jueves, 29 de marzo de 2012

Las españolas del metro Pompe




¿Quién no se ha enamorado siendo un niño de su profesora, de alguna amiga de su madre o de esa compañera tan guapa de su hermana mayor? Sacha, en cambio, tiene unos referentes más exóticos: las españolas que llegan al París de finales de los cincuenta para servir en las casas de la burguesía. El atormentado protagonista de esta novela -a quien su familia no presta ninguna atención- tiene la costumbre de frecuentar la boca de metro de la estación de Pompe, el lugar de reunión de sus “perlas”, para admirarlas y escuchar sus confidencias.

“En sus gritos se mezclan oraciones, genuflexiones, santiguamientos. En un momento, sus sermones toman la velocidad del maremoto. Se maldicen, se hinchan bocas, pechos, gargantas. Luego, sin razón aparente, cuando se acerca la hora de la cena, de pronto se tranquilizan. Todo baja, como un soufflé. ¡Y sin intervención de la policía, por favor! Me gusta esa rabia, ese Guernica, el «Huracán Pompe». En sus gritos de vírgenes del Neandertal amenazan con arrancarse los huevos y tirárselos a la cara. Una se embala, la otra se desata. No es cuestión de batirse en retirada hacia el mercado, una misa, o con cualquier otra excusa.”

Con trece años, ha caído profundamente enamorado de una de estas fascinantes criaturas: Pepita, una bella y misteriosa pamplonesa mayor que él. Será Sacha quien le busque trabajo en casa de unos vecinos, dos pisos más arriba de la suya, para tenerla en observación. Con esta lograda cercanía, da rienda suelta a su obsesión amorosa y trazará los planes más peregrinos y las jugadas más complicadas para intentar conquistarla para siempre, lo que acabará provocando un final tan impredecible como surrealista.




François-Marie Banier (París, 1947) publicó esta novela en 2006 y plasmó en ella buena parte de sus experiencias adolescentes. Según ha explicado en varias entrevistas, él mismo estuvo muy enamorado de una criada bilbaína, Antonia, que le sirvió de inspiración para dar vida a la fascinante Pepita. Al igual que Sacha, se dejaba caer por Pompe para coger a las españolas de la mano y pasar las horas muertas contemplándolas y aprendiendo.

Artista polifacético, fotógrafo, actor, escritor y bon vivant irredento, Banier publicó su primera novela (Les résidences secondaires) con 21 años, obteniendo de inmediato un éxito notable y el respaldo de escritores como Louis Aragon o Samuel Beckett, aunque hoy es más conocido por su trabajo como fotógrafo y por algún que otro escándalo mediático.

En cuanto a Las españolas del metro Pompe, la imaginación desbordante de Sacha se traduce en un estilo narrativo donde las imágenes y las palabras salen a borbotones, como fogonazos. Esta pirotecnia lingüística se acentúa hacia la mitad de la novela, alcanzando sus cotas más altas en el delirio imaginativo final. La orgía surrealista del lenguaje que nos impone Banier hace que muchas veces tengamos que parar a tomar aire unos instantes, dejar reposar la lectura, y así, poder regresar con fuerza para recibir la siguiente ocurrencia.

“El tótem de Violeta, transformado en serpiente, se inclina por debajo de nuestras cabezas, todas las bocas quieren mordernos. Vuelve a tocar su aria, que oigo en mi duermevela. Su serpiente levanta la cabeza, me persigue. Corro a refugiarme detrás de ella, fugitivo que, confundido por el miedo, toma al atacante como escudo. Hunde sus dedos en mi pelo, desciende por debajo de mi camisa a lo largo de mi espalda sudada, tira una sábana sobre nosotros, el montón se deshace. Nos agarra del pelo a Pedro y a mí para protegernos de una cascada de objetos, estamos bajo sus brazos plegados como las alas de un cisne. Choca nuestras cabezas, las aprieta contra su pecho. Mi siamés me mira tan de cerca que me da la impresión de tener un tercer ojo. Granizo de dentaduras: ha soltado el hilo que los unía a la serpiente.”

De todas formas, Banier ya nos avisa de sus propósitos en la cita de Wilde que abre su relato: “Me gustaría escribir una novela que fuese tan encantadora y tan irreal como una alfombra persa.” Desde luego, consigue que la acción escape con frecuencia de la realidad, pero hablándonos a la vez de temas tan palpables como el amor, los celos, el dinero o la muerte, dibujando un universo por el que planea oculta la tristeza.

Creo que es con esa expectativa de irrealidad con la que hay que acercarse a esta novela, que en su sorprendente tramo final me ha recordado mucho al surrealismo de Buñuel en El ángel exterminador; un estudio de las pasiones humanas y su inevitable puesta en escena a la menor ocasión.

Las españolas del metro Pompe, François-Marie Banier
Traducción  de Aloma Rodríguez
Libros del Silencio, 2012, 224 páginas, 16

martes, 20 de marzo de 2012

El último de los chicos del pelo largo




La novísima editorial catalana Cómplices, capitaneada por Jordi Iglesias, acaba de lanzar al mercado su cuarto libro: El último enemigo, un clásico de la literatura de la Segunda Guerra Mundial. En este relato biográfico, el piloto Richard Hillary (1919-1943) repasa dos años de su vida -los más cruciales-, transportándonos desde el ambiente prebélico inglés de 1938 hasta los más crudos bombardeos alemanes sobre Londres.

El joven Hillary vive despreocupado con sus compañeros en el elitista Trinity College de Oxford los meses previos a la guerra, más dedicado a las disciplinas deportivas que ofrece el campus, como el remo, que a sus clases: “Cuanto más me entrenaba para perfeccionar mi técnica como remero, más se debilitaba mi mente para apreciar algo más que la carne roja y una buena cama.” Estas distracciones son alternadas con las prácticas de vuelo en el Centro Aéreo de Oxford, una experiencia decisiva en su vida.

Una vez declarada la guerra a Alemania, asistimos a su larga formación como piloto en distintas escuelas militares de vuelo distribuidas por la costa británica, a su relación con los compañeros y disfrutamos con las numerosas anécdotas del grupo, propias de muchachos con mucho entusiasmo pero poca experiencia. Tras completar su adiestramiento, será asignado a un escuadrón de cazas y entrará por fin en combate. Sin embargo, a pesar de sus primeros éxitos aéreos, no tardará en caer derribado en la batalla de Inglaterra. En septiembre de 1940, su aparato es alcanzado por un Messerschmitt y Hillary sufre graves quemaduras en la cara y las manos.


El Spitfire de Hillary. Ilustración: G. Marie


Aquí empieza el peregrinaje del autor por numerosos quirófanos y salas de recuperación para intentar reparar los daños sufridos. Es en esta parte donde presenciamos la paulatina transformación del autor, la pérdida de la inocencia juvenil y un cambio de rumbo interior sin posibilidad de marcha atrás. Tanto su particular toma de contacto con la guerra como la influencia de sus compañeros serán fundamentales en esta poderosa catarsis, que hará del descreído Richard una nueva persona.

“Yo digo que lucho en esta guerra porque creo que, en la guerra, uno puede desarrollar rápidamente todas sus facultades hasta un punto al que en circunstancias normales tardaría toda una vida en llegar. Y para hacerlo, debes ser tan libre de interferencias externas como sea posible. Es por eso por lo que estoy en las fuerzas aéreas. Porque en un Spitfire volvemos a la guerra tal como debería ser: si es que se puede hablar de la guerra tal como debería ser. Volvemos al combate individual, a la confianza en uno mismo, a ser completamente responsables de nuestro propio destino.”

Este relato contiene ingredientes que pueden despertar el interés de un público heterogéneo, como demuestra el gran éxito que obtuvo tras su publicación en 1942. Los amantes de la literatura bélica disfrutarán con las minuciosas descripciones de los preparativos para la batalla, las técnicas de entrenamiento y los combates aéreos, donde aparecen un sinfín de aparatos legendarios: Spitfires, Hurricanes, Lysanders, Blenheims y muchos otros. También los lectores de biografías, que encontrarán en este libro unas memorias atípicas si las comparamos con otros testimonios de las últimas grandes guerras, en la línea de las recientes publicaciones de Minúscula (Guerra del 15, de Giani Stuparich) y de Libros del Silencio (Compañía K, de William March).

La narración es muy fluida y consigue una empatía del lector tanto con el joven a ratos prepotente y mordaz de Oxford como con el piloto caviloso en busca de ideales. No en vano Richard Hillary ansiaba ganarse la vida como escritor tras la guerra. Desgraciadamente, no pudo alcanzar su sueño; tras recuperarse de las heridas, murió en un entrenamiento aéreo nocturno a las pocas semanas de volver al servicio activo. Solo tenía veintitrés años.

El último enemigo, Richard Hillary
Traducción  de Nuria Parés
Cómplices, 2012, 224 páginas, 15,90

viernes, 9 de marzo de 2012

Una leyenda nórdica de carne y hueso




La editorial Funambulista, en su loable rescate de obras poco conocidas -o inéditas en español- de autores clásicos, como Austen, James, Conrad o Strindberg, acaba de publicar La leyenda de una casa solariega, de Selma Lagerlöf (1858-1940). La escritora sueca es mundialmente conocida por su libro para niños El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, pero si exceptuamos esta obra y novelas como Jerusalén o La saga de Gösta Berling, se trata de una autora muy poco editada en España.

Las tierras nórdicas siempre han sido propicias para las sagas mitológicas y las leyendas. Selma aprovecha esta tradición para contarnos una fábula poética con personajes de carne y hueso. Gunnar Hede, un estudiante cuya única pasión es la música de su violín y que vive angustiado por la posible pérdida de la mansión familiar a causa de las deudas, cae en la locura. En su periplo por las tierras de Dalecarlia como buhonero, rescata a la joven Ingrid Berg de la tumba (algo bastante gótico, por cierto). Esta deuda provocará en Ingrid el deseo de curar a Gunnar cueste lo que cueste.

“Su presencia, que percibía como algo del todo real, la convenció por completo de que él la protegía y velaba por ella. Y esta grata certeza anuló toda la desesperación en que la habían sumido las duras palabras de su madre adoptiva.
Ingrid sintió cómo la devolvían a la vida. Tenía derecho a vivir, porque alguien la quería.
Y así sucedió que, cuando entró en la cocina de Munkhyttan, sus mejillas habían adquirido un rubor rosado y sus ojos un brillo deslumbrante. A pesar de su aspecto extremamente frágil, débil y transparente, se la veía tan bella como una rosa recién abierta.”

La novela tiene una gran carga autobiográfica. La Nobel sueca también tuvo que luchar duro para recuperar Mårbacka -la casa familiar-, vendida tras la muerte de su padre para aliviar la mala situación financiera. De hecho, su carrera literaria se debe en parte a la necesidad de conseguir el dinero suficiente para lograr este propósito. Además, tanto Gunnar como Selma comparten su pasión por el arte, aunque con consecuencias bien distintas. En el postfacio de este libro se exponen de forma precisa más analogías.


 Selma Lagerlöf en 1881 (una posible Ingrid). Foto: Anna Ollson


A fin de evitar sorpresas, que nadie espere encontrar en este texto una novela de aventuras ni una acción trepidante. Lo que sí hallará es una lucha entre la locura y el arte, entre el pecado y la redención, así como un progresivo rescate del protagonista por medio del amor. Este combate entre el bien y el mal, junto a la fuerza psicológica de Ingrid, que es puesta a prueba en numerosas ocasiones, nos remonta al mito clásico de la Bella y la Bestia.

“Los que la veían resplandecer de felicidad, casi querían creer que el que la saludaba era un hombre maravilloso, y no un loco. Luego comentarían cómo parecía haberse establecido una conexión entre el alma de él y la de ella, una ligazón secreta tan profundamente arraigada en lo inconsciente, que ninguna mente humana podía captarla.”

El universo fantástico de Selma Lagerlöf se va dosificando en la narración realista mediante guiños a la mitología escandinava (alusiones a faunos de los torrentes), por medio de las visiones más o menos inconscientes de Ingrid, o con la aparición de extrañas criaturas, como la mujer-murciélago que parece dominar la mansión de Munkhyttan. Junto a estos elementos, la música y el paisaje cobran una importancia extrema como metáforas de los sentimientos de cada uno de los personajes.

Al final, como toda fábula que se precie, asistimos a la exaltación de ciertos valores como la bondad, el trabajo y sobre todo, el amor. Quizá en nuestros días este planteamiento pueda parecernos un poco naíf o trasnochado, sensiblero incluso, lo que no quita para encontrarnos con sentencias así de terribles y contundentes: “Aquel a quien nadie ama no tiene derecho a vivir.” Los clásicos es lo que tienen…

La leyenda de una casa solariega, Selma Lagerlöf
Traducción y postfacio de Elda García-Posada
Funambulista, 2012, 200 páginas, 21

lunes, 5 de marzo de 2012

La señorita Else




“La verdad es que soy una snob. Papá también lo cree así y se ríe de mí. Ay, querido papá, me preocupas mucho. ¿Habrá engañado alguna vez a mamá? Seguro que sí. Varias veces. Mamá es bastante tonta. De mí no tiene ni idea. Y otras personas tampoco la tienen.”

La que habla así es Else, la protagonista de esta novela corta de Schnitzler, una joven vienesa de diecinueve años, aparentemente frívola y consentida. Toda la acción se desarrolla en un hotel de San Martino de Castrozza, cerca de la frontera austroitaliana, un destino turístico bastante popular entre las clases acomodadas austríacas a comienzos del siglo pasado. Allí Else está pasando unas tranquilas vacaciones en compañía de su tía Emma y su primo Paul. Pero la llegada de una carta apremiante de su madre pronto transformará este apacible retiro en una pesadilla.

Casi la totalidad de la obra utiliza el recurso del monólogo interior de la protagonista. Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931) fue el introductor de esta técnica en la narrativa alemana con una novela anterior, El teniente Gustl (1900). Lejos de anquilosarse con el empleo sistemático de este soliloquio, el ritmo narrativo es vivo y las emociones ascienden y se desvanecen siguiendo el reflejo fiel de los pensamientos recurrentes de la joven. El escritor vienés nos va mostrando una Else desconocida, madura y responsable, bien distinta de la imagen superficial que puede dejar en una primera impresión.

“… ¿Pero dónde tengo la pitillera? Ahí vienen Cissy y Paul. Sí, ella tiene que cambiarse de una vez para el “dinner”, si no, hubieran seguido jugando a oscuras. No me ven. ¿Qué le estará diciendo él? ¿Por qué se ríe ella tan tontamente? Sería divertido escribir a su marido en Viena una carta anónima. ¿Sería yo capaz de algo así? Jamás. ¿Quién sabe? Ahora me han visto. Les hago un gesto. Ella se enfada al verme tan bonita. Qué cohibida se siente.
            -¿Cómo, Else, ya arreglada para la cena?
            ¿Por qué dice ahora cena y no dinner? Ni siquiera es consecuente.
            -Ya ve, señora Cissy.
            -Estás realmente encantadora, Else, tendría muchas ganas de hacerte la corte.
            -Ahórrate la molestia, Paul, y dame en cambio un cigarrillo.”

La novela posee una gran profundidad psicológica. No en vano, en su etapa como médico, Schnitzler fue ayudante del psiquiatra Theodor Meynert -uno de los maestros del controvertido Sigmund Freud-, e investigó en temas como el uso de la sugestión y la hipnosis. El propio Freud se declaró devoto admirador de las obras del escritor, con quien mantuvo una relación epistolar, aunque parece ser que la admiración no era del todo recíproca, ya que Schnitzler no compartía algunos de los postulados del padre del psicoanálisis.




En La señorita Else también aparecen con fuerza dos de los temas tradicionales del vienés: el erotismo y la muerte. No puedo entrar en más detalles sin desvelar el argumento. Sólo diré que estos elementos le sirven de vehículo para realizar una crítica despiadada de los usos y costumbres de buena parte de la sociedad vienesa que retrata. Este texto nos habla de las motivaciones humanas y del precio que cada uno está dispuesto a pagar para lograr sus metas. Quizá el final de la novela nos pueda parecer anacrónico en pleno siglo XXI, pero no por ello es menos poderoso hoy que en 1924, cuando fue publicada la obra.

La señorita Else, Arthur Schnitzler
Traducción de Miguel Sáenz
Acantilado, 2001, 112 páginas, 8

jueves, 1 de marzo de 2012

Tráiler literario invitado (2)

Un buen tráiler, ya sea de una película o de un libro, ha de mostrarnos fugazmente los ingredientes de la trama, hablarnos de los personajes, insinuar más que desvelar, pero sobre todo debe dejarnos con ganas de averiguar más.

En el ejemplo de hoy, se recrea a la perfección el ambiente frívolo de la relamida burguesía rural británica que destila la novela. Una acertada selección de todos los elementos (música, ilustraciones, comentarios, tipografía y diseño gráfico), junto a un par de frases afortunadas, típicas de las fajas de promoción, provocan unas ganas tremendas de salir corriendo a asaltar la librería más cercana.



Reina Lucía, de E. F. Benson (Impedimenta, 2011)

miércoles, 22 de febrero de 2012

Dickens enamorado




Hablar de Charles Dickens es hablar del gran novelista de la Inglaterra victoriana, un escritor que plasmó y criticó como nadie el coste social que supuso la Revolución Industrial. Reverenciado en su país, se han realizado infinidad de estudios sobre sus obras y su vida, pero los libros que ahondan en sus relaciones amorosas no son tan frecuentes.

Fórcola Ediciones acaba de publicar el ensayo biográfico Dickens enamorado, que analiza la correspondencia privada -inédita hasta ahora en español- entre el escritor y Maria Beadnell, el amor de juventud que tanto influiría en su vida. Estas cartas, rescatadas del olvido y de la censura familiar, fueron publicadas en Boston en edición limitada en 1908. Amelia Pérez de Villar las ha traducido y, a través de ellas, nos proporciona un retrato ampliamente documentado sobre el Dickens menos conocido, incidiendo en las conexiones entre su vida sentimental, su obra literaria y los rasgos más ocultos de su carácter.


Maria Beadnell / Dora


Así, repasamos una infancia marcada por los continuos cambios de domicilio y las penurias económicas a causa de las deudas del padre, que finalmente dio con sus huesos en la cárcel cuando el pequeño Charles tenía sólo doce años, lo que le obligó a emplearse en una fábrica de betún para ayudar a mantener a su familia. Todas estas experiencias le marcaron tanto que no las mencionó hasta más de veinte años después, aunque en contrapartida le proporcionaron abundante material literario para obras como Oliver Twist o Nicholas Nickleby.

En 1830, cuando ya trabajaba como periodista, conoció a Maria. Sus padres se opusieron a esta relación (que siguió clandestinamente en forma epistolar hasta 1833) al estar Dickens un peldaño por debajo en la escala social y no tener un claro futuro que ofrecer a su hija. Perdidamente enamorado como estaba, fue un golpe muy duro, pero le sirvió de estímulo definitivo para lanzarse a la conquista de ese mundo que se le negaba y al que él creía pertenecer por derecho. Años más tarde la inmortalizaría como Dora Spenlow en su famosísimo David Copperfield (alter ego del propio Dickens).

Esta relación ocupa el capítulo más extenso del libro, pero este ensayo también analiza el resto de relaciones amorosas de Dickens, ya fueran platónicas o no. Así, asistimos a su matrimonio en 1836 con Catherine Hogarth, con quien tuvo la friolera de diez hijos, a la que amó durante un tiempo pero de la que acabó separándose por incompatibilidad manifiesta de caracteres, entre otros motivos. La hiperactividad y la ansiedad que Dickens arrastraba desde su infancia, le obligaba a estar constantemente en movimiento, con continuos viajes al extranjero (Francia, Italia, Suiza, Estados Unidos) y numerosos cambios de casa, un ritmo que Katie no podía seguir.


Catherine Hogarth


También profundizamos en la peculiar e intensa relación con sus dos cuñadas: adoraba a Mary y su muerte prematura en 1837 supuso un enorme mazazo para él, mientras que Georgina le acompañaría fielmente durante toda su vida. Así mismo, vemos con asombro como en 1855 Maria Beadnell vuelve a aparecer en su vida cuando ya su matrimonio hacía aguas por todas partes (no revelo más…).

Como colofón, Amelia Pérez de Villar describe la última historia sentimental conocida de Dickens: la relación casi clandestina que mantuvo con la actriz Nelly Ternan, veintisiete años menor que él. Este amorío final supuso un pequeño escándalo en su círculo íntimo y le conllevó la pérdida de numerosas amistades. Por su parte, la familia del escritor trató de proteger su reputación, negando siempre el romance, y la propia Nelly destruyó sus cartas tras la muerte de Dickens en 1870.


Nelly Ternan


Dickens enamorado es, en suma, un ensayo muy elocuente, riguroso y con una gran labor de documentación detrás. La historia, rica en detalles y anécdotas, se sigue de forma amena. Además, la autora no deja cabos sueltos en la investigación, como cuando documenta con varios datos las controvertidas relaciones de Dickens con prostitutas a lo largo de su vida, un dato oscuro en su biografía. El rigor del relato y la posibilidad de ver al autor inglés como si fuera un personaje más de una de sus novelas por entregas hacen de esta biografía un libro altamente recomendable para lectores curiosos en el año del bicentenario del escritor.

Dickens enamorado, Amelia Pérez de Villar
Fórcola, 2012, 192 páginas, 19,50

viernes, 17 de febrero de 2012

Luchar por un sueño




La protagonista de esta novela, Florence Green, comete el gran pecado de abrir una pequeña librería -la primera del pueblo- en Hardborough, un minúsculo pueblecito de la costa este británica. Se trata de una viuda “pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás”, pero que resulta ser un verdadero ejemplo de tenacidad. Tras comprar para tal fin un vetusto edificio que lleva años abandonado, húmedo y con fenómeno paranormal incluido (algo muy british), no tarda en toparse con la resistencia de buena parte del pueblo, que harán de su empeño una verdadera carrera de obstáculos. Corre el año 1959, y con el casi único apoyo de Christine, una ayudante de diez años algo resabiada, tendrá que hacer frente a toda una sutil operación de acoso y derribo. Pero cuando decide poner a la venta la polémica edición de Olympia Press de Lolita de Nabokov, prohibida en Francia y Gran Bretaña sólo unos años atrás, la situación se desborda.

“-No creo que los hombres sean mejores jueces que las mujeres –dijo Florence-. Pero pasan mucho menos tiempo lamentándose de sus decisiones.
-He tenido tiempo de sobra para tomar la mía. Pero nunca he tenido problemas para llegar a una conclusión. Deje que le diga qué es lo que admiro del ser humano. Lo que más valoro es la virtud que comparten con los dioses y con los animales, y que, por tanto, no debería considerarse una virtud. Me refiero al coraje. Usted, señora Green, tiene esa cualidad en abundancia.”

Penelope Fitzgerald (1916-2000) vertió en la obra su propia experiencia como librera en Southwold, un pueblo costero en el mismo condado de Suffolk donde transcurre la historia. Esta amena escritora inglesa publicó su primera novela, The Golden Child, a los sesenta años. Se dice que la escribió para entretener a su marido enfermo de cáncer, que murió poco después. En los años siguientes publicó varias novelas con ciertas dosis autobiográficas, como La librería (1978), que la encumbraron a la altura de figuras como Iris Murdoch o A. S. Byatt.

En mi opinión, también comparte el fino sentido de la ironía de su coetánea Muriel Spark, aunque manejado de una forma algo menos vitriólica. En esta novela en concreto, da un buen repaso a la sociedad británica de la época, con una crítica mordaz a los convencionalismos estancados, a las redes de influencias y a la hipocresía de abogados, banqueros y cierta clase “alta” trasnochada. Como ejemplo ilustrativo, recomiendo el demoledor cruce de cartas entre Florence y su abogado, el señor Thornton (pág. 125 a 129).




Así mismo, destaca su maestría en la creación de personajes. Con las pinceladas precisas aparecen tipos sorprendentes como Raven o el señor Brundish, entrañables como el boy scout Wally, mezquinos como la intrigante Violet Gamart, indolentes como Milo North o patéticos como el General.

“Resumiendo, se había engañado a sí misma al dejarse convencer, por un momento, de que los seres humanos no se dividen en exterminadores y exterminados, y que los exterminadores tienden a colocarse en la situación dominante en cuanto pueden. La fuerza de voluntad es inútil si no se va a algún lado. Y la suya estaba en unos niveles tan bajos que ya no era capaz de darle las instrucciones necesarias para poder sobrevivir.”

Es una lectura entretenida, aunque a veces pueda parecer un poco lenta, pero creo que es un efecto buscado adrede por Fitzgerald para recalcar el ambiente anodino de Hardborough, donde “uno no podía tomarse una ración de Fish and Chips, ni había tintorería, ni siquiera cine, excepto un sábado por la noche de cada dos”, y de buena parte de sus habitantes.

Por último, un guiño para los que lean la novela. Borges dijo una vez que siempre imaginó que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca. Está claro que no había nacido en Hardborough…

La librería, Penelope Fitzgerald
Traducción de Ana Bustelo
Impedimenta, 2010, 192 páginas, 18,40