viernes, 29 de junio de 2012

La Guerra Civil, una contienda cruel y evitable




No hay ningún episodio en la historia española de los últimos siglos que haya generado tantos ríos de tinta como la Guerra Civil. Son innumerables los ensayos, relatos y novelas donde es la protagonista principal, por no hablar de los cientos de documentales y películas en torno a ella o que reflejan la vida en la España de los años de posguerra.

Sin embargo, con frecuencia este episodio cruel se presenta lleno de sesudas reflexiones, ideas preconcebidas -y en ocasiones, falsas-, lugares comunes, idealizaciones y dogmas inmutables que dificultan bastante la extracción de una idea clara y simple del verdadero origen de la contienda, tanto para los propios españoles como para el resto del mundo.

Por ello es aún más sorprendente este trabajo del filósofo Julián Marías (1914-2005), escrito en 1980 y que ahora reedita Fórcola en su colección Singladuras. Se trata de un breve ensayo de una prodigiosa claridad, en el que Marías –testigo de primera mano desde el Ejército republicano- va desgranando las razones que llevaron al pueblo español hacia una división irreconciliable. El texto nace al inicio del periodo democrático para advertir del peligro de la falsificación de la historia y para evitar en lo posible el olvido de los errores del pasado, cuyo desconocimiento siempre nos expone a repetirlos.

 “Entre 1936 y 1939 los españoles se dedicaron a hacer la guerra, a intentar ganar la guerra; desde esta última fecha malversaron lo que habían conseguido, no supieron edificar adecuadamente la paz. Esta es nuestra empresa: darnos cuenta de que necesitamos vencer a la guerra, curarnos, sin recaída posible, de esa locura biográfica, es decir, social, que nos acometió hace algo más de cuarenta años, cuya amenaza ha sido tan hábilmente aprovechada para paralizarnos, para frenar el ejercicio de nuestra libertad histórica, la plena posesión de nuestro tiempo, la busca y aceptación de nuestro destino.”

Si cualquier guerra representa un fracaso, aún lo es más si enfrenta a compatriotas. Para el autor, este descalabro podría haberse evitado si se hubieran atendido las señales evidentes en los años inmediatamente anteriores y se hubiera actuado en consecuencia. Marías señala como el primer germen el episodio de la quema de conventos en 1931, que originó en una parte de la población un sentimiento opuesto a la República, empezando a crear dos bandos contrarios e incompatibles. Las posteriores medidas de reducción del Ejército de Azaña fueron también muy impopulares entre los militares, que aprovecharon su posición al comienzo de la guerra para ajustar cuentas.

Además, en España se vivía un clima de progresivo desencanto, de decepción hacia los grupos políticos, al que se unieron los efectos en Europa de la depresión norteamericana de 1929, que originó una crisis económica galopante (algo inquietantemente familiar en nuestros días). A este malestar social hay que añadir en parte de la población, según Marías, un horror ante la pérdida de la imagen habitual de España: una ruptura de la unidad (regionalismos, nacionalismos y separatismos) y la pérdida de la condición de país católico.

Como acelerante de este caldo de cultivo, aparecieron por mimetismo de movimientos políticos extranjeros los estímulos totalitarios: el comunismo y el fascismo, lo que contribuyó a radicalizar aún más las posturas. Y finalmente, Marías propone un sorprendente factor adicional: la pereza, para ponerse en el lugar del otro, para pensar y para buscar soluciones efectivas a los problemas.

Sin embargo, lo que iba a ser un rápido golpe de Estado militar para cambiar la situación desembocó finalmente en la guerra, los asesinatos políticos y las vejaciones en ambos bandos, que se tradujo en un inevitable envilecimiento. La posterior intervención internacional en el desarrollo de la lucha actuó de forma decisiva en el desenlace de la guerra.


Julián Marías rodeado de bibliografía
 

El autor analiza así mismo tanto el desarrollo de la contienda como los crudos años posteriores, en los que la clara división entre vencedores y vencidos condujo a la perpetuación del espíritu de guerra durante decenios. Como conclusión del ensayo, Marías nos anima a recordar la guerra, pero como un episodio pasado, superado, para ponerla detrás de nosotros, para vencerla y evitar recaídas.

Este clarificador ensayo se completa con un prólogo muy atractivo del historiador vasco Juan Pablo Fusi, que analiza la figura de Marías y ofrece un breve resumen de los acontecimientos principales de la guerra, a fin de refrescar conocimientos para que el lector tenga un punto de partida nítido. Además, el volumen se ilustra con múltiples fotografías de la época, tanto de las campañas militares como de las labores de retaguardia y de la vida “corriente” de las ciudades, que permiten una inmersión todavía más exacta en este periodo. Como explica el editor Javier Jiménez en el emotivo epílogo, tanto él como Daniel Marías (nieto del autor y colaborador en la edición del libro) valoraron el interés que tenía incluirlas y dedicaron varios días a rescatarlas de entre los fondos de varios archivos españoles. Mi enhorabuena desde aquí por el resultado final.

La Guerra Civil ¿Cómo pudo ocurrir?, Julián Marías
Prólogo de Juan Pablo Fusi
Fórcola, 2012, 88 páginas, 10,50

miércoles, 30 de mayo de 2012

Biblioteca Favela: libros como armas




Desde que Arquímedes enunció su famosa frase “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, han aparecido muchas personas en la Historia dispuestas a nadar a contracorriente para enfrentarse a realidades que parecían inmutables con soluciones nuevas y simples. La vida de una de ellas se puede leer ahora narrada en primera persona en Biblioteca Favela, el volumen que inaugura la colección Cuatro Mil Millas del interesante proyecto literario hispano-brasileiro Ediciones Ambulantes.

Su protagonista, el carioca Otávio Júnior, nació en 1983 en el morro del Caracol, dentro del Complejo de favelas de Alemão, un asentamiento del norte de Río de Janeiro formado por ciento cuarenta mil personas, hasta hace poco uno de los rincones más violentos de la ciudad. Con estos antecedentes, Otávio era un firme candidato para entrar en el mundo del narcotráfico, pasando a convertirse en un sicario más del barrio. Sin embargo, por fortuna la literatura se cruzó en su camino y ese horizonte al que parecía predestinado cambió.

Con ocho años, encontró su primer libro de cuentos entre la basura de uno de los vertederos cercanos. Maravillado por la lectura, comenzó a pedir libros prestados a sus vecinos. En poco tiempo, y gracias a la buena voluntad de la gente, consiguió desde cómics y libros de los años 60 hasta una biblia mormona o el manual de funcionamiento del Volkswagen Passat de 1980 (!). Esta nueva pasión la alternaba con su gran afición por el fútbol (como buen brasileño), donde enseguida empezó a destacar como portero.

Un buen día, Otávio tuvo que elegir entre sus dos vocaciones, y ganaron los libros. Como paso natural, de la lectura pasó a la escritura de cuentos y a los 16 años organizó ya sus primeros espectáculos teatrales de barrio para atraer a los chavales hacia ese mundo de fantasía, tan lejano de la violencia de las calles, y ganar algo de dinero para ayudar en casa. Su tremenda inquietud por aprender le llevó a formarse mediante becas en diversas escuelas de arte de Río, así como a editar su primer libro, patrocinado por una imprenta que creyó en ese chico tan ilusionado que no encontraba editorial.


Otávio Júnior posa orgulloso, rodeado de libros, en su lugar de trabajo


En 2006 Otávio sintió la necesidad de hacer algo más por su comunidad. Fue entonces cuando nació su proyecto estrella: Ler é 10 – Leia favela. Se propuso enseñarles a los chicos de la favela un mundo que no conocían. Quería mostrarles que existía algo más provechoso que ese ambiente de delincuencia en donde se movían a diario: crimen organizado, drogas, armas y violencia doméstica. La única visión exterior del mundo que les llegaba era a través de la televisión, que les ofrecía un universo lejano de glamour, dinero y ropas de marca al que podían llegar por el camino fácil de las bandas.

Decidió organizar sesiones de cuentacuentos en colegios y “meriendas literarias” como vías para motivar a los chavales. Su esfuerzo pronto tuvo eco y comenzó a recibir apoyo de ONGs, empresas y particulares, que colaboraban con donaciones de libros y patrocinios. El proyecto que partió de la ilusión de un solo joven decidido y tenaz es hoy una flamante realidad: una biblioteca en su favela con más de 6.000 libros, muchos de los cuales son itinerantes y van pasando por otras favelas, para ampliar el radio de acción cultural. Otávio -el Librero de Alemão- ha conseguido el reconocimiento en su país y, desde las acciones armadas del Gobierno brasileño contra el narcotráfico en 2007 y 2010, disfruta -lleno de futuros proyectos- de un Complejo de Alemão “pacificado”, con mucha menos droga y violencia que antes.

Su historia es la prueba de que por encima de las distintas acciones de los gobiernos de turno sobre las zonas más pobres y marginadas de las grandes ciudades, los ejemplos individuales son los que pueden marcar la diferencia. En este sentido, otro botón de muestra es la obra que lleva a cabo Carlinhos Brown en su barrio de Candeal, en Salvador de Bahía, retratado en imágenes por Fernando Trueba (El Milagro de Candeal, 2004). Allí ha sido el poder de la música el que ha desplazado a la violencia. Para ambos, así como para tantas otras iniciativas anónimas, parabéns desde esta bitácora.

Para más información in situ: http://leredezleiafavela.blogspot.com

Biblioteca Favela, Otávio Júnior
Traducción de Víctor David López y Aline Pereira
Ediciones Ambulantes, 2012, 96 páginas, 9,50

jueves, 17 de mayo de 2012

La península: el simbolismo bretón




La península apareció publicada por primera vez en 1970 como parte del volumen homónimo de Éditions José Corti, que recogía junto a esta novela corta otros dos textos: La route (un relato de apenas 20 páginas, que en realidad era un fragmento de una novela que Gracq nunca llegó a acabar) y El rey Cophetua (una historia ambientada en la Primera Guerra mundial, que también ha editado recientemente Nocturna en su colección Noches Blancas).

El argumento de La península es extremadamente sencillo. Simon espera en la estación de Brévenay la llegada de su amante en el tren del mediodía, aunque ella ya le ha advertido por carta de que es poco probable que pueda tomarlo. En efecto, el tren de las 12.53 se detiene puntual, pero la joven Irmgard no está entre los pasajeros. El siguiente tren hará su entrada siete horas más tarde, así que Simon decide aprovechar ese tiempo recorriendo en coche la costa bretona.

Su periplo por la península de Guérande será en realidad el protagonista absoluto del relato. Compartiremos con Simon los recuerdos de infancia, tan ligada a este paisaje bañado por el Loira y el Atlántico, y sus recorridos morosos a pie y en coche por cada uno de los pueblos que separan Brévenay de Kergrit, la villa costera donde Simon decide finalmente tomar una habitación a la que llevar a Irmgard por la noche.


Le Marais de Brière (Le Marais Gât en la novela) 


Estos escasos cincuenta kilómetros nos servirán para conocer en profundidad los bosques sombríos, el mar, las playas donde se refugian los últimos bañistas de la temporada estival, el aislamiento de los pescadores: una pura alegoría de los deseos y los temores de Simon, que se irán agolpando conforme avance la narración. Se trata de un texto sobre la espera, de cómo un reencuentro largamente anhelado puede transformarse en un instante temido, con referencias explícitas a la leyenda celta de Tristán e Isolda. Lo importante no es la acción, sino la manera de contar. Así, el autor francés -para dotar de mayor irrealidad al conjunto- se permite cambiar los nombres reales de cada población por equivalentes ficticios.

“Ni siquiera dejaba que cobrasen cuerpo en su mente imágenes de lo que estaba por pasar, únicamente las sentía hormiguear dentro de él a todas ellas; pegajosas, encoladas, protegidas aún como por un tegumento voluptuoso, husmeando el aire que va a desfruncirlas una a una, él era como una planta que va a florecer: al borde de la delicuescencia. Pensó por un instante que era profundamente feliz, es decir, que sentía que iba a dejar de serlo.”

Hay que destacar que a pesar de la brevedad de la novela, lo ideal es degustarla a pequeños sorbos. Julien Gracq (1910-2007) tenía un estilo narrativo especial, que incluía el uso de frases infinitas y una gran riqueza en el vocabulario. Para comprobarlo, basta con echar un vistazo al inicio de la obra, donde Gracq describe la estación y sus alrededores a lo largo de dieciocho líneas, empleando para ello ¡sólo dos frases!, un ejercicio de virtuosismo en el arte de hilvanar palabras al alcance de bien pocos escritores de hoy en día.

Sin embargo, esta elegante manera de escribir no resulta engolada ni pretenciosa, ya que en el texto no hay adjetivos superfluos; todas las palabras importan y tienen su peso a la hora de acompañar a Simon tanto en la mera descripción del paisaje y sus gentes como en su creciente temor a que la realidad a cada paso no sea tan plena como las situaciones imaginadas. También es de justicia resaltar la destreza del traductor para encontrar la palabra justa en cada momento. Para ahondar en la opinión que el francés tenía acerca de la literatura y todo lo que la rodea (premios, críticos y cierto tipo de autores), recomiendo leer su vitriólico ensayo La literatura como bluff –editado aquí en 2009 por Nortesur- en el que refleja su idea del buen gusto literario.


Un joven Gracq asediado por los periodistas tras rechazar el Goncourt (1951)


En definitiva, estamos ante un relato muy interesante, a la vez onírico y palpable, con un final abierto que explota la ambigüedad entre miedo y deseo de la que hace gala Simon a lo largo de buena parte de la novela y que nos hace reflexionar aún más allá tras cerrar el libro.

“La noche se anunciaba tan pareja, tan recogida, tan plácida que se hubiera dicho que excluía con toda su plenitud el tremendo redoble, tan cercano ya, que iba a interrumpir aquella calma: la llegada de Irmgard.”

La península, Julien Gracq
Traducción de Julià de Jodàr
Nocturna, 2011, 125 páginas, 14

miércoles, 2 de mayo de 2012

La esposa diminuta: Manual para náufragos existenciales




¿Alguien ha oído hablar del realismo mágico canadiense? ¿Puede que tenga su origen en Ontario? Me explicaré. Imaginen a un hombre normal -si descontamos su llamativo sombrero morado- que entra en una sucursal bancaria del centro de Toronto. De repente, revólver en mano, dispara al techo y exige a los presentes que le entreguen el objeto con mayor valor sentimental para cada uno de ellos (no quiere dinero, mal empezamos). Una vez satisfechas las exigencias del misterioso ladrón, todos los clientes salen aparentemente indemnes de este inusual atraco. Sin embargo, no tardarán en sufrir las consecuencias: maridos que se tornan muñecos de nieve, tatuajes que cobran vida y persiguen a su propietaria, esposas que resultan ser extrañamente dulces o pobres diablos a la caza de sus corazones, aún palpitantes, a través del tráfico.

Y además tenemos a Stacey Hinterland, que se percata de que está menguando día a día. En este microcosmos kafkiano cabe esperar cualquier situación y los giros más sorprendentes, y la verdad es que la imaginación desbordante de Andrew Kaufman no decepciona. Con una prosa envolvente y precisa, nos sumerge con facilidad en la angustia vital de cada una de las criaturas que desfilan por la obra. Los esfuerzos individuales por salir de esta pesadilla originarán a lo largo de la novela diversos encontronazos entre las víctimas del atracador. Cada una de ellas se verá obligada a replantearse la realidad, a tomar decisiones y a apechugar con las consecuencias de sus actos, ya sea para bien o para mal.

En realidad, este relato es una fábula sobre cómo la vida cotidiana hace que a veces perdamos el norte, nos dejemos arrastrar por los acontecimientos y no reaccionemos hasta descubrir que en realidad lo más importante, lo que nos hace verdaderamente especiales, es el amor que nos ofrecen los demás.

Volviendo a mi pregunta inicial, no, la verdad es que el realismo mágico no ha rebrotado en Canadá. Simplemente asistimos al uso de la magia por parte de Kaufman como metáfora de muchas relaciones de pareja, de la soledad o de la angustia vital (a destacar que parte del botín del hombre del sombrero morado sea una copia manoseada de El extranjero de Camus). Así pues, cada situación surrealista no es más que una suerte de subconsciente ansioso luchando a tiempo completo por salvar vidas o empezar de cero.




En cuanto a las ilustraciones, obra de Tom Percival, tanto su aparente sencillez (todas son siluetas en blanco y negro) como su dinamismo resultan ser el contrapunto perfecto para la narración. Para los curiosos, no está de más dejarse caer por la web del artista (http://tom-percival.com/) para ver toda la fuerza de sus otros trabajos y una muestra de la primera idea que había pensado para ilustrar -a todo color- las aventuras de esta mujer menguante.


Kaufman fotografiado por Lee Towndrow 


Andrew Kaufman (Wingham, Canadá), además de escritor, es director y productor de radio; actualmente trabaja como productor en la CBC Radio de Toronto. Entre sus obras destacan Todos mis amigos son superhéroes (2003), traducida a varios idiomas, y La Biblia impermeable (2009). La esposa diminuta (2010) es un buen ejemplo de su peculiar inventiva, aderezada siempre con un fino, mordaz, y a veces macabro, sentido del humor. Para los que busquen una historia nada convencional que les evada por un momento de la cruda realidad cotidiana, este es el relato ideal. Además, recomiendo un paseo por la atípica página web del autor (http://www.severalmomentslater.com/), un prodigio de minimalismo, fotos retro y detalles curiosos.

Por último, en esta ocasión no voy a incluir citas del libro para ilustrar la reseña, sino el tráiler de promoción, muy atractivo, en el que la animación habla por sí sola:




La esposa diminuta, Andrew Kaufman
Traducción de Leticia García Guerrero
Ilustraciones de Tom Percival
Capitán Swing, 2012, 104 páginas, 16,50

jueves, 26 de abril de 2012

Editoriales independientes (3):
El Olivo Azul

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Siguiendo con la presentación de sellos independientes españoles, en esta ocasión haremos un viaje por tierras andaluzas. El Olivo Azul es la aventura personal de Eduardo Moreno, que se gestó en tierras sevillanas y comenzó su andadura en Octubre de 2007, con el apoyo de sus dos socios: José Castillo y Francisco Rincón.

Eduardo Moreno, criado en Dublín, trabajó durante varios años como traductor para grandes editoriales en Oxford. En este periodo, comprobó que existía un amplio hueco en el sector editorial nacional. A diferencia de otros países europeos, el lector español carecía de un buen número de libros de referencia que en otras tierras eran consideradas obras fundamentales en la evolución de la Literatura. Así pues, tras dos años de preparativos, se lanzó finalmente al rescate de estas obras de autores europeos modernos y contemporáneos, que se hallaban inéditas, descatalogadas o bien estaban disponibles pero en pésimas traducciones.

Frente a la saturación endémica del mercado, Moreno apostó por la calidad, poniéndose como meta publicar pocos títulos (unos 12 al año), pero bien elegidos y mimados en todos sus aspectos, cuidando mucho las traducciones y el diseño –lleno de imágenes que evocan ediciones de otras épocas-, con ese azul suave de las cubiertas, marca de la casa.




Su nómina de escritores es muy variada. Como anuncian en su web, buscan autores grandes, oscuros, invisibles, felices y torturados. En su amplio catálogo encontramos clásicos bien asentados como Chesterton, Conrad, Zola o Capek, junto a almas de vida fugaz y rocambolesca, como Apollinaire, Cravan o Crane. El denominador común es la singularidad de los libros, obras que en su día pretendieron agitar al lector, provocarle un debate interno, agitar las conciencias y nunca dejarle indiferente.

El Olivo Azul, que ahora tiene su sede en Córdoba, posee dos colecciones:

Narrativas: Su buque insignia, en el que dan especial atención a las formas breves (novela corta y relatos), ya que entienden -como yo- que estas formas suponen lo más sobresaliente de la literatura moderna. Sin embargo, no excluyen las narraciones más extensas.




Errantes: Para no limitarse al terreno de la narrativa, en 2009 lanzaron esta colección, centrada en la idea de los viajes en todas sus posibles facetas: reales, interiores y de ideas. Consta de libros de ensayo, aforismos, diarios, viajes y memorias, que el editor define como una guía de perplejos.




Así mismo, una vez asentados en el negocio editorial y conseguido ya el prestigio entre libreros, lectores y crítica, en 2010 comenzaron a editar a autores contemporáneos de lengua española. Eduardo Moreno pretende alcanzar de este modo un equilibrio entre la “arqueología literaria” y la apuesta por voces singulares de la literatura en castellano, como Andrés Sorel o Gabriel Sofer.




Espero que el nivel de exigencia siga tan alto como hasta ahora. No en vano, para este editor el listón al que llegar lo marcan sellos como Siruela, Acantilado, Nórdica o Libros del Asteroide. Ahí es nada…


viernes, 20 de abril de 2012

El zoo trágico




“Convertirme en un caballo, galopar a través de la arboleda; pero tienes la cabeza en otro lado, repleta de pensamientos traviesos en un lugar donde reina la libertad, donde todo son gestas y una fuerza victoriosa, y de pronto estalla un ruido agudo, no muy alto pero tan persistente que incluso el galopar más incontrolado se detiene al percibirlo, y tu corazón pierde un latido al fondo de tu pecho.”

Quien rememora estas ensoñaciones de la infancia es Vera, la protagonista absoluta de El zoo trágico. Esta novela (publicada en 1907 e inédita hasta ahora en castellano) es un conjunto de nueve relatos que pueden leerse por separado, pero que juntos constituyen los capítulos de las memorias ficticias de infancia de Lidia Zinovieva-Annibal.

Hija de terratenientes, la inocente Vérochka de las primeras narraciones nos describe sus tomas de contacto con la Naturaleza y los animales durante las largas temporadas que pasa con su nutrida familia en la gran finca de verano. La vida en San Petersburgo le aburre, y cada año espera con ansiedad el buen tiempo para disfrutar con la belleza de esa vida rural en una Rusia ya pre-revolucionaria. Sin embargo, el dolor y la amargura no tardan en llegar, pues todos los pequeños animales que desfilan en este zoo estival (oseznos, grullas, lobos) van pereciendo víctimas del comportamiento humano, tantas veces brutal; de ahí el título del libro.

Conforme avanza esta historia de aprendizaje, podemos comprobar la evolución de una niña dulce y sensible hacia una Vera adolescente llena de rebeldía, mentirosa y cruel, que se distancia cada vez más de su madre. Esta transformación llega a su clímax en el capítulo más extenso (el mejor, en mi opinión) -titulado El diablo- donde la protagonista se muestra fuera de control, ladrona, calculadora y perversa, enfrentándose cada vez con más tesón a institutrices y compañeros de estudios, lo que la forzará finalmente a un peregrinaje por diferentes colegios, incluso fuera de Rusia. También destaca el desarrollo de la conciencia moral en la joven Vérochka, anticipo de la lucha de clases que no tardará en estallar en su país para cambiarlo todo.


Lidia Zinovieva-Annibal 


La narración revela la parte más oscura del aprendizaje en la niñez, junto a un buen muestrario de dificultades a las que debía hacer frente la mujer rusa de la época, ya que crecía en un entorno dominado por hombres. En cuanto al estilo, Zinovieva emplea una prosa clara, sencilla, evocadora, casi minimalista. Es también abundante el simbolismo, con frecuentes metáforas e imágenes sobre el feminismo, la rebeldía y la ruptura con el orden establecido.

Por otra parte, hay que destacar que la autora fue pionera en Rusia al mostrar en sus obras el tema del lesbianismo, que aquí aparece sutilmente retratado en los enamoramientos continuos de Vera: Dasha (hija de una de las sirvientas), su institutriz, la hija de un campesino o varias compañeras de colegio. Es este un asunto que ya había abordado con anterioridad de manera mucho más explícita en la novela corta Treinta y tres monstruos (1907), que estuvo prohibida durante buena parte de la etapa soviética, acusada de decadente y sexualmente perversa.

Como ya he apuntado, hay una fuerte carga autobiográfica en El zoo trágico. Lidia y Vera comparten el mismo origen de clase alta y experiencias vitales similares: esmerada educación con tutores e institutrices, fascinación por la vida en el campo, gran interés por los problemas de las clases menos favorecidas –no en vano Lidia murió de escarlatina tras trabajar como enfermera durante el verano de 1907, ayudando a los niños enfermos de los campesinos-, e incluso tendencias sexuales. Ambas comparten también una personalidad muy emotiva y algo excéntrica (la escritora, por ejemplo, solía lucir largas túnicas, que causaban admiración entre los invitados a “La Torre”, su afamado salón literario de los miércoles en San Petersburgo).

Los lectores que amen el estilo vital, expresionista (atentos al potente capítulo final) y los textos reivindicativos del papel de la mujer en la sociedad -al estilo de Virginia Woolf- no quedarán defraudados. No en vano, la breve obra de Zinovieva-Annibal (1866-1907) constituye un punto de referencia para la literatura femenina rusa de todo el siglo veinte. Y nosotros podemos disfrutar por fin de un espléndido fragmento gracias al buen hacer de Nevsky.

El zoo trágico, Lidia Zinovieva-Annibal
Traducción  de Vladímir Aly
Nevsky Prospects, 2012, 272 páginas, 20

jueves, 29 de marzo de 2012

Las españolas del metro Pompe




¿Quién no se ha enamorado siendo un niño de su profesora, de alguna amiga de su madre o de esa compañera tan guapa de su hermana mayor? Sacha, en cambio, tiene unos referentes más exóticos: las españolas que llegan al París de finales de los cincuenta para servir en las casas de la burguesía. El atormentado protagonista de esta novela -a quien su familia no presta ninguna atención- tiene la costumbre de frecuentar la boca de metro de la estación de Pompe, el lugar de reunión de sus “perlas”, para admirarlas y escuchar sus confidencias.

“En sus gritos se mezclan oraciones, genuflexiones, santiguamientos. En un momento, sus sermones toman la velocidad del maremoto. Se maldicen, se hinchan bocas, pechos, gargantas. Luego, sin razón aparente, cuando se acerca la hora de la cena, de pronto se tranquilizan. Todo baja, como un soufflé. ¡Y sin intervención de la policía, por favor! Me gusta esa rabia, ese Guernica, el «Huracán Pompe». En sus gritos de vírgenes del Neandertal amenazan con arrancarse los huevos y tirárselos a la cara. Una se embala, la otra se desata. No es cuestión de batirse en retirada hacia el mercado, una misa, o con cualquier otra excusa.”

Con trece años, ha caído profundamente enamorado de una de estas fascinantes criaturas: Pepita, una bella y misteriosa pamplonesa mayor que él. Será Sacha quien le busque trabajo en casa de unos vecinos, dos pisos más arriba de la suya, para tenerla en observación. Con esta lograda cercanía, da rienda suelta a su obsesión amorosa y trazará los planes más peregrinos y las jugadas más complicadas para intentar conquistarla para siempre, lo que acabará provocando un final tan impredecible como surrealista.




François-Marie Banier (París, 1947) publicó esta novela en 2006 y plasmó en ella buena parte de sus experiencias adolescentes. Según ha explicado en varias entrevistas, él mismo estuvo muy enamorado de una criada bilbaína, Antonia, que le sirvió de inspiración para dar vida a la fascinante Pepita. Al igual que Sacha, se dejaba caer por Pompe para coger a las españolas de la mano y pasar las horas muertas contemplándolas y aprendiendo.

Artista polifacético, fotógrafo, actor, escritor y bon vivant irredento, Banier publicó su primera novela (Les résidences secondaires) con 21 años, obteniendo de inmediato un éxito notable y el respaldo de escritores como Louis Aragon o Samuel Beckett, aunque hoy es más conocido por su trabajo como fotógrafo y por algún que otro escándalo mediático.

En cuanto a Las españolas del metro Pompe, la imaginación desbordante de Sacha se traduce en un estilo narrativo donde las imágenes y las palabras salen a borbotones, como fogonazos. Esta pirotecnia lingüística se acentúa hacia la mitad de la novela, alcanzando sus cotas más altas en el delirio imaginativo final. La orgía surrealista del lenguaje que nos impone Banier hace que muchas veces tengamos que parar a tomar aire unos instantes, dejar reposar la lectura, y así, poder regresar con fuerza para recibir la siguiente ocurrencia.

“El tótem de Violeta, transformado en serpiente, se inclina por debajo de nuestras cabezas, todas las bocas quieren mordernos. Vuelve a tocar su aria, que oigo en mi duermevela. Su serpiente levanta la cabeza, me persigue. Corro a refugiarme detrás de ella, fugitivo que, confundido por el miedo, toma al atacante como escudo. Hunde sus dedos en mi pelo, desciende por debajo de mi camisa a lo largo de mi espalda sudada, tira una sábana sobre nosotros, el montón se deshace. Nos agarra del pelo a Pedro y a mí para protegernos de una cascada de objetos, estamos bajo sus brazos plegados como las alas de un cisne. Choca nuestras cabezas, las aprieta contra su pecho. Mi siamés me mira tan de cerca que me da la impresión de tener un tercer ojo. Granizo de dentaduras: ha soltado el hilo que los unía a la serpiente.”

De todas formas, Banier ya nos avisa de sus propósitos en la cita de Wilde que abre su relato: “Me gustaría escribir una novela que fuese tan encantadora y tan irreal como una alfombra persa.” Desde luego, consigue que la acción escape con frecuencia de la realidad, pero hablándonos a la vez de temas tan palpables como el amor, los celos, el dinero o la muerte, dibujando un universo por el que planea oculta la tristeza.

Creo que es con esa expectativa de irrealidad con la que hay que acercarse a esta novela, que en su sorprendente tramo final me ha recordado mucho al surrealismo de Buñuel en El ángel exterminador; un estudio de las pasiones humanas y su inevitable puesta en escena a la menor ocasión.

Las españolas del metro Pompe, François-Marie Banier
Traducción  de Aloma Rodríguez
Libros del Silencio, 2012, 224 páginas, 16