La Petite Jeanne pâle.
Ilustración de Édouard Chimot que sirvió de portada
para la edición de la novela de Roth en Anagrama.
«Se despertó muy temprano. Caroline todavía estaba durmiendo. Por la
ventana abierta se oían los trinos de un pájaro solitario. Andreas permaneció
un rato en la cama con los ojos abiertos, pero no más de unos pocos minutos. Aprovechó
esos breves instantes para reflexionar. Tenía la impresión de que hacía mucho
tiempo que no le habían acontecido tantas cosas extrañas como en aquella única semana.
De pronto volvió la cara y contempló a Caroline a su diestra. Lo que no había
visto la víspera, lo comprobó entonces: había envejecido; pálida, hinchada, y
respirando con dificultad, estaba durmiendo el sueño de las mujeres que
envejecen. Entonces se percató del paso del tiempo, que hasta aquel momento no
había percibido, y se dio cuenta de la transformación que había ejercido
también en él. Así que decidió levantarse al punto, sin despertar a Caroline, y
desaparecer con la misma casualidad o, mejor dicho, de la misma forma azarosa
como ambos, Caroline y él, se habían encontrado el día anterior. Se vistió a escondidas
y se esfumó, caminando hacia un nuevo día, uno de sus acostumbrados nuevos
días.
Es decir, hacia uno de sus días desacostumbrados. Porque cuando
introdujo la mano en el bolsillo superior izquierdo, allí donde solía guardar
el dinero recién obtenido o encontrado, se dio cuenta de que ya sólo le quedaba
un billete de cincuenta francos y algunas monedas. Y él, que desde hacía años
ya no sabía lo que era el dinero y que ya no solía conceder importancia a su
valor, se asustó de repente como suele asustarse quien está acostumbrado a
llevar siempre dinero en el bolsillo y que de golpe se ve en el apuro de
comprobar que sólo tiene muy poco o ninguno. En medio de aquellas calles matinales,
grises y vacías, a él, que desde incontables meses no había dispuesto de dinero,
le parecía haberse arruinado de la noche a la mañana al no notar en el bolsillo
los mismos billetes de banco que en los últimos días. Y le pareció que la época
en que iba por el mundo sin dinero quedaba ya muy, muy atrás en el tiempo; que
el importe adecuado para mantener el nivel de vida que a él le correspondía, lo
había despilfarrado irreflexiva y tontamente con Caroline.
Estaba encolerizado con Caroline. Y él, que jamás había concedido
importancia a la posesión de dinero, comenzó de pronto a estimar su valor. Tuvo
la súbita idea de que la posesión de un billete de tan sólo cincuenta francos
resultaba ridícula para un hombre de su importancia. Llegó a la conclusión de
que, para poder tener consciencia de esta su importancia, le resultaba imprescindible
reflexionar tranquilamente sobre sí mismo ante una copa de absenta.
Así, pues, entre las tabernas más cercanas, eligió una que le parecía
más acogedora, tomó asiento y pidió un pernod. Mientras iba bebiendo, le vino a
la mente que de hecho se encontraba en París sin el correspondiente permiso de
residencia. Revisó sus papeles y llegó a la conclusión de que en realidad podía
considerarse expulsado, pues había llegado a Francia en calidad de minero,
procedente de Olschowice, en la
Silesia polaca».
La
leyenda del Santo Bebedor. Joseph
Roth (1939)