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lunes, 6 de octubre de 2014

Buenos Aires, la ciudad invencible




Suelo desconfiar bastante de las frases promocionales que aparecen en las fajas de los libros, tan propensas a la exageración y al autobombo, pero en este caso me llamó la atención: «Fernanda Trías, en las antípodas de esa literatura estéril que está de moda, aparece como una de las narradoras actuales más interesantes de la lengua hispana». Esta apreciación viene firmada por Mario Levrero, y haciendo algo de arqueología literaria me entero de que el escritor uruguayo incluyó este comentario tan categórico sobre su amiga y discípula con ocasión de la edición de la primera novela de la joven compatriota, La azotea (Trilce, 2001).

Como desde entonces Fernanda Trías (Montevideo, 1976) se ha prodigado poco (otra novela -Cuaderno para un solo ojo (Cauce, 2002)-, una plaquette de relatos -El regreso (Trópico Sur, 2012)- y varios cuentos sueltos en diversas antologías latinoamericanas y europeas de nueva narrativa), mi interés aumentó aún más. Así que me lancé a la lectura de esta tercera novela breve. Publicada en 2013 por el sello argentino Brutas Editoras con el título Bienes muebles, ahora Demipage la edita en España como La ciudad invencible.

Su protagonista, una joven de treinta años, recala en Buenos Aires huyendo de un fracaso sentimental y casi hundida, con la esperanza de comenzar una vida nueva desde cero. Esta gran ciudad -referente universal para multitud de escritores (no en vano el libro se abre con una cita de Borges)- va a ser para ella un lugar amenazador y claustrofóbico, pero también una urbe acogedora e infinita, cuyos sabores se mezclan con las relaciones humanas que va tejiendo poco a poco.

«Es fácil adentrarse en el mar, pero remontar la corriente es difícil. El cuerpo se cansa, y al rato ya hemos tragado agua y hasta perdido las ganas de salvarnos. Una vez estuve a punto de ahogarme en una playa de Uruguay. La profundidad hipnotiza, uno se cree invencible -cuánta calma hay allá lejos, a metros y metros de la orilla- pero al rato, mientras pataleaba como una condenada sobre las olas rotas, espantosamente turbias, me encontré pensando: qué estupidez morir así».

Narrada en primera persona, con un estilo limpio e impresionista, asistimos a la deriva del personaje, a sus momentos de bajón y a su voluntad de seguir adelante a pesar de todas las dificultades, que a veces comienzan en uno mismo. Pero no todo es tan diáfano, y Trías sabe dosificar la información para que queramos saber más del origen de ese desasosiego vital que intuimos a cada página, de esos silencios y de un extravío personal que no es solo fruto de una ciudad extraña.

Hay en esta novela algunas claves, como la de la Rata, el cariñoso apelativo del exnovio, que solo alcanzan a comprenderse casi al final del relato (y que por supuesto, no revelaré). Sí que diré que la capital porteña será el escenario de cuatro mudanzas, una separación y una muerte (ya que esto se desvela en la página 19), que van a ir perfilando el rumbo hacia un cambio definitivo. Y hasta ahí puedo leer…

Adivinamos las inquietudes de la narradora a través de las relaciones con sus nuevos amigos, parte bonaerenses y parte exiliados forzosos o por decisión propia (y con sus propios miedos y neuras). Y hay así espacio en el libro para hablar también de política, inseguridad, drogas, literatura, música, de la alegría de vivir, de tenores fracasados o de mujeres con una sola pierna (Marita, la vecina puertorriqueña que no tiene desperdicio y que es el personaje secundario que más me ha gustado).

«Hablábamos de Puerto Rico, también, ese país-paradoja que no tenía derecho a votar por ningún presidente. Marita era del partido independentista, es decir que pertenecía al cuatro por ciento que en 1993 había votado por separarse de Estados Unidos. Para el siguiente plebiscito, el de 1998, Marita ya estaba en Buenos Aires y ya tenía una pierna menos. Me dijo esto y se rió -tenía una capacidad envidiable para reírse de sí misma. A veces decía «toco madera», y se daba unos golpecitos con los nudillos en la pierna artificial-, porque cuando le dijeron que tenía cáncer en la cadera, un cáncer raro del hueso, lo primero que hizo fue viajar a Estados Unidos a operarse. «No necesité visa para entrar», dijo riendo. Sí, podía reírse de todo, y estoy segura de que se habría sacado la pierna de plástico y habría bailado para mí, dando saltitos en un solo pie, si yo hubiera tenido el valor pedírselo».

Comentar así mismo que se intuye mucha carga autobiográfica en estas páginas: la protagonista es uruguaya, traductora y lectora editorial, ganadora de becas y un espíritu nómada como la propia Fernanda, cuya biografía incluye estancias en Francia, Buenos Aires y Nueva York, donde reside por el momento.


Fernanda Trías (© Fernanda Montoro)


Sobra decir que el libro me ha gustado, aunque al principio me costó entrar en el universo fragmentado de los primeros capítulos y en el empleo del tiempo que hace la autora, pero como comenté más arriba todo va encajando a medida que vamos avanzando en la lectura. Lo que sí me dio rabia es mi propia ignorancia de la geografía de Buenos Aires y de muchos referentes que se citan en el texto. Pero aunque esos conocimientos permitirían mimetizarse un poco más con la protagonista, no son un obstáculo para disfrutar de esta nouvelle. Y además, por el camino he aprendido un buen puñado de palabras porteñas y uruguayas…

Por último, agradecer el empeño de la editorial Demipage por dar a conocer en España los trabajos de jóvenes autores latinoamericanos, cuando la norma general es publicar sobre seguro valores ya consolidados. Es un consuelo poder leer sus obras y contrastarlas con algún que otro pestiño de los así llamados por algunas grandes editoriales «herederos del boom» y que en ocasiones solo se quedan en «herederos del bluff».

La ciudad invencible, Fernanda Trías
Demipage, 2014, 136 páginas, 16

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Chico de barrio (italiano)





Una vez rebasada la mitad de su vida, un director de cine italiano con una estupenda filmografía a sus espaldas -aunque algo ignorado por el gran público- decide rodar una película sobre la vida cotidiana en el Milán bombardeado de la Segunda Guerra Mundial, una obra donde plasmar sus propias vivencias y nostalgias. Pero el destino, caprichoso y cruel, desbarata sus planes y le hace seguir un nuevo camino.

Bien podría ser el argumento de una novela o incluso de otra película, pero en este caso se trata de la pura realidad. Esto es ni más ni menos lo que le pasó a Ermanno Olmi (Treviglio, Bérgamo, 1931), el autor de la novela que analizo hoy, Chico de barrio, cuando se disponía a preparar el rodaje de ese flashback emocional a la época de su infancia.

Entre 1983 y 1987, una grave enfermedad del sistema nervioso mantuvo alejado a Olmi de la actividad cinematográfica, lo que le impidió llevar a cabo el proyecto. Sin embargo, decidió aprovechar su larga convalecencia para transformar la película que ya tenía organizada en su cabeza en este libro, que hace unos años editó Libros del Asteroide. Esta primera y única novela se publicó en Italia en 1986 y recibió el premio Grinzane Cavour al año siguiente.

La narración discurre en primera persona desde mayo de 1940 hasta el final de la contienda, en 1945, y tiene como escenarios principales el barrio industrial milanés de la Bovisa y la casa de la abuela en Treviglio, un oasis de paz en mitad del campo. Nuestro protagonista, que va pasando a lo largo del libro de la infancia a la adolescencia en ese reducido espacio de 40 kilómetros, nos relata de forma sencilla los vaivenes de la guerra y la evolución de las familias, los compañeros y la propia fisonomía de Italia.

«Un encargado de la empresa nos hizo subir al tren, después de habernos apuntado en una hoja. Me despedí de mi madre: me dio un abrazo más largo que las otras veces que había partido. Me dio un beso y yo, en lugar de llorar, como había temido, me asombré al notar que lo que más advertía era un leve olor a polvos de tocador en su mejilla y, cuando el tren se movió y miré a mis familiares por última vez, mientras me hacían señas de despedida y se alejaban cada vez más, me di cuenta de que aquel leve olor a polvos de tocador quedaría unido para siempre al recuerdo de la cara de mi madre».

A pesar de estar ambientado en plena contienda, quien espere encontrar en este libro una acción trepidante se llevará una gran desilusión. Aunque por supuesto se describen bombardeos, bajadas nocturnas a los refugios y algún que otro encontronazo con los alemanes, Olmi -con un ojo excepcional para iluminar lo cotidiano- prefiere hablarnos en esas situaciones de los temas que más preocupan a su alter ego. Así van desfilando los campamentos de verano, la complicidad con su hermano mayor, las sopas de tocino y ajo de la abuela, los juegos con los amigos, las confidencias o el descubrimiento paulatino del amor. Y la calle como espacio vital de ese aprendizaje.

El autor traslada con maestría al papel esa elaboración rápida de escenas y de personajes tan propia del cine, dando lugar a multitud de anécdotas casi siempre divertidas en las que todos nosotros podemos vernos reflejados si escarbamos en nuestros recuerdos. La estructura de la novela, dividida en capítulos muy breves, contribuye aún más a transmitir ese ritmo vital apasionante.


Ermanno Olmi (© Gerhard Kassner)


Olmi conoce a la perfección los escenarios que describe (su pueblo natal, su ciudad de acogida) y son numerosas las referencias personales que incorpora a la novela. Así, aparece la empresa italiana Edison-Volta, para la que trabajó desde muy joven y donde dirigió entre 1953 y 1961 una treintena de documentales, o el destino de su padre (que obviamente no desvelaré).

Esta novela autobiográfica, de aprendizaje y descubrimiento, me ha gustado bastante por su naturalidad. En sus páginas no hay juicios de buenos y malos, sino que los ojos del protagonista nos reflejan los hechos con la inocencia de un niño -aunque inteligente y perspicaz- para que cada uno saque sus conclusiones aun en las escenas más emotivas (como la del compañero Pedrini cerca del final). Un lenguaje claro y transparente que refleja de maravilla el aliento de este pequeño milanés, así como la voluntad y la fuerza imparable del ser humano por abrirse camino a pesar de las adversidades. Otra joya rescatada por Libros del Asteroide, una editorial que sigue sin decepcionarme.

Como curiosidad, comentar que Ermanno Olmi, además de realizar documentales y saber lo que es ganar la Palma de Oro en Cannes o el León de Oro en el Festival de Venecia, también hizo sus incursiones en el mundo de la publicidad. Entre 1968 y 1976 rodó varios anuncios para marcas como Nescafé y Cinzano. Os dejo con uno de estos últimos:




Nada que ver con los anuncios de vermú italiano que se rodarían en 1993 ;-)…




Chico de barrio, Ermanno Olmi
Traducción de Carlos Manzano
Libros del Asteroide, 2009, 192 páginas, 14,95

sábado, 31 de mayo de 2014

Saer revisitado






Cuando pensamos en un escritor argentino exiliado en París, siempre nos viene a la mente la figura de Julio Cortázar. Sin embargo, hay otro escritor atípico que cumple ambas condiciones: Juan José Saer (1937-2005). A pesar de que su obra se desarrolló durante más de cuatro décadas y a través de cerca de treinta publicaciones, sigue siendo un novelista, poeta y ensayista bastante ignorado en nuestro país, aunque ganase el premio Nadal en 1987.

Para reivindicar su figura y su manera de narrar, la editorial Rayo Verde se propuso recuperar los títulos más emblemáticos, algunos solo disponibles en España en las ediciones de Destino de los años ochenta. Tras el rescate de La pesquisa (2012) y El entenado (2013), anuncian para junio la aparición en librerías de Nadie, nada, nunca, una novela escrita en 1980 y que gira en torno a un asesino de caballos y a una región con personajes tan peculiares como el Gato o el Ladeado. Un transcurrir despacioso y existencial que a mí me recuerda a Julien Gracq, donde la forma de contar es incluso más importante que la historia misma.

Os dejo con el comienzo de la novela. Nada mejor para introducirse en el universo Saer que la sugerente lectura que hace del texto la argentina María Belén Aguirre. ¡A disfrutar!


martes, 22 de abril de 2014

Doctor Krupov






Alexandr Ivánovich Herzen (Moscú, 1812 – París, 1870) fue un filósofo e ideólogo que desde muy temprana edad se manifestó contra el régimen de servidumbre imperante en su país y a favor de una revolución campesina que transformara por completo la sociedad zarista.

Como hijo ilegítimo de Ivan Yakovlev, un destacado terrateniente miembro de la nobleza, Herzen tuvo desde su infancia un acceso privilegiado a lo más profundo de ambos mundos. En su obra Mi pasado y pensamientos (1867), él mismo cuenta cómo su tío solía castigar a sus siervos más díscolos con el alistamiento obligatorio en el ejército, por lo que en su casa reinaba un ambiente de terror entre los siervos jóvenes. No es de extrañar, pues, que desde niño fuera fraguando una profunda simpatía por los campesinos y un deseo cada vez mayor de reformas sociales.

En 1834, una vez completados sus estudios de Física y Matemáticas en la Universidad de Moscú, fue arrestado y acusado de injurias al zar, siendo desterrado a la ciudad de Vyatka -a más de 800 kilómetros al noreste de la actual capital- y obligado a trabajar durante varios años como funcionario del gobierno. Tras cumplir la pena y un nuevo exilio forzoso de dos años en Novgorod (esta vez por criticar la acción de la policía), en 1847 decidió abandonar Rusia para siempre. Un año antes había fallecido su padre, que le dejó una fortuna considerable, por lo que Herzen inició un periplo europeo que le llevaría a París, Ginebra y Londres, donde fundó el periódico revolucionario Kólokol (La campana), a través del cual luchaba contra el zarismo y que era distribuido en Rusia de contrabando por los reformistas. Herzen creía firmemente que los campesinos rusos unidos podrían derrocar a la nobleza y crear una sociedad rusa socialista donde se redistribuyeran las tierras.

Y ese espíritu igualitario impregna tanto sus textos políticos como su breve obra literaria. En España, aparte de alguna de sus obras políticas, solo se había publicado hasta la fecha la autobiográfica Crónica de un drama familiar (Alba, 2006), donde se narra el desmoronamiento de su mundo privado tras el fracaso de las revoluciones europeas de 1848. En apenas cuatro años, Herzen padeció la infidelidad de su esposa Natalia, la muerte de su madre y uno de sus hijos en un naufragio y la de la propia Natalia a causa de la tuberculosis.




Ahora, la joven editorial madrileña Ardicia edita un volumen que recoge sus dos novelas cortas: Doctor Krupov (1847), la que da nombre al libro, y La urraca ladrona (1848). En la primera, Senka Krupov, doctor en Medicina y Cirugía, nos presenta una suerte de informe autobiográfico en el que explica cómo ha llegado a la conclusión de que la locura no es una manifestación aislada presente solo en determinados individuos, sino que representa una constante omnipresente en toda la Historia de la humanidad.

La narración parte de la amistad infantil entre el protagonista y Levka, el bizco, un muchacho maltratado por su padre, que solo ve en él a un retrasado, a un «tonto de nacimiento», blanco de las burlas de todo el pueblo, y que solo es feliz en el bosque, jugando con Senka o junto a su perro Sharik. En esta vida asilvestrada (un guiño del autor al concepto del buen salvaje de Rousseau), el joven Krupov se empieza a dar cuenta de que quizá los locos sean (o seamos) los demás, y nos va relatando paso a paso las razones que sustentan su teoría a lo largo del resto de la novela.


Un retrato de Herzen en el que se intuyen la pasión y el espíritu combativo


Con una enorme ironía, Herzen va sacando a la luz por boca de Krupov los temas que le obsesionan: la injusticia del régimen ruso de servidumbre («¿Y, dónde está la utilidad de la existencia de las cincuenta generaciones que vivieron únicamente para que en este trocito de tierra sus hijos no murieran de hambre hoy y para que nadie supiera por y para qué vivían? ¿El placer de la vida? Ellos nunca lo saborearon, o al menos mucho menos que Levka»), las desigualdades sociales y el nulo interés por el pueblo llano de los terratenientes («Nos denegaron el acceso diciendo que los señores estaban tomando el té. […] ¿Y en qué estaba tan atareado este joven señor? Anda todo el tiempo con la escopeta, o simplemente, sin razón alguna, deambulando por los campos, sobre todo por donde trabajan las campesinas jóvenes»), la inutilidad de algunos dirigentes («El jefe médico de la institución […] estaba más deteriorado que la mitad de sus pacientes (se ponía una condecoración en el cuello y otra en el ojal cuando pasaba por las habitaciones de los dementes, y hacía entender a los enfermeros que le gustaba que le dijeran «Su Excelencia», cuando su grado era consejero civil»), o los errores que se van repitiendo históricamente («La Historia es una calentura derivada del buen hacer de la naturaleza, por medio de la cual la humanidad trata de librarse de la superflua bestialidad. […] En nuestro civilizado siglo resulta vergonzoso demostrar una sencilla idea: que la Historia es la autobiografía de un loco»). Pero aunque el pensamiento crítico de Herzen se filtre continuamente por el texto, también hay momentos gloriosos para la sátira porque sí:


«Con el futuro desarrollo de la química orgánica, con la benefactora ayuda de la naturaleza, se podrá elaborar y restablecer la sustancia cerebral. […] Así, por ejemplo, la aplicación conveniente del tratamiento con champán predispone al individuo a la amistad, al valor, al sentimiento de alegría y a los abrazos desbocados. […] En mi opinión, ahí reside una clave para la Psicoterapia».


En cuanto a la segunda nouvelle, La urraca ladrona, el planteamiento es totalmente distinto y el resultado final es, por decirlo de algún modo, más literario. Partiendo de un debate apasionado entre diversos personajes en torno a la mujer en el teatro ruso y su papel en la sociedad de la época, conoceremos por boca de uno de los presentes la vida de Aneta, una fascinante actriz de provincias atrapada en el teatro del príncipe Skalinski. Como no podía ser de otro modo, Herzen utiliza el texto para denunciar de nuevo el sistema de servidumbre y para mostrar la lucha que se daba en Rusia en aquel tiempo entre eslavistas, defensores de la tradición y los valores seculares, y occidentalistas, más abiertos a las tendencias y usos que venían del oeste de Europa.


«El asunto está muy claro. Aquí el hombre no es simplemente hombre, sino militar o civil. Con veinte años no se pertenece a sí mismo, está ocupado: el militar, con los estudios; el civil, con las actas y los extractos. Y las mujeres, mientras tanto, si no se entregan exclusivamente a la salazón y la confitura, leen novelas francesas.
–Las felicito. Debe de ser una gran educación –deslizó el eslavo– la que se puede extraer de Balzac, Sue y Dumas, ese viejo charlatán, moralista hasta la extenuación».


Hay que destacar sobre todo las primeras páginas de la obra, en las que Herzen –de manera muy elegante– va repartiendo estopa tanto a una parte de sus compatriotas, anclados en ideas del pasado, como a ciertos europeos antirrusos, con juicios preconcebidos acerca de los eslavos. Sin embargo, conforme avanza la narración de las desgracias de Aneta, el relato, aunque bien narrado, se va transformando en una especie de folletín decimonónico un tanto empalagoso para mi gusto. Aun así, merece la pena adentrarse en estas dos novelas para disfrutar con la ironía y el ingenio de Alexandr Herzen, que al menos llegó a ver nueve años antes de morir cómo el zar Alejandro II promulgaba por fin la ley de emancipación de los siervos en Rusia.

Doctor Krupov, Alexandr Herzen
Traducción de Sara Gutiérrez
Ardicia, 2014, 112 páginas, 14,90

jueves, 30 de enero de 2014

Carambolas editoriales



Que una novela extranjera aparezca editada en español con traducciones diferentes no tiene nada de particular, sobre todo si está escrita por un autor de prestigio y la fecha de publicación del original se remonta a varias décadas atrás. Ahora bien, si esa novela aparece editada en el mismo país por dos sellos independientes diferentes casi en el mismo mes, eso ya es una carambola excepcional.

Y como para muestra, un botón, eso es justamente lo que acaba de suceder en España con la primera novela del norteamericano John Dos Passos: One man´s initiation: 1917, publicada en 1920. Se trata de un relato autobiográfico sobre sus vivencias como conductor de ambulancias en el frente franco-alemán durante la Primera Guerra Mundial. Como este 2014 se cumple el centenario de la Gran Guerra, las editoriales Gallo Nero y Errata Naturae pensaron poner su granito de arena en la nutrida representación de libros sobre el acontecimiento –que ya inundan las librerías–. ¡El problema es que, por desgracia,  las dos pensaron en el mismo título!

Mientras que la primera ha optado por reeditar la traducción que apareció publicada en 1971 por Salvat, la segunda le ha dado un lavado de cara con una nueva versión. Para ser lo más ecuánime posible y que podáis comparar de forma objetiva, os dejo a continuación las notas de prensa de cada editorial junto a un fragmento del Capítulo I de cada versión. ¡A disfrutarlo, que esto no se ve todos los días!


Iniciación de un hombre: 1917, John Dos Passos
Traducción de Camila Batlles
Fecha de publicación: 29 de enero de 2014
Gallo Nero, 2014, 152 páginas, 16

Iniciación de un hombre: 1917 es el exordio literario de John Dos Passos. Publicado en 1920, cayó en el olvido hasta la consagración del escritor estadounidense, casi veinte años más tarde.
Dos Passos escribe este relato autobiográfico sobre la masacre y la destrucción de la guerra de trincheras, experiencia vivida como conductor de ambulancias en el frente franco-alemán hacia donde se alistó como voluntario en 1917.
Iniciación de un hombre: 1917 es un impresionante mosaico de crudas instantáneas de guerra. Un libro que funde la narración biográfica y de formación con la crónica de los convulsos años de la Gran Guerra.
En la obra resuena vívido y dramático el relato del desencanto y de la desilusión de aquella generación entregada a la barbarie de la guerra. Personas que solo encontraron la salvación en la fe en el hombre y la compasión.




«En el enorme cobertizo del muelle, atestado de cestos y maletas e interceptado por pasamanos que conducen hasta los buques que hay a ambos costados, una banda de música está interpretando una chillona melodía hawaiana; las gentes danzan por entre las pilas de cajas y baúles. Hay gran abundancia de uniformes color caqui y numerosos jóvenes están agrupados riendo y charlando en voces exaltadas por la emoción. A la luz pardusca del muelle, repleto de hileras de cajas amarillas, barriles y sacos, invadido por el barullo de las grúas, entre las que serpentea la alegre y trivial tonada hawaiana, se ve gran profusión de vestidos alegres, sombreros femeninos de brillante colorido y pañuelos blancos.
El eco retumbante del silbido del buque ahoga todos los demás sonidos.
Cuando este se apaga, el alboroto de las despedidas se eleva agudamente. Los pañuelos blancos se agitan a la luz pardusca del cobertizo. Los cabos rechinan en las poleas mientras se izan los pasamanos.
De nuevo en el embarcadero se produce un revuelo de pañuelos blancos, vítores y trajes alegres. Sobre la construcción del muelle se despliega una bandera triunfante contra el firmamento celeste de la tarde.
Los edificios de Nueva York, amarillo rosáceos y púrpura amarillentos, se elevan en una pirámide sobre manchas oscuras de humo flotando encima del agua, que se une a tierra por medio de las negruzcas curvas de los puentes.
De vez en cuando llega una ráfaga salada del mar en la fresca brisa del puerto.
Martin Howe está de pie en la popa que se mece con el vibrante impulso de la hélice.
Un chico que se encuentra junto a él se vuelve y le pregunta con voz temblorosa:
—¿Es tu primera travesía?
—Sí... ¿También la tuya?
—Sí... jamás me vino la idea de que a los diecinueve años estaría atravesando el Atlántico para ir a una guerra en Francia.
El muchacho se detuvo bruscamente y se sonrojó; luego, tragando saliva, añadió:
—Debe de ser la hora del almuerzo.

¡Dios ampare al káiser Bill!
El vie-e-ejo Tío Sam
tiene la caballería,
tiene la infantería,
tiene la artillería;
¡Y así, voto a Dios, iremos todos a Alemania!
¡Dios ampare al káiser Bill!»
 

La iniciación de un hombre: 1917, John Dos Passos
Traducción de Elena Sánchez Zwickel
Fecha de publicación: 10 de febrero de 2014
Errata Naturae, 2014, 168 páginas, 12,50

Cien años después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, recuperamos para los lectores en español la primera novela de John Dos Passos, basada en su experiencia como conductor de ambulancias en el frente francés.
Martin Howe, un joven estadounidense, se ofrece voluntario en el servicio médico durante la Primera Guerra Mundial. Zarpa el barco en el que viaja a Francia y el ambiente a su alrededor es festivo: hay música y risas, se habla entre carcajadas de las mujeres francesas y de la vieja Europa… Pero muy pronto, tras esas notas de expectación y alegría, Martin vivirá su aprendizaje del miedo y los desastres de la guerra.
En esta imprescindible novela, en medio de heridos y muertos, hay espacio también para la camaradería, para el deseo de cambio y transformación de la sociedad, para el encuentro solidario, más allá del mundo de las trincheras inhóspitas, entre soldados y civiles. Dos Passos consigue reproducir un mundo hecho de cascotes y cristales rotos, fragmentario y apocalíptico, a través de secuencias y de viñetas, de escenas y pulsiones que se superponen siguiendo una técnica de montaje que más tarde lo haría famoso con Manhattan Transfer, y que logra dar cuenta de un modo ejemplar de la brutal realidad de una guerra.
Muy pronto se dará cuenta el lector de que el interés de esta novela es tan literario como histórico: ficción y documento se prestan sus mejores herramientas para narrar la verdad general y las verdades particulares. El autor, con un tono que pasa del lirismo a la polémica continuamente, lleva a cabo una condena de la guerra que se encuentra entre las más intensas jamás escritas, alineándose con otras obras maestras como El filo de la navaja, de Somerset Maugham, o Adiós a las armas, de Ernest Hemingway.




«En el enorme cobertizo del muelle, atestado de cestos y maletas, dividido por pasarelas de madera que conducen hasta los buques que hay a ambos lados, una banda de música interpreta una chillona melodía hawaiana; la gente baila entre las pilas de cajas y baúles. Diseminados entre el gentío se ven uniformes color caqui, y numerosos jóvenes ríen y charlan en grupo con voces exaltadas por la emoción. A la luz pardusca del muelle, repleto de hileras de cajas amarillas, barriles y sacos, invadido por el barullo de las grúas, entre las que serpentea la sencilla melodía hawaiana, hay una gran profusión de vestidos alegres, sombreros femeninos de brillante colorido y pañuelos blancos.
La estruendosa reverberación de la sirena del buque ahoga cualquier otro sonido.
Cuando se acaba, el alboroto de las despedidas se eleva, chillón. Los pañuelos blancos se agitan a la luz pardusca del cobertizo. Las amarras rechinan en las poleas cuando se izan las pasarelas.
En el embarcadero, nuevo revoloteo de pañuelos blancos, vítores y trajes alegres. En el edificio del muelle se despliega exultante una bandera contra el azul del cielo de la tarde.
Amarillo-rosáceos y púrpura-amarillentos, los edificios de Nueva York se aglutinan formando una pirámide que se eleva por encima de oscuras manchas de humo que flotan en el agua, unida a tierra por medio de las negruzcas curvas de los puentes.
Con la fresca brisa del puerto de vez en cuando llega una ráfaga salada del mar.
Martin Howe está de pie en la popa, que tiembla con el vibrante impulso de la hélice. Un chico que se encuentra junto a él se gira y le pregunta con voz trémula:
—¿Es tu primera travesía a Europa?
—Sí… ¿También la tuya?
—Sí… Jamás se me ocurrió pensar que a los diecinueve años estaría cruzando el Atlántico para ir a una guerra en Francia. —El muchacho se detiene bruscamente y se sonroja; luego, tragando saliva, añade—: Debe de ser la hora del almuerzo.

¡Dios ampare al káiser Bill!
El vie-e-ejo Tío Sam
tiene la caballería,
tiene la infantería,
tiene la artillería;
¡Y así, voto a Dios, iremos todos a Alemania!
¡Dios ampare al káiser Bill!»

viernes, 24 de enero de 2014

La abadesa de Crewe






Tras la muerte de la superiora Hildegarde, la abadía inglesa de Crewe se ha quedado descabezada. Lo que en principio podía suponerse una elección tranquila entre las hermanas de una nueva abadesa, desembocará en una lucha feroz por el poder entre dos mujeres. Alexandra, la subpriora, fuerte, manipuladora y firme defensora de que el fin siempre justifica los medios, se enfrentará abiertamente a Felicity, una monja carismática con ideas atrevidas, fanática de la costura y con novio jesuita.

Alexandra se verá apoyada en sus propósitos por dos colaboradoras incondicionales: la hermana Walburga, priora, y la hermana Mildred, maestra de novicias, así como por un sofisticado sistema de escuchas que recorre todos los recovecos del convento para proporcionarle puntual información de todo lo que ocurre en él. Cuando las apuestas otorguen ya solo una ligera ventaja a Alexandra sobre Felicity, la subpriora empleará todas sus armas para desacreditar a la joven monja ante sus seguidoras. Alimentado por una falta de escrúpulos evidente y por una manipulación continua de los pensamientos de las hermanas, el complot urdido tan cuidadosamente tendrá consecuencias inesperadas para la comunidad y la tranquila abadía de Crewe saltará a las portadas de los periódicos y será tema recurrente en radios y televisiones de todo el país, para terminar alcanzando al propio Vaticano.

Toda esta truculenta historia, pasada por el tamiz satírico de Muriel Spark, se convierte en una crítica vitriólica al poder en general, a lo que cada uno está dispuesto a hacer por satisfacer sus ambiciones personales y a la enorme hipocresía reinante en todos los ámbitos de la sociedad, por muy puritanos que parezcan. Hay en esta novela un buen número de símbolos que ilustran esta doble moral: la reimplantación de la estricta regla de San Benito en Crewe –cuando ni siquiera el Concilio Vaticano la recomienda ya–, las diferentes “castas” en que se dividen las monjas del convento, la apertura sexual que pregonan (y practican abiertamente) ciertas monjas o la voracidad de los medios de comunicación, que no dudan en emplear los métodos más peregrinos a fin de obtener un buen titular, son algunos ejemplos.


Muriel Spark al acecho


Con personajes secundarios tan notables como la hermana misionera Gertrude, que tan pronto está mediando entre tribus caníbales y sectas vegetarianas como subida a un avión camino del Himalaya, o la pánfila hermana Winifrede («cerebro en el que nunca raya el alba»), que acabará en manos de Scotland Yard, la diversión está asegurada. Además, la Spark siempre tuvo una inmensa capacidad para sorprender al lector y no dejarlo indiferente, y este texto es una muestra más de su talento narrativo.

            «–Gertrude, este convento es un semillero de corrupción y de hipocresía. Quiero cambiarlo todo, y hay muchas monjas que están de acuerdo conmigo. Queremos liberarnos, queremos hacer justicia.
            –Hermana, tranquila, sea sobria. La justicia hay que hacerla sin dar a entender que se hace. Es siempre una empresa fatal. Conducirá a la ruina a toda la comunidad.
            –¡Oh!, Gertrude, nosotras creemos en el amor con libertad y en la libertad con amor.
            –Eso puede arreglarse –dice Gertrude.
            –Pero ahora hay un hombre en mi vida, Gertrude. ¿Qué puede hacer una pobre monja con un hombre?
            –Invariablemente a un hombre hay que alimentarle por los dos extremos. Hermana, tendrá que aprender a cocinar y a lo otro».

Sin embargo, habiendo leído y disfrutado otro título de la autora, Las señoritas de escasos medios (Impedimenta, 2011), el relato de la abadía de Crewe no me ha parecido tan redondo. A pesar de que abunda la ironía y la crítica despiadada marca de la casa en ambas novelas, en esta última hay elementos, como los abundantes pasajes bíblicos que son leídos en el refectorio o las no menos profusas citas de poetas metafísicos ingleses (el punto débil de Alexandra), que distraen de la trama y llegan a hacerse un poco pesados. Así mismo, los saltos temporales para enlazar las escenas antes y después de la elección de la nueva abadesa generan algo de confusión.

Pero a pesar de eso, y en buena parte por la notable traducción de Pepa Linares, esta novela corta es altamente recomendable. Hay que recordar que se publicó en 1974 y que se puede leer como una parodia ácida del caso Watergate, que estalló dos años antes y obligó a dimitir al presidente Nixon. Si las repercusiones de esta bomba política fueron enormes, la idea de situar la trama en un convento, con todo lo que allí ocurre, lleva el estupor de los lectores a otra dimensión.

«–Los estadounidenses lo han captado muy bien –añade Walburga–. Parece que les divierte y, desde luego, los escandaliza la maledicencia omnipresente en este país.
–Me atrevo a decir que en esta hora triste ha llegado para Inglaterra la decadencia. ¡Toda esa polvareda pública, que no ha hecho más que aumentar de mes en mes, por un dedal de plata! Jamás habría estallado en Estados Unidos un escándalo semejante. Allí hay sentido de la medida y se comprende la naturaleza humana; es el secreto de su éxito. Una raza realista, aunque no tenga ni idea de cómo se comen los espárragos».

Finalmente, como curiosidad, recordar que la novela fue llevada al cine en 1977 (Nasty habits) por el norteamericano Michael Lindsay-Hogg, con Glenda Jackson encarnando a la pérfida Alexandra. En este caso, la acción se trasladó a un convento de Philadelphia, aunque se filmó en el Reino Unido; cosas que tienen las coproducciones.


Glenda Jackson como la maquiavélica Alexandra

La abadesa de Crewe, Muriel Spark
Traducción de Pepa Linares
Contraseña, 2012, 116 páginas, 14

viernes, 23 de agosto de 2013

Te veo triste



 

“La soledad puede ser un caníbal con hambre.”  Esta potente imagen condensada en tan solo ocho palabras es la clave de la última novela de Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959). Tras el fallecimiento de su padre, Marta descubre una nota dirigida a ella con su última voluntad: “Dile a Carmen Cabrera que he muerto.” Este breve mensaje del escritor Luis Sampiero va a trastocar para siempre la monótona vida de la protagonista, que exiliada voluntariamente en Bruselas ha tenido que regresar con urgencia a Zaragoza.

¿Quién es esta misteriosa mujer? ¿Cómo puede ser que alguien que a lo largo del texto se revelará tan importante para su padre sea una perfecta desconocida para Marta? Dispuesta a hallar una respuesta, la protagonista emprenderá un viaje interior hacia el pasado, hacia los múltiples desencuentros con Sampiero. No dudará en abrir la caja de Pandora de los recuerdos, de su colección de equivocaciones, un túnel del tiempo en el que parecen pesar más las cosas malas.

Buceando entre las cartas y los cuadernos de viaje de su padre, y con la ayuda de Juan (un novio que es y no es), irá acumulando pistas para desenredar la madeja. Así, las sucesivas averiguaciones la llevarán a Varsovia, Dublín y Madrid, persiguiendo un fantasma desconocido para todos los amigos y compañeros de profesión de su padre.


Fernando Sanmartín
 

Lo mejor de esta novela intimista -y a ratos poética- es para mí el proceso de catarsis personal que sufre Marta a lo largo de su exilio de sí misma. Las revelaciones que va hallando a lo largo del camino le descubren al verdadero Luis Sampiero, permitiendo una reconciliación padre-hija que no hubieran logrado cientos de horas de charla.

“[…] Hablaron durante dos horas. Nunca antes había sucedido ni volvió a pasar después. Como dos náufragos en islas diferentes. Le dijo lo que aquel domingo pensaba. Y él le confesó que hubo una época en la que también imaginó suicidarse, jugar con su destino, construir su final. Lo hablaron durante dos horas. Y solo hubo verdad, oxigenación y un modo sencillo de salir de aquel despoblado en el que ella estaba.”

En cuanto al estilo, el texto de Sanmartín es muy rico en imágenes brillantes y aforismos: “El pasado permanece junto a uno. Como un perro atado a una cadena. Un perro que a veces, solo a veces, nos ladra buscando una caricia.” “Sus días son una película que vive un falso reestreno.” “El amor es una avalancha. Por eso lastima en ocasiones.” Estos símbolos dotan a la novela de un aire evocador, donde la melancolía y la soledad de Marta fluyen a cada página, pero también preparan el camino para su victoria final. A destacar la hermosa portada del libro, Retrato de mujer, un cuadro de 1898 del polaco Teodor Axentowicz, con la que Xordica ha acertado plenamente: es Marta misma la que nos invita desde la cubierta a desentrañar la tristeza de esa mirada.

Pero que nadie piense que el autor solo se recrea en la nostalgia. En las escasas 120 páginas de este libro también hay espacio para recorrer infinidad de rincones de Zaragoza, para asistir a un desfile sin fin de escritores aragoneses -como guiño y homenaje al gremio- y para el humor (recomiendo no perderse las páginas 48 y 49, donde hay una crítica nada soterrada al premio Planeta y demás saraos literarios). Así pues, una novela para saborear en tardes de otoño que dejaré en mi biblioteca como botiquín de urgencia para cuando me asalten los desencuentros familiares.

“Una mujer puede ser un lápiz que sirva para dibujar una pistola. Porque una mujer mira la vida descorriendo pestillos, abriendo las ventanas al sol. Una mujer es práctica y sabe definir los puestos fronterizos, atravesar la niebla, enmarcar su belleza o introducirla en una canoa por aguas peligrosas. El hombre es otra cosa. Tiene una caligrafía distinta, hace letreros diferentes, es codicioso y tonto a la vez, es complicadamente sencillo y sus temores se muestran en sus ojos, en sus manos, en sus gestos, aunque no lo quiera.”

Te veo triste, Fernando Sanmartín
Xordica, 2012, 128 páginas, 12,95

miércoles, 12 de junio de 2013

El holandés errante






Un holandés de unos cuarenta años en crisis. Un hombre que no ha tenido una noche libre para divertirse en los últimos cinco años y que no ha conseguido dormir del tirón en todo este tiempo. Un padre que “huye” de casa en busca del Carnaval como última válvula de escape existencial antes de que sea demasiado tarde. Así podríamos definir a Ralf, el protagonista de esta curiosa y atípica novela de Jan van Mersbergen (Gorinchem, Países Bajos, 1971) -en ciertos momentos, su alter ego- que se embarca junto a su tío Lau en el desbordante Vastelaovend de la ciudad de Venlo, en el sureste de los Países Bajos.

La novela es la narración en primera persona de esa noche de Carnaval, desde su desembarco en la ciudad hasta la mañana siguiente. A las pocas páginas, desaparece en la vorágine festiva el tío Lau (una metáfora perfecta de la soledad de nuestro protagonista) y Ralf vaga con su disfraz de Barquero en busca de compañía, de amistad, de un alegre grupo que lo acoja y que le haga sentir parte de algo.


“Después de ofrecer cerveza a los Rojiamarillos y repartir botellines de Flügel, el Mexicano acerca el resto de la bebida a la carpa, donde sus compañeros bailan abrazados a dos chicas rubias con sombreros de copa llenos de flores y una mujer disfrazada de Bruja con gorro de Harry Potter.
     Espero un poco en la barra. Mi estómago emite una señal, pero aun así bebo. Cuarenta y ocho. Quién es mi estómago para decirme cuándo tengo que dejar de beber. Por esa regla de tres debería haber intervenido también cuando mi estado de enamoramiento por Sara lo asaltaba y me impedía comer, durante dos días y medio. […] Mi estómago, un globo, y yo flotando sobre él.”


Durante este largo y etílico deambular, Ralf, en un proceso de autoanálisis, nos irá revelando toda su historia: la infancia en una gabarra con sus padres, su etapa de adolescente, los primeros escarceos amorosos o su definitivo asentamiento en tierra firme. Van Mersbergen nos va dosificando la información poco a poco, haciéndola encajar en el puzzle de forma natural y despertando así la curiosidad de un lector que irá devorando páginas para averiguar todos los detalles que han llevado a Ralf a esta crisis. Por supuesto, no revelaré el núcleo de sus pensamientos ni la raíz de toda esta zozobra familiar cuyos nombres propios son Sara, Maybelle, Alvin y las singulares gemelas Helen y Nettie, una raíz que se plantó veinticinco años atrás. Merece la pena bucear entre las páginas para ir atando cabos.

Sin embargo, que nadie se llame a engaño. Junto a este monólogo trascendental discurre la historia paralela de la narración del carnaval holandés, una historia extremadamente divertida, con camaradas pintorescos, líos fugaces, bailes, amistades para toda la vida (o no), algunas peleas, melancolías pasajeras, episodios memorables y un trasiego sin fin de brebajes estimulantes, licores de hierbas y muchas, muchísimas cervezas.


El flamante premio BNG de Literatura 2011 (foto de Roeland Fossen)
 

Este viaje al espíritu del Carnaval (“Por Carnaval no vas disfrazado de otra persona; por Carnaval al fin eres tú mismo”), es una travesía franca, cercana, sin crónicas sentimentaloides, en la que nuestro borracho Barquero -a pesar de conseguir divertirse y entrar en el juego- no puede dejar de pensar en la familia que ha dejado atrás. Es el retrato sincero de un hombre en busca de afirmación, cuya meta es llegar a ser un buen padre.


“[…] Me balanceo como un tentetieso, de babor a estribor. No estoy solo, porque los demás siguen la danza de esta Grulla. No estoy solo. Vuelvo a sentir el calor de Sara y los niños que me envolvió de los pies a la cabeza al cambiar la casa de mi tío bebedor por la suya. Aquellas primeras semanas, primeros meses. El ajetreo físico de cinco personas. El calor del contacto. La mano de Sara en mi espalda cuando ayudaba a Helen o a Nettie con la comida, de pie junto a la mesa. Subir a las pequeñas en brazos por la escalera. Alvin sentado en el transportín de la bicicleta, con las manos en mi cintura. Camino a la escuela. La rodilla de Maybelle. Este chico humilde les daba lo que necesitaban, y recibía a cambio lo que había estado buscando durante tanto tiempo.”


No había leído nada de Van Mersbergen hasta ahora, pero confío en que Rayo Verde siga traduciendo su obra, ya que esta novela me ha parecido estupenda, tanto por salirse de los tópicos como por el lenguaje y el tono, cercanos y nada grandilocuentes. Nada parece forzado y la información es rica en matices y no se da en su totalidad, para que el lector vaya sacando sus propias conclusiones y se desconcierte a cada paso. Además, el emotivo final no era el que yo esperaba, y ya solo por esa sorpresa valió la pena viajar al otro lado de la noche.

Al otro lado de la noche, Jan van Mersbergen
Traducción de Goedele de Sterck
Rayo Verde, 2013, 192 páginas, 19