miércoles, 15 de mayo de 2013

París era una fiesta... o casi.






París es un escenario literario inagotable. Retratada hasta la saciedad también en el cine, no hay quien se resista a la atracción de su historia, a la contemplación de los diversos paisajes urbanos y humanos -ya sea de día o a la luz de la luna- o a un simple vagabundeo por cualquiera de sus distritos.

Cuando el joven Hemingway llegó al París de entreguerras en 1922, experimentó esa misma fascinación. El flamante corresponsal para Europa del canadiense Toronto Star había elegido esta ciudad como base de operaciones, y desde ella hizo llegar puntualmente al periódico sus reportajes. En este volumen que la editorial Elba publicó el año pasado se recoge una excelente selección de casi treinta artículos que abarca desde febrero de 1922 hasta diciembre de 1923.


Foto del pasaporte de Hemingway en 1923

Con títulos tan explícitos como Vivir con 1.000 dólares al año en París, La meca de los impostores o El gobierno paga por las noticias, los textos son todo un prodigio de descaro, frescura e ironía. Hemingway expone al lector los datos que va recabando en sus sondeos diarios por el ambiente parisino. En la mayoría de los casos no hace falta que tome partido explícitamente, puesto que despunta ya su estilo directo y mordaz, con una economía de palabras bien escogidas, pero que son como dardos que se clavan en el centro de la diana. Esa precisión sirve igual para describir lo peor del ambiente nocturno de la ciudad, las guerras políticas o la multitud de pícaros ávidos de turistas americanos, como las bondades de la vida cotidiana en Francia tras la Gran Guerra o la escasez de viviendas a precios asequibles.

“La escoria de Greenwich Village, Nueva York, ha sido espumada y depositada en grandes cantidades en la zona contigua al Café de la Rotonde, en París. Por supuesto que ha surgido una nueva escoria para remplazar la anterior, pero la escoria más antigua, la más espesa y asquerosa de todas las escorias, se las ha arreglado para cruzar el océano y, con sus desembarcos de tarde y de noche, ha convertido la Rotonde en la principal atracción del Barrio Latino para turistas en busca de ambiente.”

Su estancia en la capital francesa, acompañado por su primera esposa, Hadley Richardson, fue una época de especial felicidad para él como reflejaría más tarde en París era una fiesta (1964). Pronto entabló amistad con personajes de la talla de James Joyce, Gertrude Stein o Picasso. Y poco a poco, el joven y pobre Hemingway tomó conciencia de que su verdadera pasión era ser escritor y no periodista, y de que París era el centro de operaciones perfecto para lograrlo; de hecho, no abandonó la ciudad definitivamente hasta 1928, dos años después de la publicación y el éxito de Fiesta.

Se puede decir que los artículos de este volumen nos muestran de forma clara los rasgos de un estilo incipiente: apasionado, riguroso e irónico. Una sobriedad calculada que logra dar un efecto mayor a lo que nos relata, así como una visión de la guerra -que tanto le marcó- y la naturaleza humana bastante desmitificadoras.

“El primer escándalo se produjo cuando la policía descubrió que la absenta, prohibida hacía seis años, se vendía en grandes cantidades con el nombre de Anis Delloso. En lugar de elaborarlo con el maravilloso color verde celebrado por los poetas menores hasta en los lugares más recónditos y abstemios de la tierra, los fabricantes de absenta producían cantidades industriales en forma de jarabe amarillo pálido. Seguía teniendo ese sabor a regaliz, y se volvía lechoso cuando se le añadía agua; y tenía esa pegada lenta y culminante que al tercer Delloso hacía que al boulevardier le entraran ganas de levantarse y dar saltos de alegría sobre su sombrero de paja nuevo.”

En suma, Sobre París es un libro bastante entretenido, que proporciona un testimonio directo, riguroso, carente por completo de exaltaciones y sumamente crítico. Cabe destacar, así mismo, el prólogo y la traducción de Clara Pastor, alma mater de Elba. Y finalmente, para los que quieran disfrutar de alguno de los artículos periodísticos de Hemingway en su lengua original, recomiendo la web monográfica del Toronto Star: http://ehto.thestar.com, que incluye el primero de los textos de este libro.

Sobre París, Ernest Hemingway
Traducción y prólogo de Clara Pastor
Elba, 2012, 166 páginas, 14

lunes, 29 de abril de 2013

Mordiscos literarios / 3



Cinco nombres para el recuerdo (1912)



“Cuando Scott regresó a Inglaterra no entendió la ausencia de vítores. ¿Es que sus compatriotas habían olvidado cómo se recibe a los héroes? Nadie había ido a esperarle. Así que tomó un coche y, de camino a casa, empezó a preocuparse.
            El inmenso silencio de su hogar hizo madurar esa semilla inicial de preocupación. Vagó por la salita y, súbitamente, dio con la portada del periódico vespertino. En ella aparecía una fotografía que ilustraba la hazaña que él mismo había consumado. Se acercó, contempló la imagen y parpadeó repetidas veces. El titular estaba equivocado. Todo aquello era un terrible error… Leyó: «El noruego Amundsen regresa a casa sano y salvo. La Historia le reserva ya el inmenso honor de ser el primer hombre en llegar al Polo Sur».
            Scott cerró los ojos y se dejó caer en una silla.

            Segundos más tarde volvía a abrirlos. El frío extremo no había disminuido. Y tampoco su agotamiento. Nevaba. Scott recordó que Evans y Oates habían muerto, y ahora sabía que tampoco él regresaría jamás a Inglaterra. Buscó su diario y, en el interior de su tienda, escribió: «Si hubiéramos sobrevivido, habría podido narrar la historia de la audacia, la resistencia y el valor de mis compañeros; una historia que habría conmovido el corazón de cualquier inglés…».”

Los seres efímeros. Pilar Adón (2010)

miércoles, 6 de marzo de 2013

Cosecha de voluptuosidades



Es de sobras conocida la importancia de una buena portada a la hora de vender un libro. Dada la enorme cantidad de títulos que se publican cada mes y lo efímero de su paso por los anaqueles de las librerías, una cubierta impactante puede tener el poder de asegurar unas buenas ventas del título en cuestión (otra cosa bien distinta es la calidad literaria del interior) o, por lo menos, el de conseguir que muchos lectores potenciales cojan ese libro aunque sólo sea para contemplarla de cerca y echar un rápido vistazo al interior.

Este es el primer pensamiento (o el segundo) que me ha venido a la cabeza tras recibir hoy el boletín de novedades de la editorial Reino de Cordelia en el que se anuncia la salida al mercado de la obra de Anatole France, Tais:




Sobran las palabras, así que me he puesto a rebuscar en mis “archivos” otros ejemplos de cubiertas de libros donde la sensualidad femenina es la protagonista indiscutible. Aquí va un brevísimo resumen:



¡Viva el reino de la metáfora! 



 
El estilo pin-up es un clásico que no pasa de moda; un valor seguro, vamos.



 
Esta preciosa portada es un magnífico ejemplo de sinopsis gráfica de una obra literaria… (y sí, es el mismo Edmondo de Amicis que escribió Corazón; ahí es nada).

Aunque para realmente impactante, esta ilustración de uno de los libros de Sergio del Molino (ya sé que repito con Tropo Editores, pero hay que hacer patria):



 
Y como colofón, una elegante portada -como siempre- de Impedimenta, pero que también tiene su aquel:




Y vosotros, ¿qué otros ejemplos incluiríais y qué opináis de este peculiar marketing visual?

jueves, 28 de febrero de 2013

Un icono del siglo XIX





Es una pena que en pleno siglo XXI no contemos con figuras tan carismáticas como lo fue en su época Lev Tolstói. Sin duda, cualquier debate televisivo -tan de moda hoy día- luciría el doble si contara con la presencia del escritor ruso. Tolstói, a costa de madurarlas durante largos años, tenía las ideas muy claras en todo tipo de campos. Ya fuese en literatura, música, pintura, asuntos políticos, religiosos, científicos o filosóficos, el maduro autor de Guerra y paz, esgrimía sus opiniones con una claridad y una argumentación que para sí quisieran muchos de los “gurús” actuales.

Una gran cantidad de rusos sentían una enorme fascinación por este venerable anciano que en los últimos veinte años de su vida decidió volver a sus orígenes e instalarse apaciblemente en su finca rural de Yásnaia Poliana (“Claro del bosque” en ruso). Hasta allí se desplazaron entre 1890 y 1910 (año de su muerte) innumerables periodistas rusos y extranjeros en busca de una crónica, una breve entrevista o unos pocos minutos de charla con el escritor. Tan valiosa resultaba la opinión de Tólstoi que era rara la semana que no recibiera varias visitas de seguidores, admiradores en busca de consejo o simples curiosos. Y, por supuesto, las transcripciones de estos encuentros eran devoradas con avidez por los lectores de las publicaciones de la época.

Hace pocos meses, la siempre interesante editorial Fórcola editó un volumen que recoge estas conversaciones, publicadas originalmente en diversas revistas y periódicos rusos, y que hasta ahora habían permanecido inéditas en español u otro idioma distinto al ruso, bien enterradas en los archivos de la antigua Unión Soviética. En esta cuidada edición del colombiano Jorge Bustamante, los textos salen a la luz acompañados por numerosas fotografías tanto del protagonista como de su familia y sus variopintos visitantes.


El conde Tólstoi leyendo su correspondencia (hacia 1910)
 

A lo largo de sus páginas nos damos cuenta de la inagotable curiosidad de Tólstoi por las novedades, tanto culturales como científicas, de sus respuestas amables a veces o vehementes y apasionadas en otras ocasiones, pero siempre reflejando una firmeza a prueba de modas y esa claridad de ideas suya tan característica.

“Yo reivindico tres exigencias en todo gran artista: la perfección técnica, el alcance del tema y la pasión por la trama. De ellas, es a la última a la que atribuyo mayor significado. Es posible ser un gran escritor, incluso si faltan la perfección técnica y el dominio del tema. En Dostoievski, por ejemplo, no había ni lo uno ni lo otro. Pero no es posible convertirse en un gran escritor si no se escribe con sangre del corazón… Yo mismo fui educado muy débilmente o demasiado mal y no siempre logro sostener este criterio. […] A menudo me río, pero a menudo también me irrito, cuando me reprochan que mis teorías son anticientíficas. Afirmo, por el contrario, que anticientíficos son el positivismo y el materialismo. Si busco una doctrina por la cual pueda vivir, entonces sólo es lógico, consecuente y científico que desde la primera premisa hasta las últimas conclusiones no existan en ella contradicciones. El escepticismo lleva a la absoluta negación del sentido de la vida. Pero el escéptico también quiere vivir, de otro modo tendría que matarse.”

También se puede observar en estas conversaciones la importancia que tuvo la familia para Tólstoi. La influencia de su esposa, Sofia Andréievna -una todoterreno que hacía la vida del autor bastante más fácil- se destaca en muchas de las páginas, así como la dedicación y los cuidados de su hija Alexandra, que acabaría siendo la primera directora del museo creado en memoria de su padre.

Algunas de las opiniones recogidas en esta selección de artículos pueden parecernos hoy desfasadas (o cuando menos curiosas), como su visión de la escasa utilidad del cinematógrafo o sus sorprendentes afirmaciones sobre la poesía y otras artes (“No me gustan los versos, su tiempo ha pasado. […] Las formas conocidas del arte mueren con el transcurso del tiempo; ahora ha llegado el tiempo de la muerte para la forma poética escrita, para la escultura y la arquitectura.”). Sin embargo, hay que pensar que en su época las palabras de Tólstoi eran recibidas por buena parte de los rusos como una especie de verdad absoluta con la que guiarse en la vida, y hay pocas figuras del siglo XIX que alcancen esta cota de influencia en su propio país.

“En la actualidad Tólstoi representa un fenómeno único en el mundo. Hace ya mucho sobrepasó cierto límite, más allá del cual no hay lucha, sino silencio y resplandor de conocimiento. Lo ilumina todo. En cada una de sus sonrisas, de sus miradas, en cada arruga de su rostro hay tanta sabiduría profunda, como la hay en sus palabras. Y tal vez lo más importante no sea oírlo, sino verlo.” Leonid Andréiev, 1910.

Conversaciones y entrevistas – Lev Tolstói, Varios autores
Edición, traducción y prólogo de Jorge Bustamante
Fórcola, 2012, 192 páginas, 15,50

miércoles, 23 de enero de 2013

Mordiscos literarios / 2



El gran Michael Caine en la piel de Thomas Fowler (2002)


“[…] Era un país de barones rebeldes, como Europa en la Edad Media. Pero ¿qué estaban haciendo aquí los americanos? Colón todavía no había descubierto su tierra.
–Me gusta ese hombre Pyle –le dije a Fuong.
–Es impasible –respondió ella.
Y ese adjetivo, que ella fue la primera en usar, se le pegó como el sobrenombre de un escolar, hasta que, finalmente, se lo oí emplear al mismo Vigot, sentado bajo su visera verde, cuando me dijo que Pyle había muerto.
Hice detener nuestro triciclo frente al Chalet y le dije a Fuong:
–Entra y elígenos una mesa. Será mejor que me ocupe de Pyle.
Ese fue mi primer instinto: protegerlo. No se me ocurrió pensar que en realidad tenía que protegerme de él. La inocencia siempre solicita tácitamente ser protegida, cuando haríamos mucho mejor en precavernos de ella; la inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campana y que se pasea por el mundo sin mala intención.”

El americano impasible. Graham Greene (1955)
 

jueves, 29 de noviembre de 2012

Lotería literaria





Se acerca inexorablemente la Navidad, las primeras nevadas, los turrones… y la web Libros y Literatura nos ofrece una nueva edición de sus premios, que tienen por objetivo promover los blogs literarios en español, encontrar las mejores reseñas literarias de la blogosfera actual y premiar a sus autores.

Si tienes un blog y desear participar con tu reseña, no tienes más que seguir las instrucciones publicadas en las bases del premio. Eso sí, hazlo rápido porque el plazo de entrega finaliza el próximo 9 de diciembre. Puede ser una reseña inédita o una ya publicada en tu blog durante este año. En total, van a repartir 2 e-readers y la friolera de 230 libros (!) tanto entre los autores como entre los votantes de las mejores reseñas, así que la posibilidad de llevarse lectura extra para este crudo invierno no es nada despreciable.

Yo voy a probar suerte con mi texto sobre la novela Las españolas del metro Pompe, de François-Marie Banier (Libros del Silencio, 2012), un relato loco y desenfadado, cuyo descaro quise reflejar en el tono de la reseña. Podéis leerla y comentarla aquí.




¡Suerte a todos (y todos vuestros votos serán bienvenidos…)!

miércoles, 28 de noviembre de 2012

La tournée rusa de Steinbeck y Capa





A veces las historias más interesantes son fruto de la casualidad o de las ideas más peregrinas. Cuando Robert Capa entró a finales de marzo de 1947 en el bar del neoyorquino Hotel Bedford, no sospechaba que su apacible y etílico encuentro con el escritor John Steinbeck iba a acabar en una tournée fotográfica al otro lado del Telón de Acero aquel mismo verano.

Todos los días aparecían artículos periodísticos sobre Rusia, casi siempre redactados por personas que no habían puesto un pie en ese país y casi siempre con los mismos temas: Stalin, los movimientos de tropas, los experimentos con misiles y armas atómicas o los planes inmediatos del Soviet Supremo. Tanto a Steinbeck como a Capa les parecía mucho más interesante saber cómo vivían los ciudadanos rusos, qué comían, de qué hablaban y cómo se divertían, ya que esta vida privada rusa era desconocida para la mayoría de los norteamericanos. Así pues, decidieron intentar hacer un reportaje apoyado con fotografías que respondiera a todos esos interrogantes.


El dúo viajero retratado por Capa
 

Con el apoyo del New York Herald Tribune y tras vencer las reticencias soviéticas iniciales, comenzaron a finales de julio su particular periplo, que les llevaría a conocer Moscú (su particular “cuartel general”), Stalingrado y los campos de Ucrania y Georgia. Steinbeck ya tenía experiencia en estas labores de documentación, que plasmó en dos de sus obras: Los vagabundos de la cosecha (sobre el trasiego de familias de temporeros por California tras la Gran Depresión; Libros del Asteroide, 2007) y ¡Bombas fuera! (su cobertura del entrenamiento de los pilotos norteamericanos de bombarderos durante la Segunda Guerra Mundial; Capitán Swing, 2011).

Con la tutela de la Voks (la organización de relaciones culturales de la Unión Soviética) y durante casi dos meses, nuestros protagonistas pasearán por las calles rusas, visitarán museos, entrarán en tiendas y grandes almacenes, asistirán a espectáculos de circo, ballet y teatro, frecuentarán los clubes de baile y se patearán a conciencia los fértiles campos de Ucrania y el Cáucaso para examinar granjas estatales o fábricas, dos de los orgullos soviéticos de la época.


Familias ucranianas
 

El resultado es la crónica de un país parcialmente arrasado por la guerra, en continua reconstrucción, que convive con el racionamiento y la veneración hacia Stalin. Steinbeck retrata a un pueblo desgastado por los años de ocupación y lucha, pero que con un carácter afable y una gran hospitalidad acoge en sus casas a estos peculiares extranjeros a los que inunda de preguntas sobre política, salarios, cifras de producción, modos de vida o incluso literatura, ansioso de saber (ellos también) cómo se vive en el otro lado.

“Nos detuvimos en una casa diminuta que estaba construyendo el contable de una fábrica. Estaba montando los tablones él solo, y estaba mezclando el barro para el revoco, y sus dos hijos jugaban en el jardín a su lado. Era muy agradable. Siguió construyendo su casa mientras le fotografiamos. Y después fue a coger su álbum de recuerdos para demostrar que no siempre había estado tan harapiento, que una vez tuvo un apartamento en Stalingrado. […] Había fotos de su boda, de su esposa con un traje de novia blanco y largo. Y después había fotos de sus vacaciones en el Mar Negro, de él y su esposa nadando, y de sus hijos a medida que crecían. Y había postales que le habían mandado. Era toda la historia de su vida, y todas las cosas buenas que le habían sucedido. Había perdido todo lo demás en la Guerra.
            Preguntamos: «¿Cómo pudo salvar su álbum de recuerdos?».
          Cerró la tapa y su mano acarició ese archivo de su vida entera, y dijo: «Cuidamos mucho de esto. Es muy valioso».”


Enérgica guardia de tráfico en Kiev
 

Fiel a su propósito, Steinbeck nos ofrece un relato honesto, carente de cualquier prejuicio, donde no hay críticas demoledoras, alabanzas excesivas ni veredictos finales. Sin embargo, en medio de esta transparencia fluye a cada página el sentido del humor y la ironía a raudales del autor. Ya sea contra la férrea disciplina del aparato político, las normas establecidas o la contumaz burocracia soviética, Steinbeck hace gala de una socarronería sin fronteras, que aplica por igual a rusos y americanos. Así, las descripciones de sus penurias en los medios de transporte del país (aviones maltrechos, trenes asfixiantes, viejos coches o jeeps “doloridos”), las bromas de esta pareja a sus intérpretes -la eficiente Svetlana (Sweet Lana) y el increíblemente gafe Sr. Chmarsky, alias el gremlin del Kremlin-, o el retrato del mundillo de los periodistas americanos en Moscú, son solo algunos de los ejemplos que hacen de Diario de Rusia una lectura extremadamente amena y divertida. Y como toda pareja bien avenida, tampoco faltan las bromas recíprocas entre los dos reporteros en cualquier circunstancia y horario; a este respecto, Capa intercala un capítulo -titulado Una queja legítima- donde expone su opinión acerca de su compañero de viaje.

“Ahora Capa estaba fuera de su elemento, porque Capa habla todos los idiomas menos el ruso. Habla cada idioma con el acento que corresponde a otro. Habla español con acento húngaro, francés con acento español, alemán con acento francés, e inglés con un acento que nunca ha sido identificado. Pero no habla ruso. Después de un mes aprendió algunas palabras de ruso, con un acento que en general se podía considerar uzbeco”.

“Estábamos viviendo una vida que con respecto a la virtud solo había sido igualada una o dos veces en la historia del mundo. En parte era deliberado porque teníamos demasiadas cosas que hacer, y en parte era porque el vicio no estaba muy disponible. Y nosotros somos especímenes bastante normales. Nos encanta un tobillo bien torneado o incluso unas pulgadas por encima del tobillo, vestido, si es posible, con unas medias de nailon bien ajustadas. […] Teníamos un ansia definitiva de ser engañados y mentidos. […] Y ahora llevábamos una vida de prístina virtud. Nos mostrábamos circunspectos a conciencia. Los ataques más comunes contra los extranjeros en la Unión Soviética se basan en la embriaguez y la lascivia. Y a pesar de que solo somos razonablemente alcohólicos, y no más lascivos que la mayoría de la gente, aunque esto es algo variable, estábamos decididos a vivir una vida de santos. Y logramos hacerlo, no enteramente para nuestra satisfacción.”

El libro está ilustrado con setenta fotografías, algunas a toda página, que son una minúscula muestra de los casi cuatro mil negativos con los que regresó Robert Capa. Son el complemento perfecto a la prosa sencilla aunque llena de matices (un diez para la traductora) de Steinbeck, que nos muestra a un pueblo ruso que odiaba la guerra y que tan solo ansiaba una buena vida y un mayor bienestar. Un sentimiento universal sintetizado en las palabras que dirige a su madre el sorprendido niño ucraniano al que acaban de retratar en una de las granjas: “¡Pero estos americanos son gente como nosotros!”.


Lección de historia a la sombra del líder
 

Nota al margen: Nueve años después de este viaje -ya con Jruschov en el poder denunciando los crímenes de Stalin- otro tándem escritor-fotógrafo, esta vez francés, tuvo una ocurrencia similar. Dominique Lapierre y Jean-Pierre Pedrazzini convencieron al semanario Paris Match para financiarles un viaje por carretera a la todavía hermética Unión Soviética. A bordo de un flamante Simca Marly amarillo y con la compañía de sus mujeres, estos jóvenes reporteros recorrieron entre julio y octubre de 1956 la friolera de trece mil kilómetros con una libertad de movimientos similar a la de Steinbeck y Capa.

Acompañados de un joven matrimonio de periodistas rusos, ofrecieron también al lector europeo un relato objetivo de la vida de los ciudadanos rusos corrientes. Estas vivencias aparecieron en forma de libro en España bajo el título de Érase una vez la URSS (Planeta, 2006). Recuerdo que la historia de Lapierre no me gustó tanto como la de Diario de Rusia, quizá porque esperaba algo más que la mera exposición de las anécdotas de un viaje atípico. Sin embargo, las instantáneas de Pedrazzini son estupendas y resulta un libro entretenido y de lectura rápida.

Diario de Rusia, John Steinbeck
Con fotografías de Robert Capa
Traducción de María Pérez Martín
Capitán Swing, 2012, 248 páginas, 18,50