todoterreno que hacía la vida del autor bastante más fácil- se destaca en muchas de las páginas, así como la dedicación y los cuidados de su hija Alexandra, que acabaría siendo la primera directora del museo creado en memoria de su padre.

Algunas de las opiniones recogidas en esta selección de artículos pueden parecernos hoy desfasadas (o cuando menos curiosas), como su visión de la escasa utilidad del cinematógrafo o sus sorprendentes afirmaciones sobre la poesía y otras artes (“No me gustan los versos, su tiempo ha pasado. […] Las formas conocidas del arte mueren con el transcurso del tiempo; ahora ha llegado el tiempo de la muerte para la forma poética escrita, para la escultura y la arquitectura.”). Sin embargo, hay que pensar que en su época las palabras de Tólstoi eran recibidas por buena parte de los rusos como una especie de verdad absoluta con la que guiarse en la vida, y hay pocas figuras del siglo XIX que alcancen esta cota de influencia en su propio país.

“En la actualidad Tólstoi representa un fenómeno único en el mundo. Hace ya mucho sobrepasó cierto límite, más allá del cual no hay lucha, sino silencio y resplandor de conocimiento. Lo ilumina todo. En cada una de sus sonrisas, de sus miradas, en cada arruga de su rostro hay tanta sabiduría profunda, como la hay en sus palabras. Y tal vez lo más importante no sea oírlo, sino verlo.” Leonid Andréiev, 1910.

Conversaciones y entrevistas – Lev Tolstói, Varios autores
Edición, traducción y prólogo de Jorge Bustamante
Fórcola, 2012, 192 páginas, 15,50

miércoles, 23 de enero de 2013

Mordiscos literarios / 2



El gran Michael Caine en la piel de Thomas Fowler (2002)


“[…] Era un país de barones rebeldes, como Europa en la Edad Media. Pero ¿qué estaban haciendo aquí los americanos? Colón todavía no había descubierto su tierra.
–Me gusta ese hombre Pyle –le dije a Fuong.
–Es impasible –respondió ella.
Y ese adjetivo, que ella fue la primera en usar, se le pegó como el sobrenombre de un escolar, hasta que, finalmente, se lo oí emplear al mismo Vigot, sentado bajo su visera verde, cuando me dijo que Pyle había muerto.
Hice detener nuestro triciclo frente al Chalet y le dije a Fuong:
–Entra y elígenos una mesa. Será mejor que me ocupe de Pyle.
Ese fue mi primer instinto: protegerlo. No se me ocurrió pensar que en realidad tenía que protegerme de él. La inocencia siempre solicita tácitamente ser protegida, cuando haríamos mucho mejor en precavernos de ella; la inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campana y que se pasea por el mundo sin mala intención.”

El americano impasible. Graham Greene (1955)