miércoles, 2 de mayo de 2012

La esposa diminuta: Manual para náufragos existenciales




¿Alguien ha oído hablar del realismo mágico canadiense? ¿Puede que tenga su origen en Ontario? Me explicaré. Imaginen a un hombre normal -si descontamos su llamativo sombrero morado- que entra en una sucursal bancaria del centro de Toronto. De repente, revólver en mano, dispara al techo y exige a los presentes que le entreguen el objeto con mayor valor sentimental para cada uno de ellos (no quiere dinero, mal empezamos). Una vez satisfechas las exigencias del misterioso ladrón, todos los clientes salen aparentemente indemnes de este inusual atraco. Sin embargo, no tardarán en sufrir las consecuencias: maridos que se tornan muñecos de nieve, tatuajes que cobran vida y persiguen a su propietaria, esposas que resultan ser extrañamente dulces o pobres diablos a la caza de sus corazones, aún palpitantes, a través del tráfico.

Y además tenemos a Stacey Hinterland, que se percata de que está menguando día a día. En este microcosmos kafkiano cabe esperar cualquier situación y los giros más sorprendentes, y la verdad es que la imaginación desbordante de Andrew Kaufman no decepciona. Con una prosa envolvente y precisa, nos sumerge con facilidad en la angustia vital de cada una de las criaturas que desfilan por la obra. Los esfuerzos individuales por salir de esta pesadilla originarán a lo largo de la novela diversos encontronazos entre las víctimas del atracador. Cada una de ellas se verá obligada a replantearse la realidad, a tomar decisiones y a apechugar con las consecuencias de sus actos, ya sea para bien o para mal.

En realidad, este relato es una fábula sobre cómo la vida cotidiana hace que a veces perdamos el norte, nos dejemos arrastrar por los acontecimientos y no reaccionemos hasta descubrir que en realidad lo más importante, lo que nos hace verdaderamente especiales, es el amor que nos ofrecen los demás.

Volviendo a mi pregunta inicial, no, la verdad es que el realismo mágico no ha rebrotado en Canadá. Simplemente asistimos al uso de la magia por parte de Kaufman como metáfora de muchas relaciones de pareja, de la soledad o de la angustia vital (a destacar que parte del botín del hombre del sombrero morado sea una copia manoseada de El extranjero de Camus). Así pues, cada situación surrealista no es más que una suerte de subconsciente ansioso luchando a tiempo completo por salvar vidas o empezar de cero.




En cuanto a las ilustraciones, obra de Tom Percival, tanto su aparente sencillez (todas son siluetas en blanco y negro) como su dinamismo resultan ser el contrapunto perfecto para la narración. Para los curiosos, no está de más dejarse caer por la web del artista (http://tom-percival.com/) para ver toda la fuerza de sus otros trabajos y una muestra de la primera idea que había pensado para ilustrar -a todo color- las aventuras de esta mujer menguante.


Kaufman fotografiado por Lee Towndrow 


Andrew Kaufman (Wingham, Canadá), además de escritor, es director y productor de radio; actualmente trabaja como productor en la CBC Radio de Toronto. Entre sus obras destacan Todos mis amigos son superhéroes (2003), traducida a varios idiomas, y La Biblia impermeable (2009). La esposa diminuta (2010) es un buen ejemplo de su peculiar inventiva, aderezada siempre con un fino, mordaz, y a veces macabro, sentido del humor. Para los que busquen una historia nada convencional que les evada por un momento de la cruda realidad cotidiana, este es el relato ideal. Además, recomiendo un paseo por la atípica página web del autor (http://www.severalmomentslater.com/), un prodigio de minimalismo, fotos retro y detalles curiosos.

Por último, en esta ocasión no voy a incluir citas del libro para ilustrar la reseña, sino el tráiler de promoción, muy atractivo, en el que la animación habla por sí sola:




La esposa diminuta, Andrew Kaufman
Traducción de Leticia García Guerrero
Ilustraciones de Tom Percival
Capitán Swing, 2012, 104 páginas, 16,50

jueves, 26 de abril de 2012

Editoriales independientes (3):
El Olivo Azul

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Siguiendo con la presentación de sellos independientes españoles, en esta ocasión haremos un viaje por tierras andaluzas. El Olivo Azul es la aventura personal de Eduardo Moreno, que se gestó en tierras sevillanas y comenzó su andadura en Octubre de 2007, con el apoyo de sus dos socios: José Castillo y Francisco Rincón.

Eduardo Moreno, criado en Dublín, trabajó durante varios años como traductor para grandes editoriales en Oxford. En este periodo, comprobó que existía un amplio hueco en el sector editorial nacional. A diferencia de otros países europeos, el lector español carecía de un buen número de libros de referencia que en otras tierras eran consideradas obras fundamentales en la evolución de la Literatura. Así pues, tras dos años de preparativos, se lanzó finalmente al rescate de estas obras de autores europeos modernos y contemporáneos, que se hallaban inéditas, descatalogadas o bien estaban disponibles pero en pésimas traducciones.

Frente a la saturación endémica del mercado, Moreno apostó por la calidad, poniéndose como meta publicar pocos títulos (unos 12 al año), pero bien elegidos y mimados en todos sus aspectos, cuidando mucho las traducciones y el diseño –lleno de imágenes que evocan ediciones de otras épocas-, con ese azul suave de las cubiertas, marca de la casa.




Su nómina de escritores es muy variada. Como anuncian en su web, buscan autores grandes, oscuros, invisibles, felices y torturados. En su amplio catálogo encontramos clásicos bien asentados como Chesterton, Conrad, Zola o Capek, junto a almas de vida fugaz y rocambolesca, como Apollinaire, Cravan o Crane. El denominador común es la singularidad de los libros, obras que en su día pretendieron agitar al lector, provocarle un debate interno, agitar las conciencias y nunca dejarle indiferente.

El Olivo Azul, que ahora tiene su sede en Córdoba, posee dos colecciones:

Narrativas: Su buque insignia, en el que dan especial atención a las formas breves (novela corta y relatos), ya que entienden -como yo- que estas formas suponen lo más sobresaliente de la literatura moderna. Sin embargo, no excluyen las narraciones más extensas.




Errantes: Para no limitarse al terreno de la narrativa, en 2009 lanzaron esta colección, centrada en la idea de los viajes en todas sus posibles facetas: reales, interiores y de ideas. Consta de libros de ensayo, aforismos, diarios, viajes y memorias, que el editor define como una guía de perplejos.




Así mismo, una vez asentados en el negocio editorial y conseguido ya el prestigio entre libreros, lectores y crítica, en 2010 comenzaron a editar a autores contemporáneos de lengua española. Eduardo Moreno pretende alcanzar de este modo un equilibrio entre la “arqueología literaria” y la apuesta por voces singulares de la literatura en castellano, como Andrés Sorel o Gabriel Sofer.




Espero que el nivel de exigencia siga tan alto como hasta ahora. No en vano, para este editor el listón al que llegar lo marcan sellos como Siruela, Acantilado, Nórdica o Libros del Asteroide. Ahí es nada…


viernes, 20 de abril de 2012

El zoo trágico




“Convertirme en un caballo, galopar a través de la arboleda; pero tienes la cabeza en otro lado, repleta de pensamientos traviesos en un lugar donde reina la libertad, donde todo son gestas y una fuerza victoriosa, y de pronto estalla un ruido agudo, no muy alto pero tan persistente que incluso el galopar más incontrolado se detiene al percibirlo, y tu corazón pierde un latido al fondo de tu pecho.”

Quien rememora estas ensoñaciones de la infancia es Vera, la protagonista absoluta de El zoo trágico. Esta novela (publicada en 1907 e inédita hasta ahora en castellano) es un conjunto de nueve relatos que pueden leerse por separado, pero que juntos constituyen los capítulos de las memorias ficticias de infancia de Lidia Zinovieva-Annibal.

Hija de terratenientes, la inocente Vérochka de las primeras narraciones nos describe sus tomas de contacto con la Naturaleza y los animales durante las largas temporadas que pasa con su nutrida familia en la gran finca de verano. La vida en San Petersburgo le aburre, y cada año espera con ansiedad el buen tiempo para disfrutar con la belleza de esa vida rural en una Rusia ya pre-revolucionaria. Sin embargo, el dolor y la amargura no tardan en llegar, pues todos los pequeños animales que desfilan en este zoo estival (oseznos, grullas, lobos) van pereciendo víctimas del comportamiento humano, tantas veces brutal; de ahí el título del libro.

Conforme avanza esta historia de aprendizaje, podemos comprobar la evolución de una niña dulce y sensible hacia una Vera adolescente llena de rebeldía, mentirosa y cruel, que se distancia cada vez más de su madre. Esta transformación llega a su clímax en el capítulo más extenso (el mejor, en mi opinión) -titulado El diablo- donde la protagonista se muestra fuera de control, ladrona, calculadora y perversa, enfrentándose cada vez con más tesón a institutrices y compañeros de estudios, lo que la forzará finalmente a un peregrinaje por diferentes colegios, incluso fuera de Rusia. También destaca el desarrollo de la conciencia moral en la joven Vérochka, anticipo de la lucha de clases que no tardará en estallar en su país para cambiarlo todo.


Lidia Zinovieva-Annibal 


La narración revela la parte más oscura del aprendizaje en la niñez, junto a un buen muestrario de dificultades a las que debía hacer frente la mujer rusa de la época, ya que crecía en un entorno dominado por hombres. En cuanto al estilo, Zinovieva emplea una prosa clara, sencilla, evocadora, casi minimalista. Es también abundante el simbolismo, con frecuentes metáforas e imágenes sobre el feminismo, la rebeldía y la ruptura con el orden establecido.

Por otra parte, hay que destacar que la autora fue pionera en Rusia al mostrar en sus obras el tema del lesbianismo, que aquí aparece sutilmente retratado en los enamoramientos continuos de Vera: Dasha (hija de una de las sirvientas), su institutriz, la hija de un campesino o varias compañeras de colegio. Es este un asunto que ya había abordado con anterioridad de manera mucho más explícita en la novela corta Treinta y tres monstruos (1907), que estuvo prohibida durante buena parte de la etapa soviética, acusada de decadente y sexualmente perversa.

Como ya he apuntado, hay una fuerte carga autobiográfica en El zoo trágico. Lidia y Vera comparten el mismo origen de clase alta y experiencias vitales similares: esmerada educación con tutores e institutrices, fascinación por la vida en el campo, gran interés por los problemas de las clases menos favorecidas –no en vano Lidia murió de escarlatina tras trabajar como enfermera durante el verano de 1907, ayudando a los niños enfermos de los campesinos-, e incluso tendencias sexuales. Ambas comparten también una personalidad muy emotiva y algo excéntrica (la escritora, por ejemplo, solía lucir largas túnicas, que causaban admiración entre los invitados a “La Torre”, su afamado salón literario de los miércoles en San Petersburgo).

Los lectores que amen el estilo vital, expresionista (atentos al potente capítulo final) y los textos reivindicativos del papel de la mujer en la sociedad -al estilo de Virginia Woolf- no quedarán defraudados. No en vano, la breve obra de Zinovieva-Annibal (1866-1907) constituye un punto de referencia para la literatura femenina rusa de todo el siglo veinte. Y nosotros podemos disfrutar por fin de un espléndido fragmento gracias al buen hacer de Nevsky.

El zoo trágico, Lidia Zinovieva-Annibal
Traducción  de Vladímir Aly
Nevsky Prospects, 2012, 272 páginas, 20

jueves, 29 de marzo de 2012

Las españolas del metro Pompe




¿Quién no se ha enamorado siendo un niño de su profesora, de alguna amiga de su madre o de esa compañera tan guapa de su hermana mayor? Sacha, en cambio, tiene unos referentes más exóticos: las españolas que llegan al París de finales de los cincuenta para servir en las casas de la burguesía. El atormentado protagonista de esta novela -a quien su familia no presta ninguna atención- tiene la costumbre de frecuentar la boca de metro de la estación de Pompe, el lugar de reunión de sus “perlas”, para admirarlas y escuchar sus confidencias.

“En sus gritos se mezclan oraciones, genuflexiones, santiguamientos. En un momento, sus sermones toman la velocidad del maremoto. Se maldicen, se hinchan bocas, pechos, gargantas. Luego, sin razón aparente, cuando se acerca la hora de la cena, de pronto se tranquilizan. Todo baja, como un soufflé. ¡Y sin intervención de la policía, por favor! Me gusta esa rabia, ese Guernica, el «Huracán Pompe». En sus gritos de vírgenes del Neandertal amenazan con arrancarse los huevos y tirárselos a la cara. Una se embala, la otra se desata. No es cuestión de batirse en retirada hacia el mercado, una misa, o con cualquier otra excusa.”

Con trece años, ha caído profundamente enamorado de una de estas fascinantes criaturas: Pepita, una bella y misteriosa pamplonesa mayor que él. Será Sacha quien le busque trabajo en casa de unos vecinos, dos pisos más arriba de la suya, para tenerla en observación. Con esta lograda cercanía, da rienda suelta a su obsesión amorosa y trazará los planes más peregrinos y las jugadas más complicadas para intentar conquistarla para siempre, lo que acabará provocando un final tan impredecible como surrealista.




François-Marie Banier (París, 1947) publicó esta novela en 2006 y plasmó en ella buena parte de sus experiencias adolescentes. Según ha explicado en varias entrevistas, él mismo estuvo muy enamorado de una criada bilbaína, Antonia, que le sirvió de inspiración para dar vida a la fascinante Pepita. Al igual que Sacha, se dejaba caer por Pompe para coger a las españolas de la mano y pasar las horas muertas contemplándolas y aprendiendo.

Artista polifacético, fotógrafo, actor, escritor y bon vivant irredento, Banier publicó su primera novela (Les résidences secondaires) con 21 años, obteniendo de inmediato un éxito notable y el respaldo de escritores como Louis Aragon o Samuel Beckett, aunque hoy es más conocido por su trabajo como fotógrafo y por algún que otro escándalo mediático.

En cuanto a Las españolas del metro Pompe, la imaginación desbordante de Sacha se traduce en un estilo narrativo donde las imágenes y las palabras salen a borbotones, como fogonazos. Esta pirotecnia lingüística se acentúa hacia la mitad de la novela, alcanzando sus cotas más altas en el delirio imaginativo final. La orgía surrealista del lenguaje que nos impone Banier hace que muchas veces tengamos que parar a tomar aire unos instantes, dejar reposar la lectura, y así, poder regresar con fuerza para recibir la siguiente ocurrencia.

“El tótem de Violeta, transformado en serpiente, se inclina por debajo de nuestras cabezas, todas las bocas quieren mordernos. Vuelve a tocar su aria, que oigo en mi duermevela. Su serpiente levanta la cabeza, me persigue. Corro a refugiarme detrás de ella, fugitivo que, confundido por el miedo, toma al atacante como escudo. Hunde sus dedos en mi pelo, desciende por debajo de mi camisa a lo largo de mi espalda sudada, tira una sábana sobre nosotros, el montón se deshace. Nos agarra del pelo a Pedro y a mí para protegernos de una cascada de objetos, estamos bajo sus brazos plegados como las alas de un cisne. Choca nuestras cabezas, las aprieta contra su pecho. Mi siamés me mira tan de cerca que me da la impresión de tener un tercer ojo. Granizo de dentaduras: ha soltado el hilo que los unía a la serpiente.”

De todas formas, Banier ya nos avisa de sus propósitos en la cita de Wilde que abre su relato: “Me gustaría escribir una novela que fuese tan encantadora y tan irreal como una alfombra persa.” Desde luego, consigue que la acción escape con frecuencia de la realidad, pero hablándonos a la vez de temas tan palpables como el amor, los celos, el dinero o la muerte, dibujando un universo por el que planea oculta la tristeza.

Creo que es con esa expectativa de irrealidad con la que hay que acercarse a esta novela, que en su sorprendente tramo final me ha recordado mucho al surrealismo de Buñuel en El ángel exterminador; un estudio de las pasiones humanas y su inevitable puesta en escena a la menor ocasión.

Las españolas del metro Pompe, François-Marie Banier
Traducción  de Aloma Rodríguez
Libros del Silencio, 2012, 224 páginas, 16

martes, 20 de marzo de 2012

El último de los chicos del pelo largo




La novísima editorial catalana Cómplices, capitaneada por Jordi Iglesias, acaba de lanzar al mercado su cuarto libro: El último enemigo, un clásico de la literatura de la Segunda Guerra Mundial. En este relato biográfico, el piloto Richard Hillary (1919-1943) repasa dos años de su vida -los más cruciales-, transportándonos desde el ambiente prebélico inglés de 1938 hasta los más crudos bombardeos alemanes sobre Londres.

El joven Hillary vive despreocupado con sus compañeros en el elitista Trinity College de Oxford los meses previos a la guerra, más dedicado a las disciplinas deportivas que ofrece el campus, como el remo, que a sus clases: “Cuanto más me entrenaba para perfeccionar mi técnica como remero, más se debilitaba mi mente para apreciar algo más que la carne roja y una buena cama.” Estas distracciones son alternadas con las prácticas de vuelo en el Centro Aéreo de Oxford, una experiencia decisiva en su vida.

Una vez declarada la guerra a Alemania, asistimos a su larga formación como piloto en distintas escuelas militares de vuelo distribuidas por la costa británica, a su relación con los compañeros y disfrutamos con las numerosas anécdotas del grupo, propias de muchachos con mucho entusiasmo pero poca experiencia. Tras completar su adiestramiento, será asignado a un escuadrón de cazas y entrará por fin en combate. Sin embargo, a pesar de sus primeros éxitos aéreos, no tardará en caer derribado en la batalla de Inglaterra. En septiembre de 1940, su aparato es alcanzado por un Messerschmitt y Hillary sufre graves quemaduras en la cara y las manos.


El Spitfire de Hillary. Ilustración: G. Marie


Aquí empieza el peregrinaje del autor por numerosos quirófanos y salas de recuperación para intentar reparar los daños sufridos. Es en esta parte donde presenciamos la paulatina transformación del autor, la pérdida de la inocencia juvenil y un cambio de rumbo interior sin posibilidad de marcha atrás. Tanto su particular toma de contacto con la guerra como la influencia de sus compañeros serán fundamentales en esta poderosa catarsis, que hará del descreído Richard una nueva persona.

“Yo digo que lucho en esta guerra porque creo que, en la guerra, uno puede desarrollar rápidamente todas sus facultades hasta un punto al que en circunstancias normales tardaría toda una vida en llegar. Y para hacerlo, debes ser tan libre de interferencias externas como sea posible. Es por eso por lo que estoy en las fuerzas aéreas. Porque en un Spitfire volvemos a la guerra tal como debería ser: si es que se puede hablar de la guerra tal como debería ser. Volvemos al combate individual, a la confianza en uno mismo, a ser completamente responsables de nuestro propio destino.”

Este relato contiene ingredientes que pueden despertar el interés de un público heterogéneo, como demuestra el gran éxito que obtuvo tras su publicación en 1942. Los amantes de la literatura bélica disfrutarán con las minuciosas descripciones de los preparativos para la batalla, las técnicas de entrenamiento y los combates aéreos, donde aparecen un sinfín de aparatos legendarios: Spitfires, Hurricanes, Lysanders, Blenheims y muchos otros. También los lectores de biografías, que encontrarán en este libro unas memorias atípicas si las comparamos con otros testimonios de las últimas grandes guerras, en la línea de las recientes publicaciones de Minúscula (Guerra del 15, de Giani Stuparich) y de Libros del Silencio (Compañía K, de William March).

La narración es muy fluida y consigue una empatía del lector tanto con el joven a ratos prepotente y mordaz de Oxford como con el piloto caviloso en busca de ideales. No en vano Richard Hillary ansiaba ganarse la vida como escritor tras la guerra. Desgraciadamente, no pudo alcanzar su sueño; tras recuperarse de las heridas, murió en un entrenamiento aéreo nocturno a las pocas semanas de volver al servicio activo. Solo tenía veintitrés años.

El último enemigo, Richard Hillary
Traducción  de Nuria Parés
Cómplices, 2012, 224 páginas, 15,90

viernes, 9 de marzo de 2012

Una leyenda nórdica de carne y hueso




La editorial Funambulista, en su loable rescate de obras poco conocidas -o inéditas en español- de autores clásicos, como Austen, James, Conrad o Strindberg, acaba de publicar La leyenda de una casa solariega, de Selma Lagerlöf (1858-1940). La escritora sueca es mundialmente conocida por su libro para niños El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, pero si exceptuamos esta obra y novelas como Jerusalén o La saga de Gösta Berling, se trata de una autora muy poco editada en España.

Las tierras nórdicas siempre han sido propicias para las sagas mitológicas y las leyendas. Selma aprovecha esta tradición para contarnos una fábula poética con personajes de carne y hueso. Gunnar Hede, un estudiante cuya única pasión es la música de su violín y que vive angustiado por la posible pérdida de la mansión familiar a causa de las deudas, cae en la locura. En su periplo por las tierras de Dalecarlia como buhonero, rescata a la joven Ingrid Berg de la tumba (algo bastante gótico, por cierto). Esta deuda provocará en Ingrid el deseo de curar a Gunnar cueste lo que cueste.

“Su presencia, que percibía como algo del todo real, la convenció por completo de que él la protegía y velaba por ella. Y esta grata certeza anuló toda la desesperación en que la habían sumido las duras palabras de su madre adoptiva.
Ingrid sintió cómo la devolvían a la vida. Tenía derecho a vivir, porque alguien la quería.
Y así sucedió que, cuando entró en la cocina de Munkhyttan, sus mejillas habían adquirido un rubor rosado y sus ojos un brillo deslumbrante. A pesar de su aspecto extremamente frágil, débil y transparente, se la veía tan bella como una rosa recién abierta.”

La novela tiene una gran carga autobiográfica. La Nobel sueca también tuvo que luchar duro para recuperar Mårbacka -la casa familiar-, vendida tras la muerte de su padre para aliviar la mala situación financiera. De hecho, su carrera literaria se debe en parte a la necesidad de conseguir el dinero suficiente para lograr este propósito. Además, tanto Gunnar como Selma comparten su pasión por el arte, aunque con consecuencias bien distintas. En el postfacio de este libro se exponen de forma precisa más analogías.


 Selma Lagerlöf en 1881 (una posible Ingrid). Foto: Anna Ollson


A fin de evitar sorpresas, que nadie espere encontrar en este texto una novela de aventuras ni una acción trepidante. Lo que sí hallará es una lucha entre la locura y el arte, entre el pecado y la redención, así como un progresivo rescate del protagonista por medio del amor. Este combate entre el bien y el mal, junto a la fuerza psicológica de Ingrid, que es puesta a prueba en numerosas ocasiones, nos remonta al mito clásico de la Bella y la Bestia.

“Los que la veían resplandecer de felicidad, casi querían creer que el que la saludaba era un hombre maravilloso, y no un loco. Luego comentarían cómo parecía haberse establecido una conexión entre el alma de él y la de ella, una ligazón secreta tan profundamente arraigada en lo inconsciente, que ninguna mente humana podía captarla.”

El universo fantástico de Selma Lagerlöf se va dosificando en la narración realista mediante guiños a la mitología escandinava (alusiones a faunos de los torrentes), por medio de las visiones más o menos inconscientes de Ingrid, o con la aparición de extrañas criaturas, como la mujer-murciélago que parece dominar la mansión de Munkhyttan. Junto a estos elementos, la música y el paisaje cobran una importancia extrema como metáforas de los sentimientos de cada uno de los personajes.

Al final, como toda fábula que se precie, asistimos a la exaltación de ciertos valores como la bondad, el trabajo y sobre todo, el amor. Quizá en nuestros días este planteamiento pueda parecernos un poco naíf o trasnochado, sensiblero incluso, lo que no quita para encontrarnos con sentencias así de terribles y contundentes: “Aquel a quien nadie ama no tiene derecho a vivir.” Los clásicos es lo que tienen…

La leyenda de una casa solariega, Selma Lagerlöf
Traducción y postfacio de Elda García-Posada
Funambulista, 2012, 200 páginas, 21

lunes, 5 de marzo de 2012

La señorita Else




“La verdad es que soy una snob. Papá también lo cree así y se ríe de mí. Ay, querido papá, me preocupas mucho. ¿Habrá engañado alguna vez a mamá? Seguro que sí. Varias veces. Mamá es bastante tonta. De mí no tiene ni idea. Y otras personas tampoco la tienen.”

La que habla así es Else, la protagonista de esta novela corta de Schnitzler, una joven vienesa de diecinueve años, aparentemente frívola y consentida. Toda la acción se desarrolla en un hotel de San Martino de Castrozza, cerca de la frontera austroitaliana, un destino turístico bastante popular entre las clases acomodadas austríacas a comienzos del siglo pasado. Allí Else está pasando unas tranquilas vacaciones en compañía de su tía Emma y su primo Paul. Pero la llegada de una carta apremiante de su madre pronto transformará este apacible retiro en una pesadilla.

Casi la totalidad de la obra utiliza el recurso del monólogo interior de la protagonista. Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931) fue el introductor de esta técnica en la narrativa alemana con una novela anterior, El teniente Gustl (1900). Lejos de anquilosarse con el empleo sistemático de este soliloquio, el ritmo narrativo es vivo y las emociones ascienden y se desvanecen siguiendo el reflejo fiel de los pensamientos recurrentes de la joven. El escritor vienés nos va mostrando una Else desconocida, madura y responsable, bien distinta de la imagen superficial que puede dejar en una primera impresión.

“… ¿Pero dónde tengo la pitillera? Ahí vienen Cissy y Paul. Sí, ella tiene que cambiarse de una vez para el “dinner”, si no, hubieran seguido jugando a oscuras. No me ven. ¿Qué le estará diciendo él? ¿Por qué se ríe ella tan tontamente? Sería divertido escribir a su marido en Viena una carta anónima. ¿Sería yo capaz de algo así? Jamás. ¿Quién sabe? Ahora me han visto. Les hago un gesto. Ella se enfada al verme tan bonita. Qué cohibida se siente.
            -¿Cómo, Else, ya arreglada para la cena?
            ¿Por qué dice ahora cena y no dinner? Ni siquiera es consecuente.
            -Ya ve, señora Cissy.
            -Estás realmente encantadora, Else, tendría muchas ganas de hacerte la corte.
            -Ahórrate la molestia, Paul, y dame en cambio un cigarrillo.”

La novela posee una gran profundidad psicológica. No en vano, en su etapa como médico, Schnitzler fue ayudante del psiquiatra Theodor Meynert -uno de los maestros del controvertido Sigmund Freud-, e investigó en temas como el uso de la sugestión y la hipnosis. El propio Freud se declaró devoto admirador de las obras del escritor, con quien mantuvo una relación epistolar, aunque parece ser que la admiración no era del todo recíproca, ya que Schnitzler no compartía algunos de los postulados del padre del psicoanálisis.




En La señorita Else también aparecen con fuerza dos de los temas tradicionales del vienés: el erotismo y la muerte. No puedo entrar en más detalles sin desvelar el argumento. Sólo diré que estos elementos le sirven de vehículo para realizar una crítica despiadada de los usos y costumbres de buena parte de la sociedad vienesa que retrata. Este texto nos habla de las motivaciones humanas y del precio que cada uno está dispuesto a pagar para lograr sus metas. Quizá el final de la novela nos pueda parecer anacrónico en pleno siglo XXI, pero no por ello es menos poderoso hoy que en 1924, cuando fue publicada la obra.

La señorita Else, Arthur Schnitzler
Traducción de Miguel Sáenz
Acantilado, 2001, 112 páginas, 8