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miércoles, 23 de julio de 2014

Libros sobre libros / 1



Las temáticas en narrativa son prácticamente infinitas, aunque al final es muy raro que no tengan que ver con alguna de las pasiones humanas. Hoy pretendo inaugurar una sección en el blog para dar cuenta de esas ocasiones en que la literatura se mira al ombligo y se ocupa de hablar de libros.

Puede tratarse del tema principal o de una trama tangencial, pero en algún momento de la obra aparece una biblioteca, una librería, un libro o un proceso de escritura por parte de alguno de los personajes y eso es especialmente relevante en la historia que se nos está contando. Una especie de teatro dentro del teatro, pero entre hojas de papel impreso.

A lo largo de los años he ido recopilando algunos ejemplos de este tipo de narrativa e iré desgranándolos periódicamente en estas páginas. Os invito a enriquecer la sección con vuestras propias aportaciones y con los comentarios que estiméis oportunos.

Y para empezar, una novela que habla de novelas -de las mejores obras, nada menos-, de una librería poco corriente, de las pasiones que despiertan los libros y de los riesgos de ir a contracorriente en el mundillo cultural, con trama de misterio incluida. Se trata de La Buena Novela, escrita por la francesa Laurence Cossé (Boulogne-Billancourt, 1950) y que publicó Impedimenta en 2012. A continuación, os dejo el resumen de la editorial.




La fundación de una librería parisina «única», llamada «La Buena Novela», desata pasiones, celos y hasta intentos de asesinato. Ivan «Van» Georg, antiguo vendedor de cómics, y la estilosa y seductora Francesca Aldo-Valbelli se juntan para llevar a cabo el sueño de sus vidas: montar una librería que solo venda obras maestras, seleccionadas por un comité secreto de ocho respetables escritores que se esconden bajo seudónimo. Cuando la librería abre, inmediatamente empieza a cosechar un éxito arrollador. ¿Quiénes son esos elitistas y cómo osan decirles a los lectores lo que han de leer? La blogosfera hierve, Internet crepita. Decenas de competidores nacen de la noche a la mañana, clamando por los ideales seudoigualitarios. Ivan y Francesca, estoicamente, intentan aguantar el chaparrón hasta que, de repente, tres de los miembros de su comité secreto son víctimas de accidentes que a punto están de costarles la vida.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Algún día este libro te será útil





La adolescencia siempre es una etapa vital llena de conflictos. Una época en la que creemos tener respuestas sencillas y precisas para buena parte de los problemas que atenazan a los adultos, pero con frecuencia carecemos de una visión clara respecto a nuestro propio futuro. Las dudas, los temores, la indecisión y las opiniones ajenas -casi siempre opuestas a las nuestras- se van agolpando sin tregua y todo es cuestionado o cuestionable.

En este continuo proceso de centrifugado mental se encuentra James Sveck, el narrador y protagonista de esta novela, un joven e inteligente neoyorquino de dieciocho años que acaba de terminar el colegio y que no tiene claro qué rumbo tomar. De momento, pasa el verano en Manhattan trabajando (o algo parecido, dada la escasez de clientela) en la galería de arte de su madre, una cincuentona en plena deriva sentimental tras romper su tercer matrimonio durante la luna de miel.

“La mayoría de la gente cree que las cosas no son reales si no se expresan verbalmente, y que es el acto de expresarlas y no el de pensarlas lo que las legitima. Supongo que por ese motivo uno siempre quiere que otro le diga «te quiero». Yo pienso lo contrario, que los pensamientos son más reales cuando se piensan, que expresarlos los distorsiona o diluye, que es mejor que permanezcan en la oscura capilla de aeropuerto de tu mente, donde el clima está controlado, que si los sueltas y les da el aire y la luz se alterarán, como una película fotográfica expuesta por accidente.”

A este desalentador panorama se une la tensa relación amor-odio de James con su hermana Gillian, tres años mayor y mucho más desenvuelta, que sale con un profesor universitario casado que seguramente le dobla la edad. Para acabar de aderezar el retrato de familia tenemos al padre del protagonista, Paul, un ocupadísimo y exitoso hombre de negocios que, tras su divorcio seis años atrás, reparte su vida entre el trabajo y las relaciones con una larga sucesión de mujeres mucho más jóvenes que él que parecen lucir las mismas “mechas” rubias de aspecto artificial en su bonito cabello castaño, por lo que la comunicación con su hijo dista mucho de ser fluida.


Peter Cameron (foto tomada de su web)
 

Pero lo que de verdad preocupa a James no es su caótica familia sino el no estar seguro de querer ir a la universidad. No es que no quiera seguir recibiendo una buena educación; lo que realmente le gustaría es comprarse una vieja casa en el medio oeste, en Kansas o tal vez en Indiana, donde poder encerrarse a leer todo el día sin ser molestado. Porque ese es el principal problema del joven Sveck: que odia relacionarse con gente de su edad, ya que piensa que no tiene nada en común con ellos. Así pues, la perspectiva de compartir con estos aburridos varios años de su vida en la prestigiosa Universidad de Brown –donde ha sido admitido- le desmotiva completamente.

Para poner algo de orden en su confusa vida, sus padres deciden enviarlo a la Dra. Adler, una peculiar psiquiatra capaz de exasperar al pobre James en cada una de las sesiones. El único refugio ante tanta zozobra espiritual es la abuela Nanette (su ser humano predilecto), que espera con ilusión las visitas del nieto y siempre le ofrece los consejos que los demás parece que se empeñan en ocultarle.

“…de repente, durante uno o dos segundos, vi con claridad que no querer ir a la universidad se debía en parte al deseo de no avanzar, pues me encantaba estar donde me encontraba en aquellos momentos, un deseo inequívoco y profundo: allí sentado, en la cocina de mi abuela, tomando café recién hecho en una taza de porcelana y no en un vaso de papel con una tapa de plástico perforada, sentado en la cocina perfectamente ordenada y con la puerta trasera abierta para que penetrara en la casa un poco de brisa, el reloj eléctrico encima del fregadero zumbando imperceptiblemente día y noche y el suelo de linóleo desgastado de tantos años de fregar y refregar y tan suave como gamuza, mi abuela sentada delante de mí con un vestido que probablemente se compró hace cuarenta años y que se ha puesto un millar de veces desde entonces, escuchándome, aceptándome, al parecer, como nadie más lo hace y, en el exterior, el tranquilo sábado de verano, el mundo a nuestro alrededor aún no violado del todo por la estupidez, la intolerancia y el odio.”

Esta estupenda y divertida novela de iniciación también trata de la vida en Nueva York tras los atentados del once de septiembre, de política, cirugía estética, arte contemporáneo, relaciones de pareja, identidades sexuales que despuntan y muchas cosas más. Peter Cameron (Pompton Plains, Nueva Jersey, 1959) nos habla a través de James de la vida actual en la Gran Manzana, -con sus múltiples caras y sus contradicciones- mediante una prosa sencilla, muy cercana al lector. Llena de anécdotas y situaciones hilarantes, Algún día este dolor te será útil es uno de los éxitos de ventas en este año de Libros del Asteroide. Y es que es difícil resistirse a seguir a este sensible y espabilado comedor de bocadillos de huevo frito por las calles de Manhattan...


P.S.: Esta reseña participa en la elección del libro del año 2012 que organiza en su web el equipo de PriceMinister, a quienes agradezco el envío del ejemplar.

Algún día este dolor te será útil, Peter Cameron
Traducción de Jordi Fibla
Libros del Asteroide, 2012, 248 páginas, 18,95

viernes, 20 de abril de 2012

El zoo trágico




“Convertirme en un caballo, galopar a través de la arboleda; pero tienes la cabeza en otro lado, repleta de pensamientos traviesos en un lugar donde reina la libertad, donde todo son gestas y una fuerza victoriosa, y de pronto estalla un ruido agudo, no muy alto pero tan persistente que incluso el galopar más incontrolado se detiene al percibirlo, y tu corazón pierde un latido al fondo de tu pecho.”

Quien rememora estas ensoñaciones de la infancia es Vera, la protagonista absoluta de El zoo trágico. Esta novela (publicada en 1907 e inédita hasta ahora en castellano) es un conjunto de nueve relatos que pueden leerse por separado, pero que juntos constituyen los capítulos de las memorias ficticias de infancia de Lidia Zinovieva-Annibal.

Hija de terratenientes, la inocente Vérochka de las primeras narraciones nos describe sus tomas de contacto con la Naturaleza y los animales durante las largas temporadas que pasa con su nutrida familia en la gran finca de verano. La vida en San Petersburgo le aburre, y cada año espera con ansiedad el buen tiempo para disfrutar con la belleza de esa vida rural en una Rusia ya pre-revolucionaria. Sin embargo, el dolor y la amargura no tardan en llegar, pues todos los pequeños animales que desfilan en este zoo estival (oseznos, grullas, lobos) van pereciendo víctimas del comportamiento humano, tantas veces brutal; de ahí el título del libro.

Conforme avanza esta historia de aprendizaje, podemos comprobar la evolución de una niña dulce y sensible hacia una Vera adolescente llena de rebeldía, mentirosa y cruel, que se distancia cada vez más de su madre. Esta transformación llega a su clímax en el capítulo más extenso (el mejor, en mi opinión) -titulado El diablo- donde la protagonista se muestra fuera de control, ladrona, calculadora y perversa, enfrentándose cada vez con más tesón a institutrices y compañeros de estudios, lo que la forzará finalmente a un peregrinaje por diferentes colegios, incluso fuera de Rusia. También destaca el desarrollo de la conciencia moral en la joven Vérochka, anticipo de la lucha de clases que no tardará en estallar en su país para cambiarlo todo.


Lidia Zinovieva-Annibal 


La narración revela la parte más oscura del aprendizaje en la niñez, junto a un buen muestrario de dificultades a las que debía hacer frente la mujer rusa de la época, ya que crecía en un entorno dominado por hombres. En cuanto al estilo, Zinovieva emplea una prosa clara, sencilla, evocadora, casi minimalista. Es también abundante el simbolismo, con frecuentes metáforas e imágenes sobre el feminismo, la rebeldía y la ruptura con el orden establecido.

Por otra parte, hay que destacar que la autora fue pionera en Rusia al mostrar en sus obras el tema del lesbianismo, que aquí aparece sutilmente retratado en los enamoramientos continuos de Vera: Dasha (hija de una de las sirvientas), su institutriz, la hija de un campesino o varias compañeras de colegio. Es este un asunto que ya había abordado con anterioridad de manera mucho más explícita en la novela corta Treinta y tres monstruos (1907), que estuvo prohibida durante buena parte de la etapa soviética, acusada de decadente y sexualmente perversa.

Como ya he apuntado, hay una fuerte carga autobiográfica en El zoo trágico. Lidia y Vera comparten el mismo origen de clase alta y experiencias vitales similares: esmerada educación con tutores e institutrices, fascinación por la vida en el campo, gran interés por los problemas de las clases menos favorecidas –no en vano Lidia murió de escarlatina tras trabajar como enfermera durante el verano de 1907, ayudando a los niños enfermos de los campesinos-, e incluso tendencias sexuales. Ambas comparten también una personalidad muy emotiva y algo excéntrica (la escritora, por ejemplo, solía lucir largas túnicas, que causaban admiración entre los invitados a “La Torre”, su afamado salón literario de los miércoles en San Petersburgo).

Los lectores que amen el estilo vital, expresionista (atentos al potente capítulo final) y los textos reivindicativos del papel de la mujer en la sociedad -al estilo de Virginia Woolf- no quedarán defraudados. No en vano, la breve obra de Zinovieva-Annibal (1866-1907) constituye un punto de referencia para la literatura femenina rusa de todo el siglo veinte. Y nosotros podemos disfrutar por fin de un espléndido fragmento gracias al buen hacer de Nevsky.

El zoo trágico, Lidia Zinovieva-Annibal
Traducción  de Vladímir Aly
Nevsky Prospects, 2012, 272 páginas, 20

jueves, 29 de marzo de 2012

Las españolas del metro Pompe




¿Quién no se ha enamorado siendo un niño de su profesora, de alguna amiga de su madre o de esa compañera tan guapa de su hermana mayor? Sacha, en cambio, tiene unos referentes más exóticos: las españolas que llegan al París de finales de los cincuenta para servir en las casas de la burguesía. El atormentado protagonista de esta novela -a quien su familia no presta ninguna atención- tiene la costumbre de frecuentar la boca de metro de la estación de Pompe, el lugar de reunión de sus “perlas”, para admirarlas y escuchar sus confidencias.

“En sus gritos se mezclan oraciones, genuflexiones, santiguamientos. En un momento, sus sermones toman la velocidad del maremoto. Se maldicen, se hinchan bocas, pechos, gargantas. Luego, sin razón aparente, cuando se acerca la hora de la cena, de pronto se tranquilizan. Todo baja, como un soufflé. ¡Y sin intervención de la policía, por favor! Me gusta esa rabia, ese Guernica, el «Huracán Pompe». En sus gritos de vírgenes del Neandertal amenazan con arrancarse los huevos y tirárselos a la cara. Una se embala, la otra se desata. No es cuestión de batirse en retirada hacia el mercado, una misa, o con cualquier otra excusa.”

Con trece años, ha caído profundamente enamorado de una de estas fascinantes criaturas: Pepita, una bella y misteriosa pamplonesa mayor que él. Será Sacha quien le busque trabajo en casa de unos vecinos, dos pisos más arriba de la suya, para tenerla en observación. Con esta lograda cercanía, da rienda suelta a su obsesión amorosa y trazará los planes más peregrinos y las jugadas más complicadas para intentar conquistarla para siempre, lo que acabará provocando un final tan impredecible como surrealista.




François-Marie Banier (París, 1947) publicó esta novela en 2006 y plasmó en ella buena parte de sus experiencias adolescentes. Según ha explicado en varias entrevistas, él mismo estuvo muy enamorado de una criada bilbaína, Antonia, que le sirvió de inspiración para dar vida a la fascinante Pepita. Al igual que Sacha, se dejaba caer por Pompe para coger a las españolas de la mano y pasar las horas muertas contemplándolas y aprendiendo.

Artista polifacético, fotógrafo, actor, escritor y bon vivant irredento, Banier publicó su primera novela (Les résidences secondaires) con 21 años, obteniendo de inmediato un éxito notable y el respaldo de escritores como Louis Aragon o Samuel Beckett, aunque hoy es más conocido por su trabajo como fotógrafo y por algún que otro escándalo mediático.

En cuanto a Las españolas del metro Pompe, la imaginación desbordante de Sacha se traduce en un estilo narrativo donde las imágenes y las palabras salen a borbotones, como fogonazos. Esta pirotecnia lingüística se acentúa hacia la mitad de la novela, alcanzando sus cotas más altas en el delirio imaginativo final. La orgía surrealista del lenguaje que nos impone Banier hace que muchas veces tengamos que parar a tomar aire unos instantes, dejar reposar la lectura, y así, poder regresar con fuerza para recibir la siguiente ocurrencia.

“El tótem de Violeta, transformado en serpiente, se inclina por debajo de nuestras cabezas, todas las bocas quieren mordernos. Vuelve a tocar su aria, que oigo en mi duermevela. Su serpiente levanta la cabeza, me persigue. Corro a refugiarme detrás de ella, fugitivo que, confundido por el miedo, toma al atacante como escudo. Hunde sus dedos en mi pelo, desciende por debajo de mi camisa a lo largo de mi espalda sudada, tira una sábana sobre nosotros, el montón se deshace. Nos agarra del pelo a Pedro y a mí para protegernos de una cascada de objetos, estamos bajo sus brazos plegados como las alas de un cisne. Choca nuestras cabezas, las aprieta contra su pecho. Mi siamés me mira tan de cerca que me da la impresión de tener un tercer ojo. Granizo de dentaduras: ha soltado el hilo que los unía a la serpiente.”

De todas formas, Banier ya nos avisa de sus propósitos en la cita de Wilde que abre su relato: “Me gustaría escribir una novela que fuese tan encantadora y tan irreal como una alfombra persa.” Desde luego, consigue que la acción escape con frecuencia de la realidad, pero hablándonos a la vez de temas tan palpables como el amor, los celos, el dinero o la muerte, dibujando un universo por el que planea oculta la tristeza.

Creo que es con esa expectativa de irrealidad con la que hay que acercarse a esta novela, que en su sorprendente tramo final me ha recordado mucho al surrealismo de Buñuel en El ángel exterminador; un estudio de las pasiones humanas y su inevitable puesta en escena a la menor ocasión.

Las españolas del metro Pompe, François-Marie Banier
Traducción  de Aloma Rodríguez
Libros del Silencio, 2012, 224 páginas, 16