jueves, 29 de noviembre de 2012

Lotería literaria





Se acerca inexorablemente la Navidad, las primeras nevadas, los turrones… y la web Libros y Literatura nos ofrece una nueva edición de sus premios, que tienen por objetivo promover los blogs literarios en español, encontrar las mejores reseñas literarias de la blogosfera actual y premiar a sus autores.

Si tienes un blog y desear participar con tu reseña, no tienes más que seguir las instrucciones publicadas en las bases del premio. Eso sí, hazlo rápido porque el plazo de entrega finaliza el próximo 9 de diciembre. Puede ser una reseña inédita o una ya publicada en tu blog durante este año. En total, van a repartir 2 e-readers y la friolera de 230 libros (!) tanto entre los autores como entre los votantes de las mejores reseñas, así que la posibilidad de llevarse lectura extra para este crudo invierno no es nada despreciable.

Yo voy a probar suerte con mi texto sobre la novela Las españolas del metro Pompe, de François-Marie Banier (Libros del Silencio, 2012), un relato loco y desenfadado, cuyo descaro quise reflejar en el tono de la reseña. Podéis leerla y comentarla aquí.




¡Suerte a todos (y todos vuestros votos serán bienvenidos…)!

miércoles, 28 de noviembre de 2012

La tournée rusa de Steinbeck y Capa





A veces las historias más interesantes son fruto de la casualidad o de las ideas más peregrinas. Cuando Robert Capa entró a finales de marzo de 1947 en el bar del neoyorquino Hotel Bedford, no sospechaba que su apacible y etílico encuentro con el escritor John Steinbeck iba a acabar en una tournée fotográfica al otro lado del Telón de Acero aquel mismo verano.

Todos los días aparecían artículos periodísticos sobre Rusia, casi siempre redactados por personas que no habían puesto un pie en ese país y casi siempre con los mismos temas: Stalin, los movimientos de tropas, los experimentos con misiles y armas atómicas o los planes inmediatos del Soviet Supremo. Tanto a Steinbeck como a Capa les parecía mucho más interesante saber cómo vivían los ciudadanos rusos, qué comían, de qué hablaban y cómo se divertían, ya que esta vida privada rusa era desconocida para la mayoría de los norteamericanos. Así pues, decidieron intentar hacer un reportaje apoyado con fotografías que respondiera a todos esos interrogantes.


El dúo viajero retratado por Capa
 

Con el apoyo del New York Herald Tribune y tras vencer las reticencias soviéticas iniciales, comenzaron a finales de julio su particular periplo, que les llevaría a conocer Moscú (su particular “cuartel general”), Stalingrado y los campos de Ucrania y Georgia. Steinbeck ya tenía experiencia en estas labores de documentación, que plasmó en dos de sus obras: Los vagabundos de la cosecha (sobre el trasiego de familias de temporeros por California tras la Gran Depresión; Libros del Asteroide, 2007) y ¡Bombas fuera! (su cobertura del entrenamiento de los pilotos norteamericanos de bombarderos durante la Segunda Guerra Mundial; Capitán Swing, 2011).

Con la tutela de la Voks (la organización de relaciones culturales de la Unión Soviética) y durante casi dos meses, nuestros protagonistas pasearán por las calles rusas, visitarán museos, entrarán en tiendas y grandes almacenes, asistirán a espectáculos de circo, ballet y teatro, frecuentarán los clubes de baile y se patearán a conciencia los fértiles campos de Ucrania y el Cáucaso para examinar granjas estatales o fábricas, dos de los orgullos soviéticos de la época.


Familias ucranianas
 

El resultado es la crónica de un país parcialmente arrasado por la guerra, en continua reconstrucción, que convive con el racionamiento y la veneración hacia Stalin. Steinbeck retrata a un pueblo desgastado por los años de ocupación y lucha, pero que con un carácter afable y una gran hospitalidad acoge en sus casas a estos peculiares extranjeros a los que inunda de preguntas sobre política, salarios, cifras de producción, modos de vida o incluso literatura, ansioso de saber (ellos también) cómo se vive en el otro lado.

“Nos detuvimos en una casa diminuta que estaba construyendo el contable de una fábrica. Estaba montando los tablones él solo, y estaba mezclando el barro para el revoco, y sus dos hijos jugaban en el jardín a su lado. Era muy agradable. Siguió construyendo su casa mientras le fotografiamos. Y después fue a coger su álbum de recuerdos para demostrar que no siempre había estado tan harapiento, que una vez tuvo un apartamento en Stalingrado. […] Había fotos de su boda, de su esposa con un traje de novia blanco y largo. Y después había fotos de sus vacaciones en el Mar Negro, de él y su esposa nadando, y de sus hijos a medida que crecían. Y había postales que le habían mandado. Era toda la historia de su vida, y todas las cosas buenas que le habían sucedido. Había perdido todo lo demás en la Guerra.
            Preguntamos: «¿Cómo pudo salvar su álbum de recuerdos?».
          Cerró la tapa y su mano acarició ese archivo de su vida entera, y dijo: «Cuidamos mucho de esto. Es muy valioso».”


Enérgica guardia de tráfico en Kiev
 

Fiel a su propósito, Steinbeck nos ofrece un relato honesto, carente de cualquier prejuicio, donde no hay críticas demoledoras, alabanzas excesivas ni veredictos finales. Sin embargo, en medio de esta transparencia fluye a cada página el sentido del humor y la ironía a raudales del autor. Ya sea contra la férrea disciplina del aparato político, las normas establecidas o la contumaz burocracia soviética, Steinbeck hace gala de una socarronería sin fronteras, que aplica por igual a rusos y americanos. Así, las descripciones de sus penurias en los medios de transporte del país (aviones maltrechos, trenes asfixiantes, viejos coches o jeeps “doloridos”), las bromas de esta pareja a sus intérpretes -la eficiente Svetlana (Sweet Lana) y el increíblemente gafe Sr. Chmarsky, alias el gremlin del Kremlin-, o el retrato del mundillo de los periodistas americanos en Moscú, son solo algunos de los ejemplos que hacen de Diario de Rusia una lectura extremadamente amena y divertida. Y como toda pareja bien avenida, tampoco faltan las bromas recíprocas entre los dos reporteros en cualquier circunstancia y horario; a este respecto, Capa intercala un capítulo -titulado Una queja legítima- donde expone su opinión acerca de su compañero de viaje.

“Ahora Capa estaba fuera de su elemento, porque Capa habla todos los idiomas menos el ruso. Habla cada idioma con el acento que corresponde a otro. Habla español con acento húngaro, francés con acento español, alemán con acento francés, e inglés con un acento que nunca ha sido identificado. Pero no habla ruso. Después de un mes aprendió algunas palabras de ruso, con un acento que en general se podía considerar uzbeco”.

“Estábamos viviendo una vida que con respecto a la virtud solo había sido igualada una o dos veces en la historia del mundo. En parte era deliberado porque teníamos demasiadas cosas que hacer, y en parte era porque el vicio no estaba muy disponible. Y nosotros somos especímenes bastante normales. Nos encanta un tobillo bien torneado o incluso unas pulgadas por encima del tobillo, vestido, si es posible, con unas medias de nailon bien ajustadas. […] Teníamos un ansia definitiva de ser engañados y mentidos. […] Y ahora llevábamos una vida de prístina virtud. Nos mostrábamos circunspectos a conciencia. Los ataques más comunes contra los extranjeros en la Unión Soviética se basan en la embriaguez y la lascivia. Y a pesar de que solo somos razonablemente alcohólicos, y no más lascivos que la mayoría de la gente, aunque esto es algo variable, estábamos decididos a vivir una vida de santos. Y logramos hacerlo, no enteramente para nuestra satisfacción.”

El libro está ilustrado con setenta fotografías, algunas a toda página, que son una minúscula muestra de los casi cuatro mil negativos con los que regresó Robert Capa. Son el complemento perfecto a la prosa sencilla aunque llena de matices (un diez para la traductora) de Steinbeck, que nos muestra a un pueblo ruso que odiaba la guerra y que tan solo ansiaba una buena vida y un mayor bienestar. Un sentimiento universal sintetizado en las palabras que dirige a su madre el sorprendido niño ucraniano al que acaban de retratar en una de las granjas: “¡Pero estos americanos son gente como nosotros!”.


Lección de historia a la sombra del líder
 

Nota al margen: Nueve años después de este viaje -ya con Jruschov en el poder denunciando los crímenes de Stalin- otro tándem escritor-fotógrafo, esta vez francés, tuvo una ocurrencia similar. Dominique Lapierre y Jean-Pierre Pedrazzini convencieron al semanario Paris Match para financiarles un viaje por carretera a la todavía hermética Unión Soviética. A bordo de un flamante Simca Marly amarillo y con la compañía de sus mujeres, estos jóvenes reporteros recorrieron entre julio y octubre de 1956 la friolera de trece mil kilómetros con una libertad de movimientos similar a la de Steinbeck y Capa.

Acompañados de un joven matrimonio de periodistas rusos, ofrecieron también al lector europeo un relato objetivo de la vida de los ciudadanos rusos corrientes. Estas vivencias aparecieron en forma de libro en España bajo el título de Érase una vez la URSS (Planeta, 2006). Recuerdo que la historia de Lapierre no me gustó tanto como la de Diario de Rusia, quizá porque esperaba algo más que la mera exposición de las anécdotas de un viaje atípico. Sin embargo, las instantáneas de Pedrazzini son estupendas y resulta un libro entretenido y de lectura rápida.

Diario de Rusia, John Steinbeck
Con fotografías de Robert Capa
Traducción de María Pérez Martín
Capitán Swing, 2012, 248 páginas, 18,50

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Mordiscos literarios / 1



Glenda Jackson, inspiradora del relato, en la película Turtle Diary (1985)
 

“En aquel entonces era difícil saberlo. Uno va al cine o al teatro y vive su noche sin pensar en los que ya han cumplido la misma ceremonia, eligiendo el lugar y la hora, vistiéndose y telefoneando y fila once o cinco, la sombra y la música, la tierra de nadie y de todos allí donde todos son nadie, el hombre o la mujer en su butaca, acaso una palabra para excusarse por llegar tarde, un comentario a media voz que alguien recoge o ignora, casi siempre el silencio, las miradas vertiéndose en la escena o la pantalla, huyendo de lo contiguo, de lo de este lado. Realmente era difícil saber, por encima de la publicidad, de las colas interminables, de los carteles y las críticas, que éramos tantos los que queríamos a Glenda.”

Queremos tanto a Glenda. Julio Cortázar (1980)

domingo, 11 de noviembre de 2012

A un año del 11/11/11


Hoy hace justo un año que empecé esta aventura bloguera. Todos los que hayáis pasado por aquí desde entonces habréis notado que tengo pasión por la buena narrativa, en especial por la breve (novela corta, cuentos, microrrelatos o ensayos). Para mí, es en las distancias cortas donde se descubre verdaderamente al buen escritor, el que con unos pocos elementos y su talento consigue crear una excelente historia y, a veces, una obra de arte.

Por eso, cuando estaba pensando abrir este espacio decidí centrarme en esta parte de la literatura. También quise dar aquí el protagonismo que se merece a la edición independiente en español, con su labor de especialización, recuperación de autores olvidados o poco conocidos y búsqueda de nuevos talentos.

Desde entonces, el blog no ha parado de crecer, proporcionándome grandes alegrías. Por eso, en este primer aniversario quiero daros las gracias a todos los que en algún momento os habéis pasado por aquí, a mis seguidores, a los que dejáis comentarios y a los que simplemente echáis un vistazo rápido. En cualquier caso, me doy por satisfecho si mis reseñas y mis artículos os han descubierto un libro con el que habéis disfrutado. También quiero agradecer el envío de ejemplares a todas las editoriales con las que colaboro.

Y, para terminar, anunciaros que estoy cocinando nuevas secciones que espero que os resulten atractivas. A este respecto, cualquier sugerencia será bienvenida. Ah, y para festejar este año de vida, nada mejor que un buen tema musical, así que os dejo con este directo de Mike & the Mechanics (¡hasta pronto!):



jueves, 8 de noviembre de 2012

Algún día este libro te será útil





La adolescencia siempre es una etapa vital llena de conflictos. Una época en la que creemos tener respuestas sencillas y precisas para buena parte de los problemas que atenazan a los adultos, pero con frecuencia carecemos de una visión clara respecto a nuestro propio futuro. Las dudas, los temores, la indecisión y las opiniones ajenas -casi siempre opuestas a las nuestras- se van agolpando sin tregua y todo es cuestionado o cuestionable.

En este continuo proceso de centrifugado mental se encuentra James Sveck, el narrador y protagonista de esta novela, un joven e inteligente neoyorquino de dieciocho años que acaba de terminar el colegio y que no tiene claro qué rumbo tomar. De momento, pasa el verano en Manhattan trabajando (o algo parecido, dada la escasez de clientela) en la galería de arte de su madre, una cincuentona en plena deriva sentimental tras romper su tercer matrimonio durante la luna de miel.

“La mayoría de la gente cree que las cosas no son reales si no se expresan verbalmente, y que es el acto de expresarlas y no el de pensarlas lo que las legitima. Supongo que por ese motivo uno siempre quiere que otro le diga «te quiero». Yo pienso lo contrario, que los pensamientos son más reales cuando se piensan, que expresarlos los distorsiona o diluye, que es mejor que permanezcan en la oscura capilla de aeropuerto de tu mente, donde el clima está controlado, que si los sueltas y les da el aire y la luz se alterarán, como una película fotográfica expuesta por accidente.”

A este desalentador panorama se une la tensa relación amor-odio de James con su hermana Gillian, tres años mayor y mucho más desenvuelta, que sale con un profesor universitario casado que seguramente le dobla la edad. Para acabar de aderezar el retrato de familia tenemos al padre del protagonista, Paul, un ocupadísimo y exitoso hombre de negocios que, tras su divorcio seis años atrás, reparte su vida entre el trabajo y las relaciones con una larga sucesión de mujeres mucho más jóvenes que él que parecen lucir las mismas “mechas” rubias de aspecto artificial en su bonito cabello castaño, por lo que la comunicación con su hijo dista mucho de ser fluida.


Peter Cameron (foto tomada de su web)
 

Pero lo que de verdad preocupa a James no es su caótica familia sino el no estar seguro de querer ir a la universidad. No es que no quiera seguir recibiendo una buena educación; lo que realmente le gustaría es comprarse una vieja casa en el medio oeste, en Kansas o tal vez en Indiana, donde poder encerrarse a leer todo el día sin ser molestado. Porque ese es el principal problema del joven Sveck: que odia relacionarse con gente de su edad, ya que piensa que no tiene nada en común con ellos. Así pues, la perspectiva de compartir con estos aburridos varios años de su vida en la prestigiosa Universidad de Brown –donde ha sido admitido- le desmotiva completamente.

Para poner algo de orden en su confusa vida, sus padres deciden enviarlo a la Dra. Adler, una peculiar psiquiatra capaz de exasperar al pobre James en cada una de las sesiones. El único refugio ante tanta zozobra espiritual es la abuela Nanette (su ser humano predilecto), que espera con ilusión las visitas del nieto y siempre le ofrece los consejos que los demás parece que se empeñan en ocultarle.

“…de repente, durante uno o dos segundos, vi con claridad que no querer ir a la universidad se debía en parte al deseo de no avanzar, pues me encantaba estar donde me encontraba en aquellos momentos, un deseo inequívoco y profundo: allí sentado, en la cocina de mi abuela, tomando café recién hecho en una taza de porcelana y no en un vaso de papel con una tapa de plástico perforada, sentado en la cocina perfectamente ordenada y con la puerta trasera abierta para que penetrara en la casa un poco de brisa, el reloj eléctrico encima del fregadero zumbando imperceptiblemente día y noche y el suelo de linóleo desgastado de tantos años de fregar y refregar y tan suave como gamuza, mi abuela sentada delante de mí con un vestido que probablemente se compró hace cuarenta años y que se ha puesto un millar de veces desde entonces, escuchándome, aceptándome, al parecer, como nadie más lo hace y, en el exterior, el tranquilo sábado de verano, el mundo a nuestro alrededor aún no violado del todo por la estupidez, la intolerancia y el odio.”

Esta estupenda y divertida novela de iniciación también trata de la vida en Nueva York tras los atentados del once de septiembre, de política, cirugía estética, arte contemporáneo, relaciones de pareja, identidades sexuales que despuntan y muchas cosas más. Peter Cameron (Pompton Plains, Nueva Jersey, 1959) nos habla a través de James de la vida actual en la Gran Manzana, -con sus múltiples caras y sus contradicciones- mediante una prosa sencilla, muy cercana al lector. Llena de anécdotas y situaciones hilarantes, Algún día este dolor te será útil es uno de los éxitos de ventas en este año de Libros del Asteroide. Y es que es difícil resistirse a seguir a este sensible y espabilado comedor de bocadillos de huevo frito por las calles de Manhattan...


P.S.: Esta reseña participa en la elección del libro del año 2012 que organiza en su web el equipo de PriceMinister, a quienes agradezco el envío del ejemplar.

Algún día este dolor te será útil, Peter Cameron
Traducción de Jordi Fibla
Libros del Asteroide, 2012, 248 páginas, 18,95

miércoles, 17 de octubre de 2012

Jezabel, un ajuste de cuentas literario





El deseo de la eterna juventud a cualquier precio es el tema central en la última novela de la exquisita Irène Némirovsky (Kiev, 1903 – Auschwitz, 1942) publicada por Salamandra. El libro comienza con la protagonista, Gladys Eysenach -una mujer madura pero todavía muy bella- sentada en el banquillo de los acusados de un tribunal parisino, que la juzga por el asesinato de su presunto amante, un joven de veinte años. El caso ha levantado un gran revuelo en la ciudad ya que Gladys pertenece a la alta sociedad y es una viuda rica comprometida con un atractivo conde italiano. Resulta incomprensible que una mujer así haya perdido la cabeza por un joven alumno de la facultad de Letras de París. Y, sin embargo, la acusada insiste en su culpabilidad, reclamando para sí misma un castigo ejemplar.

El juicio representa un verdadero suplicio para la protagonista, que ve cómo se airea con saña toda su vida privada a los cuatro vientos. La mujer antaño envidiada, deseada febrilmente por los hombres, contempla ahora impotente la pérdida de su encanto y su poder para siempre. ¿Pero qué lleva a Gladys a no intentar defenderse de la acusación, a no alegar ningún posible atenuante a su favor o ni siquiera dar una mínima justificación para su crimen?

Para conocer la respuesta, Irène Némirovsky utiliza un potente flashback con el que nos traslada a la época adolescente de Gladys, cuando toma conciencia de su extraordinaria belleza y descubre por primera vez el poder que este enorme atractivo puede proporcionarle en la vida. Una fuerza que le permitirá hacer carrera en la alta sociedad, disfrutar al máximo de los bailes, de los amantes, del dinero, recorrer Europa de fiesta en fiesta, pero que tiene una fecha de caducidad inevitable y que a la postre será su perdición. Un claro ejemplo del virtuosismo narrativo de Irène es este comienzo del capítulo 1: le bastan doce escasas líneas para sacarnos del eco del juicio que acaba de terminar e instalarnos cómodamente en un baile londinense celebrado más de cuarenta años atrás, y todo ello con la máxima naturalidad:

“Vieja y vencida, Gladys aún era hermosa. El tiempo la había deshojado a regañadientes, con mano suave y prudente; apenas había alterado el dibujo de un rostro en el que cada rasgo parecía modelado con amor, tiernamente cincelado. El largo y blanco cuello permanecía intacto; sólo los ojos, que nada puede rejuvenecer, no brillaban ya como antaño; su mirada traicionaba la ansiosa y cansada sabiduría de la edad, pero cuando Gladys bajaba sus hermosos párpados, quienes la veían podían reconocer la imagen de una niña que había bailado por primera vez en Londres, en el baile de los Melbourne, una hermosa y muy lejana noche de junio.”


Una Irène feliz


A lo largo de las siguientes páginas, la autora nos presentará a toda una galería de personas que van girando en torno a Gladys en cada época de su vida. Con la maestría habitual de Némirovsky para la creación de personajes más allá de las meras descripciones, podemos imaginar lo que pasa por la mente de cada uno de ellos, compadecerlos o bien aborrecerlos, porque logra mostrar unos personajes reales, precisos y creíbles, que son los puntales que sustentan todo el andamiaje de la novela.

De entre ellos, Gladys Eysenach -lógicamente- está desarrollado hasta el más mínimo detalle. No en vano Irène tenía el modelo muy cerca: su propia madre. Faïga Némirovsky (o Fanny, como le gustaba que la llamasen) procedía de una familia noble de Odessa y había sido una niña malcriada y consentida. Fría y egoísta, le encantaba el lujo y la ostentación, así que su objetivo en la vida consistió en disfrutar al máximo de los placeres disponibles, a costa de quien fuese. Con esta personalidad, no es de extrañar que cuando nació Irène (su única hija) su extremo instinto maternal la llevase a contratar a una institutriz francesa de cincuenta años para educar y cuidar de la niña, ignorándola durante toda su infancia. Será esta mujer -homenajeada como Mademoiselle Rose en El vino de la soledad- su verdadero apoyo, el refugio y la luz, en palabras de la propia escritora. Por poner un único ejemplo de vida familiar de esta época, cuando iban de vacaciones a los lugares de moda entre la clase alta (Biarritz, Niza, Hendaya), Fanny -y su amante del momento- solía alojarse en hoteles lujosos mientras su hija y el servicio tenían que conformarse con una casa de huéspedes.

Con un padre banquero siempre ausente por sus frecuentes viajes de negocios y sus escapadas a los casinos y una madre que nunca se ocupó de ella, es fácil comprender que Irène sufrió una niñez solitaria e infeliz. Afortunadamente para nosotros, volcó toda esa frustración en la literatura (hay pasajes bastante explícitos en dos de sus obras: El baile y sobre todo en El vino de la soledad), y esta novela es, en buena medida, un ajuste de cuentas con Fanny. Ya la elección del título, Jezabel, princesa fenicia y una de las malas malísimas del Antiguo Testamento, nos da una idea del afecto con que está tratado el personaje. Sin embargo, aunque las ideas principales y muchas de las situaciones estén sacadas de hechos reales sufridos por Irène (ella misma se incluye en la novela bajo el nombre de Marie-Thérèse), el libro va mucho más allá del simple deseo de venganza y desemboca en una trama final sorprendente que ya no tiene nada que ver con la biografía de la autora.

“«La felicidad es esto», se dijo, y no retiró la mano. Pero su fina nariz se agitó imperceptiblemente, y su rostro, tan joven, se transformó de pronto en el de una mujer, astuto, ávido y cruel. Qué grato era ver un hombre a sus pies… ¿Qué había en el mundo mejor que el nacimiento de ese poder de mujer?”

“Y, como todas las pasiones, no le dejaba el alma tranquila ni un instante. Del mismo modo que el avaro sólo piensa en el oro y el ambicioso en los honores, todo el ser de Gladys vivía esclavizado por el deseo de gustar y la obsesión de la edad. «Nada más fácil que ocultar la edad», se decía.”


Irène y su hija Denise (1930) - Archivo Denise Epstein


En cualquier caso, el tema de la obsesión de una mujer por la belleza y la juventud eterna ya aparece en una novela breve de Némirovsky, Ida (creo que aún no disponible en español), publicada en 1934, dos años antes que Jezabel. En ella, Ida Sconin, una madura aunque todavía hermosa vedette de cabaré se esfuerza cada noche por retener a sus admiradores entre bailes, plumas y boas, obsesionada por ocultar sus primeras arrugas y en guardia frente a las jóvenes bailarinas que luchan por ocupar su trono, ya que no imagina su vida sin el reconocimiento de un público entregado.

Como conclusión, Jezabel me parece una estupenda novela, que sigue la estela temática en versión femenina de El retrato de Dorian Gray, donde el deseo de ser eternamente joven justifica cualquier mala acción o cualquier crimen. Dorian consiguió liberarse en el último momento de esta esclavitud con su muerte, pero en el caso de Gladys Eysenach, los remordimientos la perseguirán el resto de su vida. Quizás como a la propia Fanny Némirovsky, que por una burla del destino murió en París en 1989 ¡con 102 años!, sin rastro alguno de su ansiada belleza.

Jezabel, Irène Némirovsky
Traducción de José Antonio Soriano
Salamandra, 2012, 192 páginas, 15

jueves, 4 de octubre de 2012

La "insuperable" vida familiar



 

La joven editorial barcelonesa Rayo Verde se está distinguiendo por la publicación de autores singulares, con obras de gran calidad pero poco o nada conocidos en nuestro país. Este es el caso de Me gustaría, el primer libro publicado en español de la escritora y periodista griega Amanda Mijalopulu (Atenas, 1966).

La idea original de la autora era redactar una novela sobre una joven aspirante a escritora; sin embargo, su objetivo cambió para transformarse en trece relatos interconectados, muchos de los cuales ofrecen una visión o una biografía de la que iba a ser la protagonista inicial de la novela. Este entramado de historias comparte un tema central: la familia, o más bien, las relaciones familiares, que sirven de punto de partida para reflexionar sobre los vínculos entre padres e hijos, la infancia, la vejez, las relaciones de pareja, las metas personales o la convivencia entre hermanos.

“Pienso que los demás tienen problemas reales. Dónde dejarán al niño para ir a firmar un contrato. Cuándo irán a visitar a su madre enferma. Qué van a ponerse para un funeral o una boda, y qué van a decir. Nosotros vivimos manteniendo una distancia prudencial con los parientes y la sociedad. Nuestra tristeza es densa e inmóvil como el calor. El éxito, la competitividad, la esencia del arte han reemplazado el sustento, la familia, el sentido de la vida.”

Con la intención de descolocar al lector, Mijalopulu se adentra en estas cuestiones de forma a veces benévola, otras burlona, pero siempre con un fondo melancólico. Incluye a menudo destellos irónicos e incluso cortantes para diseccionar la vida en familia con la precisión de un cirujano, sacando a la superficie tanto lo mejor como lo más oscuro de los personajes. Los textos se van entrelazando por la aparición de protagonistas comunes y de objetos compartidos, que funcionan como hilo conductor aparente, pero que en realidad sirven para sorprender y confundir más de una vez al lector. Así, una boina roja, la lluvia persistente, figuras de porcelana, camillas, sillas de ruedas o incluso citas de Rilke regadas con ouzo viajan de un cuento a otro con una facilidad asombrosa.

“Se había tumbado en el césped, exhausta. La arrastraba por los tobillos. El viento rugía. El pino nos saludaba con todas sus ramas. Abrí la cancilla del patio y la arrastré un poco más, hasta el coche. Abrí la puerta del copiloto y la ayudé a sentarse. Le puse el cinturón de seguridad.
–Ya casi estamos…
Me levanté el cuello de la gabardina y le mostré el agujero en el techo.
–Tenemos la mejor climatización, ¿lo ves?
–Mmm.
–Una vez mi hermana discutió con mi madre. Cogió el coche y se estrelló contra un árbol. No le pasó nada, pero el techo se hundió. Hizo que se lo quitaran del todo. Cuando llueve, se moja. Cuando hace frío, se hiela. Y así se acuerda.”


La autora de este entramado familiar


Con un estilo ágil, preciso, que engancha desde las primeras líneas, Amanda Mijalopulu nos invita a pensar en el amor, las rupturas, el paso del tiempo, los lazos personales o el proceso creativo del escritor. En cuanto a los relatos (aunque es difícil elegir) yo destacaría cinco: el que da título al libro, realmente soberbio; Zapatillas de punta, donde las cosas no son lo que parecen a primera vista; Luz, en el que deambulan ancianas peculiares y mormones; La caza de las luciérnagas, un retrato emotivo sobre las consecuencias de una separación; y el que cierra el volumen, Me gustaría (versión orquestal), que da la clave para encajar los textos anteriores, una especie de revelado final por parte de Stela -la protagonista- de las fotos desenfocadas que nos ha ido dejando por el camino. Los que prefieran la vena surrealista de la autora también disfrutarán con el derroche de imaginación y sarcasmo que es Dentes o con el críptico Relato para tontos.

Esta autora ha sido para mí un verdadero descubrimiento. Es una lástima que la literatura griega contemporánea sea tan poco traducida en España. Me gustaría se publicó en Grecia en 2005, y Amanda Mijalopulu ha escrito hasta el momento seis novelas, tres colecciones de relatos y varios libros infantiles, habiendo recibido por sus obras numerosos premios literarios. Ya era hora de que una editorial española apostara por ella. Desde aquí mi enhorabuena a Rayo Verde, confiando en que cunda el ejemplo.

Me gustaría, Amanda Mijalopulu
Traducción de Mercè Guitart
Rayo Verde, 2012, 160 páginas, 18

jueves, 27 de septiembre de 2012

Editoriales independientes (4):
Fiordo Editorial (Argentina)






Todo nuevo proyecto editorial independiente se nutre de unas buenas dosis de romanticismo, de osadía compartida, de aventura sin red y, sobre todo, de una pasión sin fisuras por los libros. En el caso de Fiordo Editorial, esta pasión se nota ya en la declaración de intenciones que figura en su página web: “…nuestro objetivo es ofrecer al público libros que otorguen placer al tacto, a la vista y al intelecto…”

Este nuevo sello argentino nació en Buenos Aires a finales de 2011 de la mano de Julia Ariza y Salvador Cristofaro, dos entusiastas lectores con los que he tenido la oportunidad de comunicarme vía correo electrónico, que transmiten su amor por las buenas ediciones en cada palabra.

Según Julia, “la idea de fundar una editorial surgió precisamente de la convicción compartida de que leer un libro es una experiencia intelectual pero también de los sentidos, y que, lejos de constituir una forma de escapismo, la buena literatura, los buenos ensayos, pueden darnos perspectiva y redimensionar nuestra vida práctica. Somos lectores, y más que lectores acumuladores de libros, que atesoramos, olemos, consultamos, criticamos, exponemos, encimamos y redescubrimos en nuestras bibliotecas con genuino entusiasmo.”

Aunque venían madurando la idea de abrir un sello propio hace ya algún tiempo, fue a finales del año pasado cuando tuvieron las condiciones idóneas para empezar a concretarla. Su intención es publicar textos aún inaccesibles para el público hispanohablante, ya sea porque se trata de obras fuera de circulación, nunca antes traducidas o todavía no editadas. “De lo que se trata es de reponer o dar a conocer muy buenos textos, que convoquen al lector de hoy, en el mundo de hoy. Esto significa que además de buenas traducciones, nos interesa mucho intervenir en la cultura de nuestro tiempo editando a autores jóvenes.”




El programa de publicación de Fiordo contempla la narrativa y el ensayo, este último a través de una serie que están acabando de definir y que verá la luz el año que viene. Para su puesta de largo han elegido una novela de la británica Marghanita Laski publicada en 1953, El diván victoriano, que en palabras de P. D. James es “una de las novelas cortas más hábilmente narradas y aterradoras de su década.” Por azares del destino, esta novela -nunca traducida hasta ahora al español- aparece también estos días en nuestro país de la mano de Automática Editorial como La chaise-longue victoriana. Una prueba más de la importancia de las pequeñas editoriales en el rescate de obras clásicas secretas.

El segundo título de Fiordo, ya en camino, será la novela Una confesión póstuma, del escritor holandés Marcellus Emants, aparecida en 1894. Estos jóvenes editores tienen el propósito de publicar cuatro libros al año, una producción inicial modesta, pero que pretende irrumpir con firmeza en la escena literaria argentina. No en vano, el nombre de Fiordo no está tomado al azar: como dice Salvador, “es la formación de un valle por la fuerza tenaz de un glaciar que avanza abriéndose camino a través de las montañas, dejando una huella geográfica imborrable, un nuevo hábitat. Nuestra idea es actuar de la misma manera.” Y nuestro deseo es que lleguen muy lejos en esta travesía.


miércoles, 19 de septiembre de 2012

Peking by Night





Debo confesar que empecé con bastantes ganas la lectura de este libro de relatos. No conocía a Basara salvo por las buenas críticas que obtuvo en 2010 su obra Guía de Mongolia -también publicada por Minúscula-, pero me temo que en esta ocasión he salido ampliamente trasquilado.

En primer lugar, reconozco que el serbio Svetislav Basara (1953) escribe de maravilla, con un estilo narrativo potente y una precisión en el lenguaje envidiable, pero es el tema machacón que subyace por este entrelazado de veintidós relatos lo que ha hecho que, conforme avanzaba, el libro se me haya ido cayendo de las manos. Y no es otro que el de la propia identidad, de una especie de debate filosófico sobre el “yo”.

Ya sean extranjeros, apátridas, misántropos (o incluso el protagonista de un relato que critica a su escritor por el rumbo que le hace tomar a su pesar), la galería de personajes que nos presenta Basara practica hasta la extenuación el monólogo interior. Se cuestionan situaciones, dogmas o relaciones a lo largo de cada relato, para llegar en muchas ocasiones a darse cuenta de lo vacías que están sus vidas.

Aparte de este panorama, Basara introduce varias veces el tema de la “metaliteratura”: un guardameta cuelga las botas para dedicarse a escribir, aparecen encendidos debates sobre el proceso de creación de una obra, un relato resulta ser una reseña paranoica de otro anterior, o bien escritores frenéticos llevan su afición hasta el extremo (“Morí antes del amanecer, pero no dejé de escribir”), sólo por poner unos ejemplos.

A este cóctel metafísico-filosófico sobre el individuo y la sociedad (donde aparecen hasta Kant o Hegel), trufado con dibujos a mano y fotografías en blanco y negro, hay que añadir abundantes toques surrealistas, juegos con el absurdo, un barniz irónico y un humor negro de campeonato. El resultado final, para mí, es un cocido demasiado ontológico y experimental.


Basara fotografiado por Tomislav Janjić


 
A pesar de todo, hay varios relatos que me han gustado y que recomiendo. Historia de una caída es un ejemplo perfecto de cómo se puede “sacar petróleo” de una simple foto antigua. También disfruté con esa especie de suicidio naíf en masa que es Guateque fatal. Y del cuento más largo, Perdido en el supermercado, -cuyo protagonista recibe una reprimenda telefónica del mismísimo Dios- rescato dos momentos estelares:

“Para que lo sepas, tengo muy mala opinión de tu prosa. En general me importa poco la prosa, pero de la tuya tengo una opinión excepcionalmente desfavorable porque está repleta de mentiras y cobardías.” (Pág. 130)
“Hace tiempo que me he dormido y no consigo parar de hablar. Sueño con tonterías, pero hablo de otras tonterías. No hay paz en mis sueños. No hay paz en general. La historia tiene que fluir. Él ha decidido escribir un relato de treinta páginas. […] Tengo que inventar. Todo lo que digo es puramente inventado. Pero los críticos, esas polillas tísicas, encontrarán de todos modos algo para sí. No debería ser tan severo con los críticos. Realmente no debería. Únicamente ellos se tomarán en serio mi tristeza, mi desolación, mi soledad.” (Pág.139)

Tendré que darle otra oportunidad a Basara más adelante, pero de momento me quedo con un producto de nuestra tierra, que también sorprende con textos absurdos, irónicos y desbordantes de imaginación, pero con una pegada mucho más contundente que sí consigue engancharte hasta el final del relato: Javier Tomeo.

Peking by Night, Svetislav Basara
Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
Minúscula, 2012, 178 páginas, 16,50

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Jardiel Poncela en estado puro



 

Con el equívoco subtítulo de Novela para muchachas y para hombres tímidos”,  Jardiel publicó esta pieza de teatro breve poco después de acabar la Guerra Civil y acabó convirtiéndose en el arranque de su exitosa comedia Los ladrones somos gente honrada (1941). Ahora, la editorial Rey Lear -en su colección Breviarios- recupera esta obra de humor como homenaje a Jardiel en el 60 aniversario de su muerte.

Esta trama de ladrones de guante blanco se inicia cuando la banda de Miguel el Melancólico se dispone a dar un golpe en casa de los señores de Arévalo, aprovechando la celebración de una fiesta. Lo que iba a ser un trabajo fácil, minuciosamente planeado, sufrirá un inesperado giro cuando aparece en escena Herminia, una atractiva muchacha que distraerá la atención de Miguel al relatarle su azarosa vida en el mundo del crimen.

A medio camino entre el relato de suspense y la historia de amor, la obra tiene un final sorpresivo y mordaz marca de la casa. En su breve extensión hay espacio de sobra para disfrutar del talento humorístico de Jardiel, desperdigado incluso en las acotaciones del texto; aquí van unas pocas perlas:

“En esa esquina, por las mañanas, pone su tenderete una churrera y vocea su mercancía; y por las noches, en el mismo sitio que la churrera, suelen colocarse dos individuos, con las gorras muy echadas sobre los ojos y atracan a todos los transeúntes descuidados. Es, pues, un rinconcito muy propio a la emoción.” (Pág. 14)
“MIGUEL.- Indudablemente, la mujer es más fuerte que el hombre. Antiguamente se la llamaba el “sexo débil”. Hoy el sexo débil ha hecho gimnasia. Y el hombre siempre ha tenido un punto débil: el talón; acuérdese de Aquiles… Las mujeres, para no tener débil ni ese punto, llevan los talones reforzados.” (Pág. 29)
“HERMINIA.- Curé gracias a los esfuerzos desesperados de un médico del Middle West norteamericano, Jack Stone, que no contento con haberme devuelto a la vida física, normalizó toda mi vida espiritual, casándose conmigo.” (Pág. 39)


En Diez minutos… se reconocen buena parte de las características del estilo de Jardiel: un humor nuevo para su época, ingenioso y fresco (que empleaba tanto en sus novelas como en las obras de teatro), diálogos chocantes -absurdos en ocasiones-, con una escritura fluida, que engancha fácilmente al lector. Estas señas de identidad son compartidas también por sus coetáneos Miguel Mihura y Edgar Neville. Los tres contribuyeron a crear un nuevo tipo de comedia en España, muy alejada del humorismo tradicional, costumbrista, facilón y con esquemas repetitivos. Además, todos ellos plasmaron esta visión de vanguardia escribiendo para numerosas revistas y semanarios de humor de la época, y participando como guionistas en un buen número de películas (Jardiel, y sobre todo Neville, tuvieron además su propia aventura americana, donde colaboraron en producciones de estudios como la Fox o la Metro Goldwin Mayer).


Jardiel en actitud guasona


Quien desee bucear en más textos poco conocidos de Jardiel, puede asomarse a otros títulos publicados por Rey Lear, como Los 38 asesinatos y medio del Castillo de Hull (una parodia con el mismísimo Sherlock Holmes de protagonista) o A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin (donde narra sus periplos americanos).

Por último, comentar que esta edición se presenta con todo el mimo que caracteriza los libros de Rey Lear e incluye una atractiva y colorista portada, junto a ilustraciones interiores tomadas de un curioso libro de 1930. Como plus, se puede disfrutar del epílogo escrito por el profesor y crítico Fernando Valls, que repasa los avatares de la obra y cuya cita inicial -de José María Merino y que suscribo- lo dice todo: Si Jardiel Poncela hubiera sido anglosajón, el mundo entero lo veneraría…

Diez minutos antes de la medianoche, Enrique Jardiel Poncela
Epílogo de Fernando Valls
Rey Lear, 2012, 72 páginas, 9,80

martes, 24 de julio de 2012

Escríbeme una ilustración


Últimamente son varias las editoriales independientes que han lanzado colecciones de libros ilustrados. Tanto para el mundo infantil como para el lector adulto, la mezcla entre textos e imágenes potencia el atractivo de las historias que se narran, creando muchas veces mundos tan ricos como los imaginados por el autor.

Como norma general, es el artista gráfico el que interpreta y da forma a los textos del escritor. Pero ¿qué ocurre cuando es el escritor el que ha de inspirarse en la obra del artista y construir un relato en torno a ella? Este es el interesante punto de partida del proyecto “Escríbeme una ilustración”, gestado a finales de 2010 por la artista madrileña Clara Varela.

Clara decidió que ya era hora de darle la vuelta a la tortilla y puso a trabajar a decenas de escritores y otros artistas a partir de sus imágenes llenas de color, unas veces enigmáticas, otras surrealistas, pero siempre poéticas y evocadoras. El magnífico resultado de estas colaboraciones se presentó en forma de exposición en Coslada el pasado mes de Abril y puede verse (y leerse) en el blog del proyecto.

Tras esta experiencia, la idea de Clara es seguir adelante editando un libro recopilatorio. El proyecto aún está abierto, pues hay ilustraciones que sólo tienen uno o dos relatos asociados (el objetivo es que cada imagen vaya acompañada de tres textos), por lo que desde aquí animo a todos los escritores interesados a aportar su grano de arena. Yo lo acabo de hacer con este microrrelato:
 



El día en que todo cambió
 
No recuerdo el instante en que me desmayé. Sólo imágenes confusas: el crujido metálico de las ruedas al girar, un fluorescente que chisporroteaba con tesón, mi lucha inútil por incorporarme. A lo lejos, un murmullo de voces insistía en que no había tiempo que perder.

Ni el olor aséptico y penetrante del quirófano logró despertarme. Mis exiguas fuerzas me habían abandonado definitivamente. Ya no sentía nada. Y así, ingrávida, ligera como una pluma, comencé a volar. Mi cuerpo, o más bien el cuerpo de la niña pelirroja que fui, rellenaba la barquilla de un globo. Agarrada al cesto de mimbre con unas manos enormes, subía y subía sobre la llanura de mis juegos infantiles. Hacía frío allí arriba. Por fortuna, mi subconsciente suele ser precavido y llevaba puesto el suéter de lana violeta que la abuela tejió para mi cumpleaños. ¡Cuánto la echaba de menos!

Mi sueño continuó inundado de azules, de alegrías perdidas, de nostalgia por unos padres siempre ausentes, pero también era un viaje lleno de esperanza hacia todas las emociones que con suerte aún me quedaban por vivir. Cuando empezaba a descender, una bandada de golondrinas me sobrepasó a toda prisa. Su estela olía a pinar y a hogaza recién horneada. Estiré el cuello todo lo que pude para hacer durar más esa sensación. En aquel momento de euforia, me sentía capaz de lograrlo todo y decidí que debía regresar.

De repente, el turquesa del cielo se transformó en un verde intenso de batas y mascarillas, y sentí como si cientos de agujas recorrieran todo mi cuerpo adormecido. Poco después, las manos enormes del globo sostenían una nueva vida en la sala de partos. Al ver a la pequeña Laura sana y salva en mi regazo, supe que aquel día habían nacido un par de luchadoras que iban a dar mucha guerra en este mundo.


Web de la ilustradora: http://www.claravarela.com