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jueves, 13 de febrero de 2014

La mujer que disparó a Mussolini



 


Es curiosa la cantidad de personas que permanecen hoy día anónimas para el común de los mortales y que, sin embargo, en el pasado estuvieron a punto de cambiar el curso de la Historia. Un claro ejemplo es la irlandesa Violet Gibson, que casi acaba con la vida del Duce en 1926. Pistola en mano, solo pudo efectuar un disparo a quemarropa -que rozó la nariz de Mussolini- ya que el arma se le encasquilló. Paradójicamente, el hecho de salir ileso provocó en Italia una oleada de apoyo popular al dictador.

Capitán Swing acaba de recuperar este suceso de la mano de la periodista e historiadora británica Frances Stonor Saunders. A continuación, la nota de prensa de la editorial:

A las once de la mañana del 7 de abril de 1926, una mujer salió de la multitud en la Plaza del Campidoglio de Roma. A menos de un paso delante de ella, se detenía Benito Mussolini. Al levantar el brazo para hacer el saludo fascista, la mujer levantó la suya y le disparó a quemarropa. Mussolini escapó ileso por muy poco, la bala apenas le había rozado. Animado por todo el mundo, pudo continuar la marcha fascista. Esta es la asombrosa historia jamás contada de Violet Gibson, la mujer que trató de detener el ascenso del fascismo y cambiar el curso de la historia. Violet fue arrestada, etiquetada como “solterona irlandesa con problemas mentales”, y enviada a un asilo mental inglés donde murió en 1956.

Esta elegante obra de reconstrucción biográfica, a través de una narrativa llena de suspense, conspiración y diplomacia, recupera la notable figura de Gibson de los registros históricos perdidos. Desde su aristocrática juventud en la élite de Dublín, entre bailes de debutantes y presentaciones en la corte, hasta su compromiso con las ideas fundamentales de la época, como el pacifismo, el misticismo o el socialismo. Pero sobre todo, analiza su menospreciado papel en el desarrollo del fascismo y el culto a Mussolini, en una peligrosa y novedosa época en la que todo parecía posible.


Las secuelas del atentado


Frances Stonor Saunders (1966), periodista e historiadora inglesa, es colaboradora habitual en medios como The Guardian, New Statesman o Areté, siendo especialmente conocida por su trabajo en documentales para la BBC. Comenzó su andadura como realizadora de documentales para la televisión inglesa. Su primer libro de ensayo, La CIA y la guerra fría cultural, fue desarrollado a partir de su anterior trabajo documental Hidden Hands: una Historia Diferente del Modernismo (Channel 4, 1995), y ha sido traducido a más de diez idiomas, resultando ganador del premio Royal Historical Society’s Gladstone Memorial.

Muchas de sus obras reflejan su formación académica como medievalista. Su segundo libro, El Broker del diablo, narra la vida y carrera de John Hawkwood, un condottiero del siglo XIV de origen inglés que hizo una notable carrera en la política de poder del Papado. En 2005, tras algunos años como editora de arte y editora asociada de New Statesman, renunció a su cargo en protesta por el despido de Peter Wilby, el entonces editor. En 2004 y 2005, presentó en Radio 3 Reuniones de Mentes, dos series de tres partes cada una, sobre las reuniones de intelectuales en diversos puntos importantes de la historia. También es colaboradora habitual de Nightwaves y otros varios programas radiofónicos.

La mujer que disparó a Mussolini, Frances Stonor Saunders
Traducción de José Manuel Méndez
Capitán Swing, 2014, 440 páginas, 21

miércoles, 28 de noviembre de 2012

La tournée rusa de Steinbeck y Capa





A veces las historias más interesantes son fruto de la casualidad o de las ideas más peregrinas. Cuando Robert Capa entró a finales de marzo de 1947 en el bar del neoyorquino Hotel Bedford, no sospechaba que su apacible y etílico encuentro con el escritor John Steinbeck iba a acabar en una tournée fotográfica al otro lado del Telón de Acero aquel mismo verano.

Todos los días aparecían artículos periodísticos sobre Rusia, casi siempre redactados por personas que no habían puesto un pie en ese país y casi siempre con los mismos temas: Stalin, los movimientos de tropas, los experimentos con misiles y armas atómicas o los planes inmediatos del Soviet Supremo. Tanto a Steinbeck como a Capa les parecía mucho más interesante saber cómo vivían los ciudadanos rusos, qué comían, de qué hablaban y cómo se divertían, ya que esta vida privada rusa era desconocida para la mayoría de los norteamericanos. Así pues, decidieron intentar hacer un reportaje apoyado con fotografías que respondiera a todos esos interrogantes.


El dúo viajero retratado por Capa
 

Con el apoyo del New York Herald Tribune y tras vencer las reticencias soviéticas iniciales, comenzaron a finales de julio su particular periplo, que les llevaría a conocer Moscú (su particular “cuartel general”), Stalingrado y los campos de Ucrania y Georgia. Steinbeck ya tenía experiencia en estas labores de documentación, que plasmó en dos de sus obras: Los vagabundos de la cosecha (sobre el trasiego de familias de temporeros por California tras la Gran Depresión; Libros del Asteroide, 2007) y ¡Bombas fuera! (su cobertura del entrenamiento de los pilotos norteamericanos de bombarderos durante la Segunda Guerra Mundial; Capitán Swing, 2011).

Con la tutela de la Voks (la organización de relaciones culturales de la Unión Soviética) y durante casi dos meses, nuestros protagonistas pasearán por las calles rusas, visitarán museos, entrarán en tiendas y grandes almacenes, asistirán a espectáculos de circo, ballet y teatro, frecuentarán los clubes de baile y se patearán a conciencia los fértiles campos de Ucrania y el Cáucaso para examinar granjas estatales o fábricas, dos de los orgullos soviéticos de la época.


Familias ucranianas
 

El resultado es la crónica de un país parcialmente arrasado por la guerra, en continua reconstrucción, que convive con el racionamiento y la veneración hacia Stalin. Steinbeck retrata a un pueblo desgastado por los años de ocupación y lucha, pero que con un carácter afable y una gran hospitalidad acoge en sus casas a estos peculiares extranjeros a los que inunda de preguntas sobre política, salarios, cifras de producción, modos de vida o incluso literatura, ansioso de saber (ellos también) cómo se vive en el otro lado.

“Nos detuvimos en una casa diminuta que estaba construyendo el contable de una fábrica. Estaba montando los tablones él solo, y estaba mezclando el barro para el revoco, y sus dos hijos jugaban en el jardín a su lado. Era muy agradable. Siguió construyendo su casa mientras le fotografiamos. Y después fue a coger su álbum de recuerdos para demostrar que no siempre había estado tan harapiento, que una vez tuvo un apartamento en Stalingrado. […] Había fotos de su boda, de su esposa con un traje de novia blanco y largo. Y después había fotos de sus vacaciones en el Mar Negro, de él y su esposa nadando, y de sus hijos a medida que crecían. Y había postales que le habían mandado. Era toda la historia de su vida, y todas las cosas buenas que le habían sucedido. Había perdido todo lo demás en la Guerra.
            Preguntamos: «¿Cómo pudo salvar su álbum de recuerdos?».
          Cerró la tapa y su mano acarició ese archivo de su vida entera, y dijo: «Cuidamos mucho de esto. Es muy valioso».”


Enérgica guardia de tráfico en Kiev
 

Fiel a su propósito, Steinbeck nos ofrece un relato honesto, carente de cualquier prejuicio, donde no hay críticas demoledoras, alabanzas excesivas ni veredictos finales. Sin embargo, en medio de esta transparencia fluye a cada página el sentido del humor y la ironía a raudales del autor. Ya sea contra la férrea disciplina del aparato político, las normas establecidas o la contumaz burocracia soviética, Steinbeck hace gala de una socarronería sin fronteras, que aplica por igual a rusos y americanos. Así, las descripciones de sus penurias en los medios de transporte del país (aviones maltrechos, trenes asfixiantes, viejos coches o jeeps “doloridos”), las bromas de esta pareja a sus intérpretes -la eficiente Svetlana (Sweet Lana) y el increíblemente gafe Sr. Chmarsky, alias el gremlin del Kremlin-, o el retrato del mundillo de los periodistas americanos en Moscú, son solo algunos de los ejemplos que hacen de Diario de Rusia una lectura extremadamente amena y divertida. Y como toda pareja bien avenida, tampoco faltan las bromas recíprocas entre los dos reporteros en cualquier circunstancia y horario; a este respecto, Capa intercala un capítulo -titulado Una queja legítima- donde expone su opinión acerca de su compañero de viaje.

“Ahora Capa estaba fuera de su elemento, porque Capa habla todos los idiomas menos el ruso. Habla cada idioma con el acento que corresponde a otro. Habla español con acento húngaro, francés con acento español, alemán con acento francés, e inglés con un acento que nunca ha sido identificado. Pero no habla ruso. Después de un mes aprendió algunas palabras de ruso, con un acento que en general se podía considerar uzbeco”.

“Estábamos viviendo una vida que con respecto a la virtud solo había sido igualada una o dos veces en la historia del mundo. En parte era deliberado porque teníamos demasiadas cosas que hacer, y en parte era porque el vicio no estaba muy disponible. Y nosotros somos especímenes bastante normales. Nos encanta un tobillo bien torneado o incluso unas pulgadas por encima del tobillo, vestido, si es posible, con unas medias de nailon bien ajustadas. […] Teníamos un ansia definitiva de ser engañados y mentidos. […] Y ahora llevábamos una vida de prístina virtud. Nos mostrábamos circunspectos a conciencia. Los ataques más comunes contra los extranjeros en la Unión Soviética se basan en la embriaguez y la lascivia. Y a pesar de que solo somos razonablemente alcohólicos, y no más lascivos que la mayoría de la gente, aunque esto es algo variable, estábamos decididos a vivir una vida de santos. Y logramos hacerlo, no enteramente para nuestra satisfacción.”

El libro está ilustrado con setenta fotografías, algunas a toda página, que son una minúscula muestra de los casi cuatro mil negativos con los que regresó Robert Capa. Son el complemento perfecto a la prosa sencilla aunque llena de matices (un diez para la traductora) de Steinbeck, que nos muestra a un pueblo ruso que odiaba la guerra y que tan solo ansiaba una buena vida y un mayor bienestar. Un sentimiento universal sintetizado en las palabras que dirige a su madre el sorprendido niño ucraniano al que acaban de retratar en una de las granjas: “¡Pero estos americanos son gente como nosotros!”.


Lección de historia a la sombra del líder
 

Nota al margen: Nueve años después de este viaje -ya con Jruschov en el poder denunciando los crímenes de Stalin- otro tándem escritor-fotógrafo, esta vez francés, tuvo una ocurrencia similar. Dominique Lapierre y Jean-Pierre Pedrazzini convencieron al semanario Paris Match para financiarles un viaje por carretera a la todavía hermética Unión Soviética. A bordo de un flamante Simca Marly amarillo y con la compañía de sus mujeres, estos jóvenes reporteros recorrieron entre julio y octubre de 1956 la friolera de trece mil kilómetros con una libertad de movimientos similar a la de Steinbeck y Capa.

Acompañados de un joven matrimonio de periodistas rusos, ofrecieron también al lector europeo un relato objetivo de la vida de los ciudadanos rusos corrientes. Estas vivencias aparecieron en forma de libro en España bajo el título de Érase una vez la URSS (Planeta, 2006). Recuerdo que la historia de Lapierre no me gustó tanto como la de Diario de Rusia, quizá porque esperaba algo más que la mera exposición de las anécdotas de un viaje atípico. Sin embargo, las instantáneas de Pedrazzini son estupendas y resulta un libro entretenido y de lectura rápida.

Diario de Rusia, John Steinbeck
Con fotografías de Robert Capa
Traducción de María Pérez Martín
Capitán Swing, 2012, 248 páginas, 18,50

miércoles, 2 de mayo de 2012

La esposa diminuta: Manual para náufragos existenciales




¿Alguien ha oído hablar del realismo mágico canadiense? ¿Puede que tenga su origen en Ontario? Me explicaré. Imaginen a un hombre normal -si descontamos su llamativo sombrero morado- que entra en una sucursal bancaria del centro de Toronto. De repente, revólver en mano, dispara al techo y exige a los presentes que le entreguen el objeto con mayor valor sentimental para cada uno de ellos (no quiere dinero, mal empezamos). Una vez satisfechas las exigencias del misterioso ladrón, todos los clientes salen aparentemente indemnes de este inusual atraco. Sin embargo, no tardarán en sufrir las consecuencias: maridos que se tornan muñecos de nieve, tatuajes que cobran vida y persiguen a su propietaria, esposas que resultan ser extrañamente dulces o pobres diablos a la caza de sus corazones, aún palpitantes, a través del tráfico.

Y además tenemos a Stacey Hinterland, que se percata de que está menguando día a día. En este microcosmos kafkiano cabe esperar cualquier situación y los giros más sorprendentes, y la verdad es que la imaginación desbordante de Andrew Kaufman no decepciona. Con una prosa envolvente y precisa, nos sumerge con facilidad en la angustia vital de cada una de las criaturas que desfilan por la obra. Los esfuerzos individuales por salir de esta pesadilla originarán a lo largo de la novela diversos encontronazos entre las víctimas del atracador. Cada una de ellas se verá obligada a replantearse la realidad, a tomar decisiones y a apechugar con las consecuencias de sus actos, ya sea para bien o para mal.

En realidad, este relato es una fábula sobre cómo la vida cotidiana hace que a veces perdamos el norte, nos dejemos arrastrar por los acontecimientos y no reaccionemos hasta descubrir que en realidad lo más importante, lo que nos hace verdaderamente especiales, es el amor que nos ofrecen los demás.

Volviendo a mi pregunta inicial, no, la verdad es que el realismo mágico no ha rebrotado en Canadá. Simplemente asistimos al uso de la magia por parte de Kaufman como metáfora de muchas relaciones de pareja, de la soledad o de la angustia vital (a destacar que parte del botín del hombre del sombrero morado sea una copia manoseada de El extranjero de Camus). Así pues, cada situación surrealista no es más que una suerte de subconsciente ansioso luchando a tiempo completo por salvar vidas o empezar de cero.




En cuanto a las ilustraciones, obra de Tom Percival, tanto su aparente sencillez (todas son siluetas en blanco y negro) como su dinamismo resultan ser el contrapunto perfecto para la narración. Para los curiosos, no está de más dejarse caer por la web del artista (http://tom-percival.com/) para ver toda la fuerza de sus otros trabajos y una muestra de la primera idea que había pensado para ilustrar -a todo color- las aventuras de esta mujer menguante.


Kaufman fotografiado por Lee Towndrow 


Andrew Kaufman (Wingham, Canadá), además de escritor, es director y productor de radio; actualmente trabaja como productor en la CBC Radio de Toronto. Entre sus obras destacan Todos mis amigos son superhéroes (2003), traducida a varios idiomas, y La Biblia impermeable (2009). La esposa diminuta (2010) es un buen ejemplo de su peculiar inventiva, aderezada siempre con un fino, mordaz, y a veces macabro, sentido del humor. Para los que busquen una historia nada convencional que les evada por un momento de la cruda realidad cotidiana, este es el relato ideal. Además, recomiendo un paseo por la atípica página web del autor (http://www.severalmomentslater.com/), un prodigio de minimalismo, fotos retro y detalles curiosos.

Por último, en esta ocasión no voy a incluir citas del libro para ilustrar la reseña, sino el tráiler de promoción, muy atractivo, en el que la animación habla por sí sola:




La esposa diminuta, Andrew Kaufman
Traducción de Leticia García Guerrero
Ilustraciones de Tom Percival
Capitán Swing, 2012, 104 páginas, 16,50