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viernes, 15 de mayo de 2015

Siempre pasan cosas






Las ciudades han sido siempre las protagonistas de muchas ficciones literarias. Son poliédricas, cambian de aspecto y de ritmo con el transcurso de las horas y tienen su fauna particular. Además, bajo la capa de aparente normalidad de cada urbe, ya sea una metrópoli o una minúscula ciudad de provincias, en cada barrio acechan siempre situaciones personales complejas a la vuelta de la esquina. Desamores, soledad, búsqueda implacable de cariño, nostalgia, incomunicación o violencia son solo parte de un río subterráneo que avanza con fuerza, arrastrando sin remedio a multitud de navegantes urbanos.

Es ese caldo de cultivo diario y oculto el que saca a la luz el valenciano Kike Parra (Alcira, 1971) en su primer libro de microrrelatos. Una geografía humana dividida en tres partes, como si se tratase de un atlas particular con fronteras cinceladas a base de escenas cotidianas: Historias de la ciudad divisible, Zonas de paso y Últimas calles.

Por cada uno de estos escenarios van desfilando familias, tipos solitarios, prostitutas, parejas separadas, viudos, amas de casa, jubilados, ancianas solitarias, asesinos despiadados y hasta la misma muerte susurrándole confesiones al lector. Todos ellos aportan su particular visión de la vida en la ciudad, algunas veces esperanzadora y las más, ingrata.

Procurando huir de los lugares comunes, Parra utiliza un estilo directo y nada artificioso para llevarnos al meollo de lo que nos quiere transmitir. Elige con cuidado el ángulo de la narración, las palabras justas y, tras crear el ambiente necesario, remata disparando a bocajarro. Unas veces las balas van impregnadas de un humor irónico, bastante gamberro, y otras la pólvora nos estalla en plena cara. Así, pasamos de unas narraciones simpáticas, desinhibidas y socarronas, como La mujer sin nombre, a microrrelatos crueles y demoledores, como Lejos de la ciudad o Incompleto, tras los que hay que tomar aire para seguir caminando.

Pero también hay espacio en estas calles para los personajes con un punto tierno, los amores fugaces e incluso las visiones futuristas (no muy amables, por cierto) o el cuento fantástico (estupendo el que lleva por título Rechazo). Y es que este libro pretende ser un reflejo de las situaciones a las que nos abocan tarde o temprano las ciudades, maravillosas e implacables. Hombres y mujeres intentando agarrar por los pelos una felicidad tozudamente esquiva o enfermos de nostalgia que añoran su pueblo y se extasían con el aroma a sarmientos quemados de un asador.

Teniendo en cuenta la gran dificultad del género, Kike Parra entrega en este primer volumen en solitario una colección de textos bastante solvente. Se nota su amor por la distancia corta y su buen oficio, lo que lo hace un autor interesante al que seguir en próximas entregas. Sin embargo, para mi gusto hay también algunos microrrelatos claramente mejorables. En algún caso no me ha llegado la historia (Solitarios, ¿Estás segura?, La canguro), el argumento o la resolución son algo flojos (¿Qué va a pasar?, Hasta que quiera o Lo mejor para mi hija) o bien parece que haya faltado el proceso de reescritura (como el batiburrillo de tiempos verbales en Cada tarde). Pero estos pequeños inconvenientes no impiden disfrutar del resto de paseos por la ciudad ni del rumor de la calle. Como colofón, os incluyo dos de los microrrelatos que más me han gustado.


Corazones

Le pregunto si le importa que fume. El hombre al que acabo de conocer esta noche busca algo entre las revistas que tiene amontonadas junto al sofá, hasta dar con un encendedor. Al darme fuego le veo unos números grabados en la muñeca. Le pido que se suba la manga. Aparece una calavera con dos diamantes dibujados en el hueco de los ojos y, debajo, su nombre, en una especie de garabato infantil. Le digo que se desabroche la camisa. Tú primero, me pide. Se queda mirando el sujetador de encaje. Hace mucho que no veía uno de estos, me dice. Intento mantener una sonrisa sosegada. No quiero prestarle demasiada atención a la cara que pondrá después, cuando me lo desabroche y lo deje caer y vea las cicatrices y me pregunte por lo que ocurrió. Prefiero quedarme mirando el rostro de mujer que tiene tatuado a la altura del corazón.

Amor que no atraviesa

En el barrio se murmuraba que la mujer rubia y su difunto marido habían recorrido medio mundo con un número de ilusionismo en el que utilizaban espadas. Se decía que en un arcón guardaba los viejos vestidos de lentejuelas sin un rasguño. Que en una vieja maleta guardaba los guantes blancos, las chisteras y las capas de raso y terciopelo. Que en el sótano estaba la caja donde se escondía para luego aparecer, incólume, ante los espectadores. Aunque nadie sabía qué había hecho de las espadas. Por eso me alegro tanto cada vez que veo a papá salir con vida de casa de la mujer rubia.


Siempre pasan cosas, Kike Parra Veïnat
Enkuadres, 2015, 126 páginas, 12

miércoles, 24 de julio de 2013

Mi particular homenaje a Chesterton



La editorial madrileña ArtGerust publicó a finales del año pasado un volumen de microrrelatos dedicados al género negro. En él se incluye un texto mío que pretende ser un homenaje a uno de los personajes más carismáticos creados por el autor británico G. K. Chesterton. Aquí os dejo el microrrelato (y os recuerdo que cualquier comentario será bien recibido):



EL DICTAMEN DE LA BRUMA
 

No era un fantasma quien surgió entre la niebla. Oculto tras las rocas, pude apreciar claramente la silueta de un hombre que avanzaba hacia el borde del acantilado de Beachy Head, arrastrando un enorme fardo. Iba vestido con un hábito franciscano, pero la capucha me impedía ver su rostro. Entonces comprendí las palabras de mi confidente Horne Fisher al citarme por teléfono en aquel páramo solitario: “Muchacho, tengo que verte enseguida; ya sé quien mató a Lady Blackbird. Ven armado y no confíes ni en el mismísimo arzobispo de Canterbury”. Abandoné mi escondite y di el alto a aquella aparición, que sacó un revólver de su traje talar y empezó a dispararme. Fue entonces cuando el fardo inerte cobró vida y propinó desde el suelo un golpe certero al monje, que perdió pie, cayendo por el acantilado. Herido en un costado, aún pude ver la cabeza del bueno de Horne saliendo de su prisión de tela antes de desmayarme.




El marco natural de la historia
 


La novela negra - 200 Microrrelatos, Varios autores
Editorial ArtGerust, 2012, 226 páginas, 14,55

martes, 24 de julio de 2012

Escríbeme una ilustración


Últimamente son varias las editoriales independientes que han lanzado colecciones de libros ilustrados. Tanto para el mundo infantil como para el lector adulto, la mezcla entre textos e imágenes potencia el atractivo de las historias que se narran, creando muchas veces mundos tan ricos como los imaginados por el autor.

Como norma general, es el artista gráfico el que interpreta y da forma a los textos del escritor. Pero ¿qué ocurre cuando es el escritor el que ha de inspirarse en la obra del artista y construir un relato en torno a ella? Este es el interesante punto de partida del proyecto “Escríbeme una ilustración”, gestado a finales de 2010 por la artista madrileña Clara Varela.

Clara decidió que ya era hora de darle la vuelta a la tortilla y puso a trabajar a decenas de escritores y otros artistas a partir de sus imágenes llenas de color, unas veces enigmáticas, otras surrealistas, pero siempre poéticas y evocadoras. El magnífico resultado de estas colaboraciones se presentó en forma de exposición en Coslada el pasado mes de Abril y puede verse (y leerse) en el blog del proyecto.

Tras esta experiencia, la idea de Clara es seguir adelante editando un libro recopilatorio. El proyecto aún está abierto, pues hay ilustraciones que sólo tienen uno o dos relatos asociados (el objetivo es que cada imagen vaya acompañada de tres textos), por lo que desde aquí animo a todos los escritores interesados a aportar su grano de arena. Yo lo acabo de hacer con este microrrelato:
 



El día en que todo cambió
 
No recuerdo el instante en que me desmayé. Sólo imágenes confusas: el crujido metálico de las ruedas al girar, un fluorescente que chisporroteaba con tesón, mi lucha inútil por incorporarme. A lo lejos, un murmullo de voces insistía en que no había tiempo que perder.

Ni el olor aséptico y penetrante del quirófano logró despertarme. Mis exiguas fuerzas me habían abandonado definitivamente. Ya no sentía nada. Y así, ingrávida, ligera como una pluma, comencé a volar. Mi cuerpo, o más bien el cuerpo de la niña pelirroja que fui, rellenaba la barquilla de un globo. Agarrada al cesto de mimbre con unas manos enormes, subía y subía sobre la llanura de mis juegos infantiles. Hacía frío allí arriba. Por fortuna, mi subconsciente suele ser precavido y llevaba puesto el suéter de lana violeta que la abuela tejió para mi cumpleaños. ¡Cuánto la echaba de menos!

Mi sueño continuó inundado de azules, de alegrías perdidas, de nostalgia por unos padres siempre ausentes, pero también era un viaje lleno de esperanza hacia todas las emociones que con suerte aún me quedaban por vivir. Cuando empezaba a descender, una bandada de golondrinas me sobrepasó a toda prisa. Su estela olía a pinar y a hogaza recién horneada. Estiré el cuello todo lo que pude para hacer durar más esa sensación. En aquel momento de euforia, me sentía capaz de lograrlo todo y decidí que debía regresar.

De repente, el turquesa del cielo se transformó en un verde intenso de batas y mascarillas, y sentí como si cientos de agujas recorrieran todo mi cuerpo adormecido. Poco después, las manos enormes del globo sostenían una nueva vida en la sala de partos. Al ver a la pequeña Laura sana y salva en mi regazo, supe que aquel día habían nacido un par de luchadoras que iban a dar mucha guerra en este mundo.


Web de la ilustradora: http://www.claravarela.com